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El espejismo español…


…o Somos Chiripa casi todos

Desde Carlos I, el de “un monarca, un imperio y una espada”, este país llamado España no había tenido un sueño tan hermoso: fin de una muy duradera dictadura, modélica transición y democracia para siempre. La palabra democracia no ha debido de pronunciarse nunca con la religiosa reverencia con que la estuvimos pronunciando la mayoría de los españoles en los setenta y en los ochenta.

Y se produjo el milagro español: ya no había dos Españas. Había una España: plural, autonomista, vertebrada y rica. Una España que era el país con más baja natalidad del mundo, pero al que estaba llegando una juventud procedente de los cuatro puntos cardinales –o de tres por lo menos–, entusiasmada ante el milagro y deseosa de participar en el milagro.

Y celebramos el vigésimo quinto aniversario de la Constitución Española del 78 como la plena epifanía del milagro.

Pero…

Pero se veían ya las grietas en los pies de barro del ídolo que creíamos un dios.

España había seguido siendo el país de la pillería, de la picaresca; de las deslumbrantes procesiones de santos, de carrozas de cuento, de políticos deificados por un día, de reyezuelos autonómicos, de folclore electoral cuatrienal y luego el que manda manda… El país del “que trabajen los curas, los civiles y los tontos”.

Ahora ya no hay trabajo… Este país de pandereta y papanatas dobla el porcentaje de paro de la Unión Europea. Deberíamos estar encantados, dada la poca fe que le ponemos al trabajo –se la ponemos a los puestos de trabajo: no es lo mismo–.

Un día, viendo pasar una manifestación de obreros, a cuyo frente marchaba un estandarte que decía: ¡Ocho horas de trabajo!, Chiripa, estremeciéndose, pensó:

–¡Rediós, ocho horas de trabajo; y para eso tiran bombas! Con ocho horas tengo yo para toda la temporada de verano, que es la de más apuro, por los bañistas.

Al Chiripa de Clarín, como vemos, le parecía razonable y suficiente trabajar ocho horas sabiamente dosificadas a lo largo de la temporada de verano…

Clarín, bien lo sabemos, era muy diferente de su Chiripa: un trabajador infatigable, aunque la enfermedad lo machacaba sin tregua.

Pero hay muchos más españoles como Chiripa que como Clarín… Y ahora es hora de que se sientan felices los chiripas… Ya no hay trabajo en España. Se ha apagado el espejismo.

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