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Vade retro, magíster

Todo el mundo sabe que los escolares actuales cultivan cuerpo y alma con un montón de materias; y, en consecuencia, necesitan una ingente cantidad de materiales: libros de texto, cuadernos, cuadernillos, zumitos, diccionarios, estuches, archivadores, carpetas, pegamentos… Una carga que no los abruma aunque suponga el ciento cincuenta por ciento de su peso propio (porcentaje, por cierto, que algunas familias, confundidas, intentan corregir convirtiendo al niño en un españolito obeso), no los abruma sino que los conciencia acerca del inmarcesible valor de las labores que ejecutan.

Los muchachos de ahora en cada clase han de llevar a cabo incesantes tareas, porque la escuela tiene que ser eminentemente práctica. La escuela es un taller donde se va construyendo la personalidad del joven: los niños retintan, colorean, copian, calcan, rellenan huecos con palabras, escriben letras dentro de cuadritos, hacen dibujos figurativos, abstractos o surreacubistas, escriben extensas redacciones que llegan incluso a sobrepasar la línea y media… Todo ello con mucha libertad: ¡cómo se podría forjar una personalidad sin libertad…!

¡Ah! ¡Ojo, un peligro!… El que constituyen esos arcaicos profesores apegados a las prácticas antiguas, dispuestos a torturar los oídos, la vista y el tierno entendimiento de los inocentes escolares con explicaciones de más de cinco minutos de duración. ¿Qué se creen esos profesores?, ¿acaso se creen los dueños de las mentes de los niños? Desarrollan extensas demostraciones, exigen memorizaciones de palabras, de teoremas… Siguen apegados, en suma, a las llamadas “clases magistrales decimonónicas”: explicaciones magistrales, correcciones magistrales… Son maestros prehistóricos que se proponen ser maestros durante todo el tiempo que están con los alumnos, tiempo que, en algunas parcelas curriculares, supera las tres horas por semana.

Vade retro, magíster. La escuela es una verdadera comunidad, es la encarnación de la Edad de Oro, es la fraternidad universal, el franciscanismo laico, el paraíso del conocimiento…

Queridos niños queridos: el próximo lunes vais a procurar acordaros de echar en vuestra grave y liviana mochila una barra grande de plastilina del color más feo posible; que vais a modelar con ella la efigie impresionista-expresionista de uno de esos maestros magistrales que aún quedan en el colegio. Será un certamen que ganará el alumno que la haga más horrible. Y el premio consistirá en apedrear al magíster representado arrojándole a la cabeza las plastiesculturas de los compañeros; mientras que la obra escultórica realizada por el ganador quedará guardada para siempre en la vitrina de trofeos y genialidades del colegio.

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