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Luis Gallegos Díaz

O sea, mi amigo Luis Gallegos. De los Gallegos que emigraron al Albaicín desde la Alpujarra, moriscos sindudamente procedentes de algún punto del Atlas.

Lo conocí en plena Sierra Nevada, verano del 69, en el que los dos cumplimos dieciocho años. Yo iba integrado en un grupo de amigos, grupo tutelado por el eminente amigo mayor Peromo. Él iba solo, a pasar todo un mes como ermitaño.

Acabó el verano, comenzó el curso, y ya éramos compañeros en el Preu de Letras del instituto Padre Suárez de Granada. Y nos hicimos amigos: él venció la resistencia inicial que me inspiraba un tío tan raro, que iba a clase, todos los días, con traje azul y corbata. Creo que siempre con el mismo traje azul; y dudo si siempre con la misma corbata.

Y fuimos amigos, y compartimos muchos ratos de conversación, y muchas largas caminatas, y algunas barras de bar, y algunas sartenadas de habas verdes con jamón, y bastantes amigos.

Mi amistad con Luis Gallegos da para escribir un libro, pero yo dentro de cinco minutos suelto el teclado y me voy a tomarme un café. Y después, “si te vi no me acuerdo”.

Ya llevamos un buen puñado de años sin visitarnos ni comunicarnos para nada: una década, en cifras nominales.

Lo último que supe de él, metiéndome en algunas web poco recomendables pero de toda solvencia, es que los marines de Guantánamo han utilizado su tesis doctoral –¡la de mi amigo!—para torturar a los presuntos, que gritaban como energúmenos ante la mera amenaza: “¡No, por favor, otro capítulo de la tesis de Gallegos, no! ¡Por favor, mejor arrancadme otra uña sin anestesia!”

Probablemente esto está a punto de difundirse de primera mano, es decir, por boca de los mismos torturados, algunos de los cuales van a ser en breve nuestros huéspedes.

Naturalmente que yo acabo ahora de recordar a mi amigo Luis por un motivo concreto: por una feliz frase o parrafada breve que un día me soltó y que nunca he olvidado…

Pero ya han pasado los cinco minutos. Y me voy a tomarme un café.

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