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ESCRIBIR, NO ESCRIBIR

A mis alumnos de 2º de Bachillerato,

que hoy han recibido el palo –y la zanahoria-

de las notas.

NO ESRIBIR

A veces me da un poco de coraje

tener esta afición versiculera

(ver si culera). A ver si Dios quisiera

librarme cuanto antes de este ultraje.

Si Baudelaire dejó tanto bagaje

(santo bagaje) para que esta fiera

(Baudelaire, Voix de l’Air, ¡qué bueno era!)

degluta, rumie, asimile, encaje…

Esta fiera infantil que es este hombre

quisiera no escribir ni un pareado,

trazar siquiera un trozo de su nombre.

Es tan cómodo andar por lo ya andado;

es tan gustoso que el camino alfombre

el verso que otros hombres nos han dado…

ESCRIBIR

A veces, aburrido, llego al folio y comienzo

a trotar por el blanco llano de orilla a orilla.

Mi caballo es brioso; no le pesa la silla

ni el jinete que estraga la blancura del lienzo.

Pero se va cansando. Y compruebo que dejo

tan deshollado el suelo por donde voy pasando,

que, sujetando riendas al bruto en el que mando,

digo a mi bruto amigo: “Tu casco ya está viejo”.

A mi bruto acaricio y él afloja el resuello.

Salimos de la extensa paramera del folio

y nos encaminamos a un huerto de octavilla.

Marcha al paso mi bruto. Ahora su casco es sello,

deja huella su paso. Ahora su silla es solio

desde el que miro el mundo: miseria y maravilla.

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Un soneto esqueleto

Di

fe

de

y

que

fui.

No

hoy

lo

que

soy.

José Hierro

No sé si el soneto arriba copiado, del poeta santanderino y madrileño Pepe Hierro, me sigue impresionando o si me atrae cada vez más, es decir, según me voy acercando a los tercetos. Aquí le dedico unos versos en plan comentario. Sé que no están a la altura, pero no tengo otros.

Si no yerro,

el soneto

más escueto

Pepe Hierro

con su fierro

lo esculpió.

No sé yo

Pepe Hierro

con su fierro

qué talló:

¿un soneto

recoleto?,

¿un soneto

pétreo y prieto?

¿O el esqueleto al que vio

que, por raparle el cogote

para engordarle el bigote,

el cráneo le escamondó?


Un hombre necesita

Un hombre necesita un asidero

cuando al final se asoma al precipicio

que aguardándole está.

También valen dos alas,

sobre todo si están homologadas

por el CAA

(Consorcio de las Aves y los Ángeles).

Un hombre necesita un asidero

o un par de alas. Aunque

quizá mejor le venga un par de huevos

para apretar los dientes, si aún los tiene,

y dejarse caer.

También pudiera ser

que no le hiciera falta nada, nada…

si aciertan los que dicen

que la mano de Dios (¿la izquierda o la derecha?)

está por todas partes.

Vivir

Es esencia y herencia, afán y fundamento

de los vivos: vivir, vivir, vivir.

Anhelamos vivir, es lo que toca.

Que la muerte no llegue, que las generaciones se sucedan.

La hierba lanza a tierra su semilla,

el hombre a la mujer, el artista a su obra.

Cervantes a Quijano, Quijano a don Quijote, don Quijote a su libro.

Porque el arte es eterno: contra él no puede el tiempo.

El cuadro, el verso, el canto… la escultura es eterna.

Y Dios el más eterno: el hombre lo ha hecho eterno.

Pero los siglos pasan, y pasan los milenios.

Los dioses se disipan en la niebla.

Los libros, las estatuas se hacen polvo.

El tiempo es más tenaz.

Una tierra sin hombres existió

y volverá a existir una tierra sin hombres.

Y esta mota de polvo que es La Tierra

se deshará también. El tiempo es más tenaz.

No importa; ahora toca

vivir, vivir, vivir: es nuestro ahora.

Blogman

El blogman frunció el ceño:

–Yo que tú no lo haría, forastero.

Pero el forastero era sordo, o tonto, o simplemente forastero. Quiso decir, llevándose la diestra a la cintura: “este hocino es mío” (o “este hocico es mío” –no ha quedado clara la trascripción del pensamiento–). Solo pudo decir:

–Este hoz…

El blogman había sacado su entrada, y había hecho blanco en el negro corazón del forastero.

Mis hermanos mayores

Mis hermanos, sin más; aunque es verdad que son mayores que yo, y que ya están, además de mayores, jubilados. Y también verdad que están viviendo una jubilación feliz, son abuelos que disfrutan cada día de la alegría de sus nietas, de la dicha de ver que sus hijos se ganan la vida honradamente.

Fueron mis hermanos mayores cuando yo era un niño. Me protegían, me metían como mascota en sus pandillas de adolescentes, me construían las mejores armas: espadas (hoja de vástago de almendro) y tirachinas (horquilla de olivo) que eran objetos de admiración o envidia para los de mi edad.

Gracias a mis hermanos fui el niño con más pelotas del Barrio San Luis… Ellos trabajaban en la Huerta de Gracia (casero: mi tío Antonio), lindante con el Seminario de San Cecilio; ambas fincas, la que cultivaba patatas y cebolletas y la que cultivaba vocaciones sacerdotales, abiertas a la placeta de Gracia. Cuando una pelota –verdaderos balones de reglamento había pocos—caía desde el campo de fútbol del seminario a las verduras de la huerta, mis hermanos, en lugar de devolverla a sus dueños, la camuflaban entre los caballones para, cuando daban de mano, llevármela de regalo. Y aquí sí que cundía la dentera entre mis iguales.

Mas tarde, cuando yo fui seminarista en el San Cecilio, mis hermanos ya habían dejado de trabajar en la huerta de Gracia, se habían marchado a cultivar flores en los invernaderos de los alrededores de Ginebra, y me mandaban postales del lago Lemán.

Mis hermanos mayores fueron el zumosol de mi infancia, a pesar de que de cuando en cuando me dejaban ir un cogotazo o un insulto triple, que sonaba en mis oídos como un copo de pinchos.

Ahora mis hermanos tienen partida en dos la finca en la que nos criamos los tres. Yo no hubiera querido mi tercio ni regalado y embutido en pastel de cerezas… Me parecía que quedarse a vivir en el sitio en que se ha nacido era una degradación: dejar de ser persona para convertirse en vegetal.

Ahora mis hermanos son razonablemente felices, son mayores que llevan sus leves males con paciencia, y sus abundantes bienes con alegría.

Bill Clinton llegó a nuestra ciudad a contemplar el ocaso; no recuerdo bien si desde la plaza de San Nicolás, en el Albacín, o desde la torre de la Vela, en la Alhambra. Sus asesores no sabían que desde la finca de mis hermanos, el Olivar de Jesús, el ocaso es más hermoso.

Fuerza e inercia

Las sociedades como las personas, y éstas como aquéllas, se rigen por una de estas dos tendencias: el centripetismo o el centrifuguismo. No existen otras posibilidades… a no ser la de la inercia, que corresponde, como todo el mundo sabe, a los cuerpos muertos.

Al feto se le hace angosto el útero materno. Necesita salir a un espacio mayor: tendencia centrífuga.

El tierno infante que se ve exiliado del que fue su mundo, el cálido y acogedor vientre materno, tiende a volver a él. Con ese deseo el niño abraza a la madre, hunde su rostro en el materno seno: tendencia centrípeta.

El adolescente se ha hecho mayor y siente que el territorio a que se limita en compañía de su familia es demasiado reducido, en su interior le hierve el deseo de romper amarras, de iniciar su singladura oceánica, su vuelo infinito: tendencia centrífuga.

El joven ha soltado amarras, ha iniciado su propio vuelo en el cielo infinito. Y a la tercera vuelta que ha girado juguetón, sin rumbo fijo, libre y curioso de todo, por los espacios siderales (tendencia centrífuga), ha comenzado a sentir la pena de ser un cuerpo inconsistente, la añoranza de algo más fuerte que sus deseos de libertad (tendencia centrípeta).

El hombre se hace mayor. Nota que los afectos arraigan en él con menos fuerza. Ve pasar ante él esa belleza que antes le arrastraba; y no corre tras ella. Y tampoco la atrae hacia sí. Percibe que no tiene fuerzas para mantener junto a él a los que ama ni para cruzar los espacios junto a ellos. Ve que la vida va, sigue su curso. Este señor (senior…) ha comenzado ya la caída hacia el tercer estado: el de los cuerpos inertes.