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Un sermón

Es domingo. El desayuno, el aseo… Estoy leyendo. De pronto estornudo… y siento que tengo que escribir algo, a manera de sermón dominical (recuerden que estudié durante cinco años para cura), sobre la vanidad humana.

Empiezo. La vanidad es la variedad corriente de la soberbia, el primero de los siete pecados capitales. Soberbios pueden ser pocos… Esos pocos que han conseguido lo que llamamos “triunfar en la vida”, es decir, que todo el mundo los considere grandes: grandes actores, grandes escritores, grandes deportistas… Un soberbio se permite contestar a un elogio con una frase despectiva para quien le dirige el elogio: porque la sinceridad es privilegio de la grandeza…

El vanidoso sabe que “no ha triunfado en la vida”; pero no por falta de talento… No: su talento no ha fallado, su talento ha estado siempre en él; pero han fallado otras cosas: la suerte, los padres, los profesores, la ciudad en la que vive, el clima…

A un vanidoso le haces un elogio y enseguida percibes cómo se esponja, abre todos los poros de su cuerpo para aspirar el perfume de la alabanza… Ahora ya está lleno de sí, es decir, de aire. Ahora podría estar hablando de sí mismo durante una hora como quien suelta una interminable pedorreta.

Según este que pudo llegar a cura y no pasó del seminario menor, no hay sino dos tratamientos contra la vanidad. Uno llega sin querer: se llama necesidad. Cuando el vanidoso ve que hay grave riesgo de que falte lo básico para la subsistencia, se olvida de sus infulatulencias (me estoy aficionando a inventar palabras…) y se pone a lo prioritario: a buscar el papeo para él y para los suyos como sea.

Para el segundo tratamiento es para el que esta entrada sermonera de hoy quiere aporta algo. Este segundo tratamiento se llama formación moral, o ética. ¿Y qué podemos hacer para dar vigor a los principios morales por los que debiera regirse nuestra vida en el tema de la vanidad? Muy sencillo: observar a nuestros vecinos atentamente (para ello hay que dejar de atender, por lo menos a ratos, a nuestro propio ombligo). No tardarán en presentarse situaciones cuyo paradigma ha quedado anteriormente presentado: elogio, inflamiento y pedorreta. Entonces tendremos ocasión, si los observamos con atención, de ver lo feos que se ponen nuestros vecinos en dicho trance; lo penosos, patéticos y desagradables que resultan. Y no querremos comportarnos como ellos.

Queridos hermanos: el sermón ha terminado. Podéis ir en paz.

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