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Mi amigo Falín

A mí me faltan, por lo menos, ocho años con éste para llegar a la jubilación; pero mi amigo Falín, año y medio más joven que yo, lo está desde los cincuenta y cinco.

Ha sido un policía a lo Torrente, que vivió muchos años con el síndrome de guerra en el País Vasco (escolta y conductor de mandarines de la política). Me contó anécdotas interesantes en aquellos años, pero no voy a reproducir aquí ninguna: me tendría que extender más de la cuenta.

Antes que policía, fue maquinista de imponentes artilugios: en carreteras, en puertos, en pistas de esquí. Un día me contó, estaba entonces en Sierra Nevada, que se había tirado de la máquina porque vio que le era imposible recuperarla de la caída al precipicio. Y, ya en el suelo, como la máquina no cayó, se volvió a subir en ella y la sacó del trance.

Antes que maquinista de máquinas pesadas, fue soldado en la infantería de marina; concretamente en una unidad donde los puteaban de lo lindo: la OMP, Organización de Movimiento en Playa. Se suponía que eran, en situación de combate, los que primero llegaban a la costa, a preparar una línea de defensa para el grueso del desembarco. Entonces era un atleta infatigable, de cuerpo perfecto. En una ocasión lo arrestaron: estuvo una temporada cargando con dos latas, de aquellas largas de la mortadela, llenas de arena; sólo las podía soltar lo imprescindible: para comer, aliviarse en las letrinas, dormir.

Hace poco perdió a su padre, que era tan bruto como él: un tabernero a la antigua usanza. Me contaron que en el tanatorio, cuando estaban velando al padre fallecido, mi amigo Falín sacó un cigarrillo y lo encendió. Y como alguno de los presentes le objetara que dentro de aquel recinto no dejaban fumar, él replicó: “El alquiler lo ha pagado mi padre; así que mientras él no proteste…”

En fin, que ya está jubilado. Y un poco escacharrado: cuando le faltaban unos meses para la dichosa jubilación, lo atropelló un coche. Fractura de vértebras, de la clavícula derecha… En ésta le ha quedado un bulto óseo como una nuez. Seguramente lo salvó su masa corporal; sus ciento diez kilos de paquidermo.

Este fin de semana he estado en mi pueblo y no lo he visto. Me gusta echar un rato con mi amigo; y le temo más que a una gripe: no encuentra el momento de volver a la casa si hay un bar abierto.

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