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¡Ay, mi Lope!

Qué bueno lo de llegar a casa después de una mañana de currelo… ¿Que no es currelo cuatro clases, más la guardia de recreo, más un desplazamiento a la Escuela Politécnica a recoger las Actas de Selectividad, ¡todos aprobados!? ¡Claro que lo es!

Y llegar a la casa como los mulos a la cuadra, y quitarse el parejo, y, antes que el parejo, la cincha, y quedarse uno encinto, como una preñada. Y encontrarse el pesebre lleno de un buen pienso recién servido…

Y en la sobremesa, ya relajados y ahítos, recordar alguna anécdota de la mañana, como que Melanie, a la que no se le escapa un troyano aunque se disfrace de cofrade de una hermandad rociera, haya descubierto una errata (¿roedora o errática?) en el libro de texto de 1º de Bachillerato, en titular destacado en rojo para más inri, en la que Lope no es Lope de Vega, sino Lope de Verga. Y hay que reírse… “Hay que joderse”, dirían los paisanos del seor Lope. Y un servidor se acuerda de aquellos versos que le dedicó hace unos años al Fénix de la Naturaleza y Monstruo de los Ingenios: “Ay, quién fuera, si no un Lope de Vega, / por lo menos un Lope de secano”, así creo que empezaban.

Luego el café, el lavado de dientes, y a iniciar la tarde; que, si nos descuidamos, nos comen las moscas (y si no nos descuidamos, reventaremos en el monte, como la mula de Cardenio).