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De Gójar a Cuevas

Al padre de Nico y Sonja

Un día de mediados de septiembre de 1963, con los doce años casi recién cumplidos (y con mi amigo Nicolás, que no me dejaría mentir en Certe patet), abandoné mi pueblo para convertirme en seminarista del Seminario Menor de San Tarsicio, en Cuevas de Almanzora, Almería.

Creo que no pasé, como Daniel el Mochuelo, la noche precedente a aquella partida recordando lo que había sido mi vida en mi aldea. Y seguro que me vino bien el haberla pasado durmiendo; porque el viaje de Gójar a Cuevas fue cosa de cansar. Primero en taxi –¡todo un lujo, claro está!—acompañados de nuestro protector y mentor, el párroco don Ángel, hermano de otros dos sacerdotes, don Fernando y don Jesús, que ocupaban en aquel seminario los cargos de Rector y Vicerrector. Y de Almería a Cuevas, en un autobús que parecía una destartalada diligencia del Oeste, o del Este, con la baca atestada de míseras maletas y el pasillo desbordante de colchones y otros enseres variopintos.

En Almería nos habíamos despedido de don Ángel y de nuestras madres: habíamos iniciado, Nicolás y yo, nuestra propia y singular andadura, si bien teniéndonos, qué suerte, el uno al otro como amigo y testigo del pasado.

¡Qué viaje más largo!

Y llegados por fin a San Tarsicio, a meter maletas y bártulos desde la extenuada guagua, a montar camas y armarios.

Aquella noche, tanto Nicolás como yo, íbamos a estrenar cepillo de dientes y pijama, indumento e instrumento que jamás habíamos vestido, que jamás habíamos usado.

Y todavía, en aquel largo día de mediados de septiembre del  sesenta y tres (tengo entendido que ahora han sacado una serie de televisión sobre la vida escolar de aquellos tiempos), todavía nos quedaba una novedad que experimentar…

Fue después de cenar. Habíamos cenado sopa de mayonesa y algo más. Un servidor, dentro de la penuria con que vivía en su casa, se había permitido el estúpido encabezonamiento de jamás aceptar aquellas sopas blancas, disfrazadas de leche, como cena. Pero, aquella noche, primera en San Tarsicio, callé y tragué.

Y la novedad a la que antes aludía: después de la cena, con la mediación –y no sé si con la intervención o con la intercesión—de don ángel, hablamos con nuestras madres por teléfono. Antes sólo habíamos tenido en las manos un teléfono falso, para una foto individual que nos hicieron en la escuela de don Antonio, alias Serón… Estuvimos hablando por teléfono, tanto mi amigo como yo, con toda naturalidad, como si aquél hubiera sido un utensilio habitual de nuestras vidas.

Lo pronto que aprenden las cosas los niños…

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