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Unas pedraíllas

Iba atravesando un terreno embarrado por alguna acequia de riego que se había desbordado, pero mi experiencia peregrina me permitía seguir avanzando sin clavarme en el barro.

Pronto me encontré ascendiendo por una ladra seca, cubierta de plantas de monte bajo, con amplio cielo azul sobre la loma que yo, caminante feliz, remontaba.

De pronto algún ruido llamó mi atención a la derecha, por donde la loma descendía en talud hacia el llano labriego del que yo me alejaba. Y vi allí abajo a un chico de no más de trece años que me increpaba a gritos, y profería amenazas conminándome a que bajara; y que pasaba de las palabras a las piedras, que me arrojaba sin la más mínima probabilidad de producirme un descalabro, ya que la diferencia de altura hacía que sus proyectiles cayeran ante mí sin peligro para la integridad de mi persona.

En seguida apareció otro chico que secundó al primero en mi apedreamiento, con el mismo resultado incruento de su compañero. Aun así, se sublevó mi sangre, y, con la ventaja que me daba la altura, comencé a apedrear a aquel par de minúsculos cabrones, con idéntico resultado al que ellos habían obtenido; porque mis piedras, aunque llegaban con más fuerza y precisión a las proximidades de sus objetivos, se hacían visibles a mis enemigos desde una distancia suficiente como para que ellos pudieran esquivarlas.

Todo el que en su infancia ha jugado unas “pedraíllas” sabe que la posibilidad de descalabrar a un contrario se basa en que en cada bando haya un mínimo de media docena de atacantes, con lo que se hace bastante más difícil controlar la trayectoria de los proyectiles que te llueven sobre la cabeza.

En fin, fue una lucha sin vencedores ni vencidos que me amargó el empeño del ascenso. Comencé a desandar por la pendiente, frustrado e indemne. Y, al llegar otra vez a la zona irregularmente irrigada, me encontré frente a los chicos; con mis enemigos al alcance de mi furia.

Me abalancé sobre el primero. Y en ese mismo instante me desperté.

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