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Un decálogo

¡Ojalá hubiera un libro que gozara del dichoso privilegio de circular incesantemente de mano en mano en esa inmensa población diseminada en nuestras vastas campañas, y que, bajo una forma que lo hiciera agradable, que asegurara su popularidad, sirviera de ameno pasatiempo a sus lectores!

Pero:

  1. Enseñando que el trabajo honrado es la fuente principal de toda mejora y bienestar.
  2. Enalteciendo las virtudes morales que nacen de la ley natural y que sirven de base a todas las virtudes sociales.
  3. Inculcando en los hombres el sentimiento de veneración hacia su Creador, inclinándolos a obrar bien.
  4. Afeando las supersticiones ridículas y generalizadas que nacen de una deplorable ignorancia.
  5. Tendiendo a regularizar y dulcificar las costumbres, enseñando, por medios hábilmente escondidos, la moderación y el aprecio de sí mismo; el respeto a los demás; estimulando la fortaleza por el espectáculo del infortunio acerbo, aconsejando la perseverancia en el bien y la resignación en los trabajos.
  6. Recordando a los padres los deberes que la naturaleza les impone para con sus hijos, poniendo ante sus ojos los males que produce su olvido, induciéndolos por ese medio a que mediten y calculen por sí mismos todos los beneficios de su cumplimiento.
  7. Enseñando a los hijos cómo deben respetar y honrar a los autores de sus días.
  8. Fomentando en el esposo el amor a su esposa, recordando a ésta los santos deberes de su estado; encareciendo la felicidad del hogar, enseñando a todos a tratarse con respeto recíproco, robusteciendo por todos estos medios los vínculos de la familia y de la sociabilidad.
  9. Afirmando en los ciudadanos el amor a la libertad, sin apartarse del respeto que es debido a los superiores y magistrados.
  10. Enseñando a hombres con escasas nociones morales que deben ser humanos y clementes, caritativos con el huérfano y con el desvalido; fieles a la amistad; gratos a los favores recibidos; enemigos de la holgazanería y el vicio; conformes con los cambios de fortuna; amantes de la verdad, tolerantes, justos y prudentes siempre.

Un libro que todo esto, más que esto, o parte de esto enseñara sin decirlo, sin revelar su pretensión, sin dejarla conocer siquiera, sería indudablemente un buen libro; y por cierto que levantaría el nivel moral e intelectual de sus lectores aunque dijera naides por nadie, resertor por desertor, mesmo por mismo, u otros barbarismos semejantes.

José Hernández, La vuelta de Martín Fierro.

[Yo me he permitido añadir los números: sólo los números]

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Una respuesta

  1. Muy bueno, Antonio. Un laicista te pondría (a ti y a tu Martín Fierro) pegas con el 3 y un adalid de lo políticamente correcto redactaría de forma paritaria el 8. Yo, como no soy ni lo uno ni lo otro, aplaudo el decálogo, a quien nos lo recuerda ahora, y me pregunto, otra vez más, cómo es posible que llevemos tantos siglos negándonos a aceptar lo obvio…

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