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Meter la cuchara

En aquel pueblecillo en que me crié, que ya no existe, no se empleaba la cuchara sino la guchara. Seguramente a este maravilloso y sencillo utensilio se le había adjudicado una etimología relacionada con el gusto. Y es que, lo mismo en aquellos tiempos que en los presentes, verdaderamente da gusto meter la cuchara en un buen plato, e irse llenando sin prisas y sin cortapisas la buchaca. Por eso meter la cuchara sigue siendo la locución para expresar una acción que identificamos como lo mejor de la vida: participar en algo bueno de lo que en ella se cuece. Y, por el contrario, entregar la cuchara es la locución más expresiva y lamentable de morir.

Según la información con la que cuento, la etimología de cuchara se remonta a cochlea, caracol. Si esto es así, me inclino a pensar que nuestros hermanos más primitivos descubrieron con fruición la utilidad de algunas conchas marinas para llevarse a la boca los restos menudos del festín; utensilios mucho más eficaces que los dedos para rebañar sustancias lábiles deliciosas, que no se podían ni se debían abandonar a la voracidad de las alimañas.

Así yo cuando más cerca me siento de mis ancestros es cuando mi señora prepara unos mejillones al vapor, que le salen de lujuria, y con su misma concha (la de los bivalvos, no seáis exagerados) voy convirtiendo en cosa mía ese caldito que reúne y resume las delicias del mar y de la tierra.