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Haikus de un suicida enamorado

1

No he sido yo

el autor de mi muerte:

Amor ha sido.

2

Caja de pino

no guarezca este cuerpo:

un pino grande.

3

Dadme a la tierra.

Pues me dejó la esposa,

vuelvo a la madre.

4

Dile a esa incauta

si la ves, caminante,

que aquí la espero.

Tres generaciones en el Monte

El padre. Ya está más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, pero se mantiene fuerte como un roble. Y, como es trabajador y cumplidor al máximo, aunque lo despidieron en la empresa, no le falta la faena en las chapuzas. Y en su casa hace todos los arreglos que se necesitan, o sea, los que disponen la parienta y los niños. Ahora han decidido agrandar el cuarto del niño añadiéndole el de la plancha… Y ya está listo: en un día. Ahora hace falta tirar por ahí los cascotes del tabique, la puerta desmontada, el armario viejo, el viejo colchón y el viejo somier. La verdad es que a él no le parecen tan viejos… No importa… Todo sea por tener contenta a la señora (el niño no se merece tanto). Total, que lo carga todo en la furgoneta y tira para el Monte… Y antes de llegar a la Cuesta Grande, junto al riachuelo, lo larga todo: “Esto las zarzas lo tapan… El Monte se lo come todo…”

El hijo. Tiene ya veintitrés tacos. No terminó el bachillerato porque, decía, no le gustaba estudiar, y quería trabajar. El caso es que han pasado ya unos cuantos años desde que dejó el instituto y sólo ha trabajado un par de temporadas cortas (está difícil el trabajo…). A las pocas semanas de estar currando por primera vez, ya tenía convencido al padre para que le avalara la compra del coche: un SEAT León rojo que mantiene impecable, siempre limpio y sin un arañazo. Y porque no hay pasta para tunearlo… Gracias al manso y rugiente León, anoche mismo estuvieron dando una vuelta él y la chica con la que ha empezado a salir. Fueron a un par de zonas de movida; luego compraron para un piscolabis en uno de esos pequeños comercios que no cierran mientras haya negocio. Y buscaron la tranquilidad del Monte. Remontaron la Cuesta Grande y llegaron hasta la entrada de un carril que muere en una cortijada próxima. Allí el fiero león se convirtió en nidito de amor por unas horas. Luego, antes de iniciar la bajada, tiraron cuanto pudiera afear el coqueto y rodante apartamento: las latas vacías, los clínex usados, los envoltorios de los dulces, la bolsa de la tienda (el condón ya hacía un rato que lo había tirado la chica por la ventanilla): “Que metan gente para limpiar el Monte, que hay muchos parados.”

El abuelo. Se jubiló hace cuatro años y se mantiene saludable. Se acuesta temprano y se levanta temprano. Hoy sábado, después de desayunar su tazón de leche con galletas como siempre, va a tirar para el Monte. En su ciclomotor, que, aunque lo tiene desde muchos años antes de jubilarse, anda bien. Para el transporte de lo que se presente, le tiene acoplada en el asiento trasero una caja de plástico de esas de la fruta. Llega al paraje elegido para su merodeo, en mitad de la Cuesta Grande, y aparca en la orilla de la pista, sobre la hierba. En seguida se ata una bolsa en el cinturón, coge su azadoncillo, y comienza la búsqueda: espárragos, tagarninas, palmitos… “El Monte es bueno, y da muchas cosas a quien sabe moverse y mirar por sus laderas. Además, que la economía de la casa no está tan boyante. Y ahora mi hija con el lumbago; y este nieto, todo el día durmiendo y toda la noche por ahí, que hay que ver cómo vive la juventud… Y su padre lo deja, ¡hala!, lo deja hacer lo que le da la gana. Menos mal que por lo menos la niña es formalita y buena estudiante. Pero este niño… En fin… El Monte siempre se porta bien. Me voy ya para la casa, con mi manojo de espárragos.”

Dos de Guillén

HE AQUÍ LA PERSONA

He aquí la persona:

de una pieza.

Íntegra un alma entona

su cabeza.

Ardió en los ojos brío

dulcemente.

Nariz con señorío,

voz valiente.

Y su ardor vïolento

quiso, pudo

siempre acatar agudo

pensamiento.

¡Qué pasión en lo humilde

cotidiano,

qué primores de mano

por la tilde!

Melancólicamente

–Dios o nada—

más pedía a la gente

la mirada.

Voluntad incesante

contra infierno,

todas las horas ante

cielo eterno.

“¿El vivir sin cadena

ya es delito?

La libertad ajena

necesito.”

Y siempre dando, noble,

se exigía:

“Que nada en sombra fría

se desdoble.”

No fue posible

para su sosiego

negar la luz de fuego

que alumbrara.

Madre en toda su ayuda,

ya no era

sino la que no muda:

verdadera.

¡Esfuerzo puro! Nada

lo pregona.

He ahí, consumada,

la persona.

EL REGRESO AL LUGAR EN QUE HE VIVIDO

El regreso al lugar en que he vivido

tantos veranos una doble dicha

no trae pormenores de recuerdo,

sí la emoción y el aura en torno a ella.

Ella, que ya no es ella. ¡Qué injusticia,

y sin posible apelación a un justo,

a un tribunal! Morir así no es culpa

de nadie. Tú no estás. Y permanece

bajo el nivel de una memoria activa,

muy dentro de este ser que soy de veras,

el vivir que tú y yo vivimos juntos,

actual hasta el instante en que la nada

me lleve a mí también. Y los veranos

seguirán sucediéndose con sombras

de consuelo, de amor, de vidas íntimas.

Jorge Guillén, Antología personal

Visor Libros. Madrid, 2004.

¡Autonomía…! ¡No mía…!

Soy profesor: me debo a mis alumnos. Lo sé. Y lo cumplo hasta donde llegan mis fuerzas. Y cobro a fin de mes. Y me siento reconocido y respetado por mis alumnos (este curso: sólo alumnos mayores). Hasta ahí, normal.

Pero… ¿y mis jefes? ¿Por qué desconfían tanto de quienes ellos han seleccionado –una exigente selección: título universitario, experiencia docente, oposiciones…–para ocupar estos puestos de peones de las aulas? Los políticos llegan a los altos cargos con muchas menos garantías de competencia… O llegan con la única garantía que interesa a los políticos: la lealtad –sumisión—al Partido. ¡Ah! Eso es lo que los políticos en el poder no ven en los maestros: sumisión. Y buscan el modo, ya que no hay sumisión, de imponer una mínimamente disimulada esclavitud.

Señores (esclavos) profesores: No hay más ética que la que impone el Gobierno. No existe el bien, sino el Gobierno. No hay otro lenguaje que el que impone el Gobierno. No existen las artes ni las ciencias sino por los cauces que determina el Gobierno. Nuestro Gobierno Autonómico, o sea, vuestro Gobierno.

Así que ya sabemos en qué consiste una Administración cercana al ciudadano: un monstruo dormita en las riberas del Betis. Y puede aplastarnos con sólo mover un párpado.

Et bien… On ne m’auras pas, moi. Vous ne m’aurez pas, moi. Je ne vous suivrai pas. Yo soy un profesor; y me debo a mis alumnos.

El espantapájaros, el pastor y la bandada

Si me preguntan, hoy por hoy –o por mañana–, qué es lo que más me gusta de este mundo, de contestar sinceramente, diría que la risa de mis hijas. La risa… e incluso la sonrisa.

Pero a mis hijas mayores las veo poco, son universitarias, no están en casa.

Ellas ausentes, pues, me redimo en la risa de mi hija menor. Y en la de mis alumnas (son mayoría las chicas en los cursos de bachillerato).

A veces siento envidia de los escritores; o sea, de los que viven de lo que escriben. Y me consuelo pensando que también la de profesor es profesión envidiable.

Ya lo he contado en este blog: uno de mis trabajos de niño fue el de espantapájaros. Había que evitar que las canoras avecillas se comieran lo sembrado. Ahora, en mis ocupaciones como profesor y padre, siento que me he convertido en guardián de la bandada, a la que debo llevar a pastar a los mejores sembrados, para que se alimenten de los mejores brotes y semillas, para que estén saludables y se rían.

Ojalá mis hijas tengan ahora profesores que propicien su risa, que las lleven a los pastos más almos, y que disfruten cuando vean que se ríen… de los espantapájaros.

Te… amo, te… harto, te… ato, te… ¡atro!

A mi compa y amigo Tomás Barroso

El teatro de mi ciudad es secular: pasó un siglo cayéndose a pedazos; y ahora está pasando otro siglo levantándose a pedazos. Espero que algún bisnieto mío me pueda mandar un e-mail al otro mundo (gonfertonio@otromundo.pa –pa de paraíso, naturalmente–) notificándome que ha asistido a la representación de una obra en el Florido; La gaviota, de Chejov, por ejemplo. Yo le preguntaría, en mi e-mail de respuesta, si la descripción “desde dentro” de lo que es la vida de un escritor de éxito seguía sonando tan verdadera en las alocuciones de Trigorin; le preguntaría si todavía la vocación de actriz desataba en la tierra pasiones tan furibundas como la de Nina; si actrices de éxito tan aplaudidas como Arkádina continuaban poniendo tanta carne propia en sus personajes como para llegar a la cincuentena convertidas en ninots de sí mismas; si jóvenes tan lúcidos como Tréplev se suicidaban todavía.

Mientras tanto aquí, en esta ciudad de teatro en obras no precisamente de teatro, hago como mi abuelo Miguel cuando me decía: “Anda, Antonio, ve por el libro y me lees un ratico”… Yo me voy a clase con mis alumnos optativos de Literatura y les digo: “Venga, coged El tío Vania y me lo dramatizáis un poquito”.

Un sermón

Es domingo. El desayuno, el aseo… Estoy leyendo. De pronto estornudo… y siento que tengo que escribir algo, a manera de sermón dominical (recuerden que estudié durante cinco años para cura), sobre la vanidad humana.

Empiezo. La vanidad es la variedad corriente de la soberbia, el primero de los siete pecados capitales. Soberbios pueden ser pocos… Esos pocos que han conseguido lo que llamamos “triunfar en la vida”, es decir, que todo el mundo los considere grandes: grandes actores, grandes escritores, grandes deportistas… Un soberbio se permite contestar a un elogio con una frase despectiva para quien le dirige el elogio: porque la sinceridad es privilegio de la grandeza…

El vanidoso sabe que “no ha triunfado en la vida”; pero no por falta de talento… No: su talento no ha fallado, su talento ha estado siempre en él; pero han fallado otras cosas: la suerte, los padres, los profesores, la ciudad en la que vive, el clima…

A un vanidoso le haces un elogio y enseguida percibes cómo se esponja, abre todos los poros de su cuerpo para aspirar el perfume de la alabanza… Ahora ya está lleno de sí, es decir, de aire. Ahora podría estar hablando de sí mismo durante una hora como quien suelta una interminable pedorreta.

Según este que pudo llegar a cura y no pasó del seminario menor, no hay sino dos tratamientos contra la vanidad. Uno llega sin querer: se llama necesidad. Cuando el vanidoso ve que hay grave riesgo de que falte lo básico para la subsistencia, se olvida de sus infulatulencias (me estoy aficionando a inventar palabras…) y se pone a lo prioritario: a buscar el papeo para él y para los suyos como sea.

Para el segundo tratamiento es para el que esta entrada sermonera de hoy quiere aporta algo. Este segundo tratamiento se llama formación moral, o ética. ¿Y qué podemos hacer para dar vigor a los principios morales por los que debiera regirse nuestra vida en el tema de la vanidad? Muy sencillo: observar a nuestros vecinos atentamente (para ello hay que dejar de atender, por lo menos a ratos, a nuestro propio ombligo). No tardarán en presentarse situaciones cuyo paradigma ha quedado anteriormente presentado: elogio, inflamiento y pedorreta. Entonces tendremos ocasión, si los observamos con atención, de ver lo feos que se ponen nuestros vecinos en dicho trance; lo penosos, patéticos y desagradables que resultan. Y no querremos comportarnos como ellos.

Queridos hermanos: el sermón ha terminado. Podéis ir en paz.