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La dueña del gallinero

Los compañeros que conocen la ciudad, la comarca y su historia, aseguran que ése es un barrio en el que los vecinos edificaron, sin ningún tipo de licencia ni de compra de solar, sobre terrenos de una cañada real. Estos vecinos, con la mejora económica, sin duda han ido haciendo reformas y ampliaciones en sus viviendas, con frecuencia añadiéndoles otro trocito del descampado colindante.

Paso, desde hace veinte años, en este paraje, por la puerta de una vecina que habitualmente anda trajinando fuera de la casa, enfrente de la cual, al otro lado de la calle, en el remate bajo de la montuosa ladera, se tiene construido un gallinero. Éste, cerrado con malla de ídem a medias cubierta de madreselva, ofrece una visión que no parece de estos tiempos, sino más propia de una época pretérita, en la que, para la mera subsistencia, contar con un hato de media docena de gallinas podía suponer un logro vital. A mí me recuerda el acomodo que, en Papillon, se agenció Dustin Hoffman en el islote donde finalmente fueron confinados él y su amigo Steve McQueen (confieso que no he leído la novela, que fue un best seller en su día).

La dueña de este corralito parece haberse fosilizado, no sólo en esa época de precariedades acezantes, sino también en un año impreciso de su biografía: desde que la conozco, la veo exactamente igual a la imagen del primer día. Yo he perdido una pila de pelo, y he ganado un pelo de kilos, nada bien repartidos, por cierto, por mi geografía; pero ella sigue empecinadamente idéntica a sí misma, trajinando siempre del gallinero a la casa. Es como si yo, más que ver la realidad cambiante, el tempus fugiens, viera siempre, al pasar por este punto de mi camino, el mismo vídeo de dos minutos, proyectado sobre una pantalla virtual, y con el que el Excelentísimo Ayuntamiento recuerda a los convecinos, para que se consuelen, lo que fue esta ciudad.

Hortelano

Alguna vez aquí, en uno de estos escritillos de Certe patet, he comparado el blog con un huerto… Sé de quien tiene un blog, más o menos como éste, pero, en la práctica, totalmente abandonado, porque se pasa los meses enteros sin hacer en él labor alguna; mientras ha convertido el jardín de su casa, el pequeño trozo de tierra de la trasera de su casa, en un huerto que cultiva sin tregua, orgulloso de sacar de él unos tomates, unos calabacines, unas berenjenas… Todo en mínima cantidad porque no tiene tierra para más. Yo, en cambio, hijo de campesino, prefiero que los productos de la ensalada o de la sopa los críe el supermercado: entiendo que salen mil veces más baratos.

A mí me va el sentirme un hortelano sólo como metáfora. Al fin y al cabo el verbo latino colo, cultivar, tiene muchos significados, o sea, los humanos tenemos muchos campos donde labrar. Así, estoy en clase con mis alumnos y también me siento, como en este blog, un hortelano que cava o rastrilla, que arranca hierbas locas o siembra útiles semillas. Ahora me voy a la parata de 2º B.

Y hasta mi casa es un huerto: no el trocito de tierra de la trasera de mi casa, sino mi casa entera… Y miro a mis hijas como hermosas frutas que van madurando lentamente, pero que siguen necesitando mis cuidados, y los de su hortelana madre; que, a su vez, es como la ancha parra que antecedía el umbral de las casas campesinas de antes: sombra fresca del verano, fruta dulce en otoño, tibio sol de invierno, verdor vital de primavera.

Hasta me veo a mí mismo, el hortelano, como materia vegetal: un humilde (o sea, pegado a la humus) chaparro melancólico, una machadiana encina, un alcornoque superviviente, como ésos que ahora reverdecen en medio de las cenizas, en los montes quemados de mi pueblo.

Abierto en canal

Me disponía ahora a escribir mi tercer Cerrado de la serie, CERRADO POR QUIEBRA (A LOS ACREEDORES, LAS GRACIAS), cuando, de pronto, me he dicho a mí mismo: “Pero, Antonio, querido y estúpido Antonio, ¿cómo vas a seguir tonteando con los cerrados en un blog cuyo nombre significa Ciertamente está abierto? Deja de jugar a ser la imagen de la crisis económica; y si tienes algo que escribir a tus visitantes, se lo escribes, y si no, echas la siesta, y a lo mejor sales ganando, o por lo menos más descansado”.

Y creo que lo que me ha pasado es que he vuelto andando a casa, desde el instituto, bajo una tromba de mil diluvios, con mi chubasquero de todo barato y mi paraguas con goteras; y me he acordado de cuando yo me cargaba las pilas corriendo, en el monte, en la carretera de El Faro o en la playa del Rinconcillo; y mis pilas se cargaban mejor si atravesaba un aguacero. Y me he acordado también de ese poema de Marzal en el que nos cuenta una salida futinera por los montes de su pueblo mientras caía la de hoy. Y luego, después del almuerzo con mi señora y mi pequeña, que también ha llegado nadando desde su instituto, hemos leído una carta de mi hija mayor, que está en París, una carta de las de antes, a mano y en unos cuantos folios. Y después, mientras recogía la cocina, me he dicho que yo soy de campo, y que me iba a poner la Pastoral de Beethoven: la calma y la tormenta…

Y ya termino. Termino con el final del aludido poema de El corazón perplejo:

Volví mis pasos bajo la tormenta

y comencé el descenso.

No me he sabido nunca

tan a resguardo estando a la intemperie.