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Tres palabras

Como en estos días andamos de compras para los regalos de Reyes (me dicen que hay quienes esas compras las tienen ya hechas desde octubre, lo que me deja fuertemente impresionado)… Como estamos en vísperas de Reyes, a la media docena de amigos de Certe patet, les quiero, hoy ya, por adelantado, hacer un regalo. Es un regalo que ya tienen; por tanto, es un regalo que no lo es; y que lo es al mismo tiempo. Mi regalo son tres palabras, que ya las tienen porque están en el diccionario de nuestra lengua y son de uso común. Lo que yo regalo ahora a estos amigos es la invitación a que se fijen en ellas, en estas tres palabras, y ponderen y se aprovechen de cuanto dan de sí. Las tres palabras son: fidelidad, sentimientos y obligación. Mirémoslas atentamente.

La primera tiene su etimología en el sustantivo latino fides: la fe. A quienes sean creyentes les aconsejo que sean fieles a Dios y a sí mismos. Para los que somos agnósticos, Dios es la imagen en la que proyectamos lo mejor de nosotros mismos. Por tanto, es como aconsejarles: sed siempre fieles a vosotros mismos; que es lo que aconsejo a los no creyentes: no os traicionéis jamás; Y si algún día lo hacéis y a posteriori os dais cuenta de vuestra traición, perdonaos generosamente.

La segunda palabra habéis visto que la he escrito en plural: sentimientos. Porque los sentimientos son tan cambiantes como la vida misma, como el universo mundo, siempre en continuo cambio, pero también siempre el mismo (fiel a sí mismo). Nuestra tendencia natural es aproximarnos a objetos, lugares, personas, que potencian la parte buena de nosotros mismos, es decir, suscitan en nosotros buenos sentimientos: un buen libro, una acogedora cafetería, un amigo, un amor. Como los sentimientos son tan cambiantes (porque nosotros estamos en ese continuo, lo mismo que el resto del mundo), hay momentos, más o menos duraderos, en que esos objetos, lugares o personas nos hacen experimentar un sentimiento de rechazo.

El carácter singular (me refiero ahora, principalmente a la categoría gramatical singular) de nuestro primer sustantivo, fidelidad, contrasta con el carácter plural del segundo; el tercero, en cambio, mantiene un equilibrio de significados que le permite ser usado, con toda naturalidad, en singular y en plural. Ya en singular, le podemos dar un significado verdaderamente singular (referirnos a una obligación concreta) o plural, colectivo: por obligación entendemos, en ese caso, el conjunto de nuestras obligaciones. En su momento no atendimos a la etimología del segundo sustantivo (sensus: el variado y variable mundo que nos entra por los sentidos y nos pide una respuesta). La etimología del tercero tampoco nos debe pasar desapercibida: ob-ligación. Las obligaciones nos atan a algo; lo que quiere decir que por ellas nos podemos ver como Ulises cuando se hizo amarrar al mástil de su nave. Las obligaciones verdaderas deben ser las que hemos asumido nosotros mismos como tales (como Ulises); y tienen que tener, por naturaleza, más fuerza que los sentimientos. O sea, que a veces, por ejemplo, sabemos que estamos enfadados con un amigo, que estamos sintiendo una fuerte rabia contra él, pero que tenemos que hacerle ese favor que nos acaba (o no) de pedir: porque estamos obligados. Este sentido de la obligación, naturalmente, no nos puede hacer traicionar nuestra fidelidad (al contrario); sólo nos produce una incomodidad momentánea: contraría nuestros sentimientos del momento, no la tendencia habitual, la línea melódica diría, de nuestros sentimientos.

Ya sabéis, amigos de Certe patet… Cada uno de nosotros es como un árbol: nuestros sentimientos son nuestras hojas; nuestro tronco es nuestra fe, nuestra fidelidad; nuestras obligaciones son nuestras raíces. ¡Felices Reyes!

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2 comentarios

  1. Muchísimas gracias, Antonio, por este regalo, estas tres palabras tan intensas y tan bien interpretadas.

  2. Qué preciosidad de regalo, de entrada. Se podría hablar de tantos temas como ramificaciones nos propones.
    Por ceñirme a uno, te diré que has tocado un punto esencial en cuanto a la fidelidad con uno mismo, y es que, cuando descubrimos una traición para con nosotros, es difícil autoaplicarnos el perdón, y mucho menos que sea generoso.
    En fin, una entrada para reflexionar ampliamente.
    Gracias.
    Un abrazo

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