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Comentario

Algunos visitantes de Certe patet me comentan que les da corte dejar aquí su comentario. Les propongo, a modo de formulario, el modelo que sigue. Si les parece asumible, pueden estampar aquí su firma, aunque sea con el seudónimo más anónimo y heterónimo que les venga al cacumen.

Amigo Gonfertonio, Dios te guarde.

He vuelto a hacer un clic en Certe patet,

¿al cabo de qué tiempo? ¡Ni se sabe!

Me gustan tus chorradas, aunque a nadie

sugiero que las lea; que malgaste

su tiempo como yo: papando aire.

Lo recomendaría a tu madre,

si no fuera tan vieja (y viaje

perdido: ella no lee). Si se enterase

de que por Internet el disparate

que dispara su Antonio se reparte

(como un pedo gigante)…

Gonfertonio: si no amigos, iguales;

ni debo ni me debes: ¡cierto empate!

Serafín y su cáñamo

Era, Serafín, un vejete rubicundo y cazurro, cuando el que aquí escribe era un niño de diez años.

Tuvo, Serafín, hecha garberas en las Eras Bajas, una cosecha de cáñamo que llegó a convertirse en parte el paisaje. Para un niño de la edad que yo tenía entonces, dos o tres años son la eternidad. Y el cáñamo de Serafín era parte de aquella eternidad.

Después supe que los chavales algo mayores le preguntaban: “Serafín, ¿por qué no agramas el cáñamo?” Y Serafín, sacando una sonrisa leonardesca y socarrona, les contestaba: “Eso está ahí pa amolar”.

No sé si verdaderamente algún muchacho se llevó a una paisana a darle candela en el cáñamo de Serafín. Los niños en él sólo hacíamos escondites inocentes para jugar al uno y dicho, oki y similares.

Todos conocíamos la mata de cáñamo; y sabíamos que a las chamarizas (o los chamarices) les gustaban mucho sus semillas, los cañamones. Pero nadie sabía de una variedad de cáñamo de la que se obtuviera una droga. Es más: no conocíamos la palabra droga. En serio: no la conocíamos.

Ello no quiere decir que la gente no se colocara. Según contaban los mayores, Serafín y su hermana María, los dos viejos y solteros y habitantes de la misma morada, se ponían morados con picantes: siempre que los tenían al alcance, se acompañaban el platico de olla con unos cuantos de esos que con un solo mordisco convierten una boca en una hoguera. A estos hermanos, sin embargo, sólo les provocaban una sonrisa de satisfacción y malicia, menos seráfica que lujuriosa.

Estuvo bien que dispusiéramos durante tanto tiempo de las garberas del cáñamo de Serafín, que parecían un campamento indio. Además, alguien se libró de agramarlo, lo que era un trabajo insalubre e infame, con aquellos caballetes de larga y pesada cuchilla…

Hoy, en la casa, remozada, de Serafín y María, una su sobrina bisnieta ejerce su profesión de peluquera.

De San Antón a San Matías

…y en las pilas del bautismo

Candelaria le pusieron.

Despues de hacerle ver a mi alumno X lo impropio de esa pila de pilas, le pregunto: “Y si Candelaria le pusieron, ¿cuándo celebra su onomástica, el día de su santo?” Ni él ni sus compañeros me han sabido contestar.

No les he hablado del significado de la fiesta cristiana de la Candelaria, pero les he comentado el refranillo de mi gente campesina: “Cuando la Candelaria implora, el invierno foga”. El verbo final debe de ser desfoga: pierde virulencia; no en fuego, sino en hielo.

Es la de la Candelaria, por tanto, importante celebración. Aunque, la verdad, la mayoría de los años la Candelaria no implora, y tenemos un febrero descontrolado, aspersor de constipados y de gripes.

Un servidor, en pasando la fiestas invernales de San Antón y San Sebastián, que ya celebramos aquí en su momento, prefiere pasar directamente a la fiesta de San Matías, justo diez días después de San Valentín, el 24 de febrero. Recitaba la gente de mi pueblo:

En San Matías

da el sol en las umbrías,

cantan las tutubías [cogujadas]

igualan las noches con los días,

y marzo al quinto día.

Marzo al sexto día, naturalmente, en los años bisiestos.

San Matías sí nos anticipa de verdad la salida del invierno. Por supuesto, sale el invierno de donde había entrado: en la Costa del Sol, por ejemplo, entran las mafias que vienen del hielo, pero no entra, propiamente, el invierno; así que tampoco va a salir.

San Matías es un santo tan benigno, que no sólo le da dos patadas en el trasero al crudo invierno, sino que a los maestrillos nos trae un puentaco.

Yo ya me tengo un par de libros preparados para celebrarlo. Como son dos volúmenes más bien voluminosos, puede que sólo caiga uno. Bueno es. Y me siento afortunado, no por el puente ni por los puentes, sino porque me gusta mi trabajo, me gusta aprender y enseñar (docendo discitur) mi materia de maestrillo.