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Güevos Olímpicos

Cómo no, vi parte de la ceremonia inaugural. Y no lamenté no ver el resto. Un “grandioso espectáculo” según el modelo de las superproducciones de Hollywood, con todo el dinero y la tecnología al servicio de un objetivo: embobar a los paletos, de los que el mundo está lleno.

Y el desfile de atletas… qué cosa tan infantil y tan triste. Parecía una procesión de colegios de pago, para regalo y regodeo de los padres pagadores: “¡Qué guapo va mi niño!”, “¡Como el colegio de mi niña, ninguno!”. Cada colegio con su banderita, y todos con sus coloridos uniformes. Unos colegios más nutridos y otros más desnutridos, pero todos con el mismo amor a sus colores. Insisto: baba para los bobos.

Si los originarios juegos olímpicos se crearon para mantener y fomentar el sentimiento de pertenencia a la nación griega, el panhelenismo, hoy los juegos no tienen ningún sentido si no fomentan el humanismo, la pertenencia a la nación humana. Y si tales juegos son pangenésicos y panjorásicos, no deben andar alimentando arcaicas vanidades nacionales. Los huevos de los atletas no son huevos franceses, sudafricanos o chinos: son huevos olímpicos, es decir, humanos. Y hágase, si se quiere, la misma sinécdoque para las atletas.