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La dueña del gallinero

Los compañeros que conocen la ciudad, la comarca y su historia, aseguran que ése es un barrio en el que los vecinos edificaron, sin ningún tipo de licencia ni de compra de solar, sobre terrenos de una cañada real. Estos vecinos, con la mejora económica, sin duda han ido haciendo reformas y ampliaciones en sus viviendas, con frecuencia añadiéndoles otro trocito del descampado colindante.

Paso, desde hace veinte años, en este paraje, por la puerta de una vecina que habitualmente anda trajinando fuera de la casa, enfrente de la cual, al otro lado de la calle, en el remate bajo de la montuosa ladera, se tiene construido un gallinero. Éste, cerrado con malla de ídem a medias cubierta de madreselva, ofrece una visión que no parece de estos tiempos, sino más propia de una época pretérita, en la que, para la mera subsistencia, contar con un hato de media docena de gallinas podía suponer un logro vital. A mí me recuerda el acomodo que, en Papillon, se agenció Dustin Hoffman en el islote donde finalmente fueron confinados él y su amigo Steve McQueen (confieso que no he leído la novela, que fue un best seller en su día).

La dueña de este corralito parece haberse fosilizado, no sólo en esa época de precariedades acezantes, sino también en un año impreciso de su biografía: desde que la conozco, la veo exactamente igual a la imagen del primer día. Yo he perdido una pila de pelo, y he ganado un pelo de kilos, nada bien repartidos, por cierto, por mi geografía; pero ella sigue empecinadamente idéntica a sí misma, trajinando siempre del gallinero a la casa. Es como si yo, más que ver la realidad cambiante, el tempus fugiens, viera siempre, al pasar por este punto de mi camino, el mismo vídeo de dos minutos, proyectado sobre una pantalla virtual, y con el que el Excelentísimo Ayuntamiento recuerda a los convecinos, para que se consuelen, lo que fue esta ciudad.

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2 comentarios

  1. Creo que todos conocemos a alguien así, que parece indemne a los estragos del tiempo. Tal vez estén ahí para que caigamos en la cuenta de que no es nuestro caso, para que no perdamos de vista -por contraste- las verdades fundamentales. Lo que no tengo claro si a estos seres nos los manda Dios o el Diablo…

  2. En el barrio pesquero de Marbella hay muchos rostros como el que cuentas, que también nos recuerda lo que fue esta ciudad, y no hace tanto.

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