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Recuerdos y olvidos

Es el título, creo, de uno de los muchos libros de Francisco Ayala que yo no he leído. Espero que aún no sea demasiado tarde para paliar tal carencia. Pero de lo que yo quiero escribir ahora unas líneas es de unos recuerdos y de unos olvidos más cercanos a mí.

· Mi cuñado Pedro es profesor de Tecnología en un instituto de la provincia de Granada. Él y algunos compañeros suyos han formado un grupo musical, un conjunto… Me manda unos enlaces para que pueda ver unos vídeos correspondientes a una de sus actuaciones. Al final del concierto, uno de ellos va diciendo los nombres de los músicos: Fulano de Tal y Tal a la batería… En seguida mando un e-mail a mi cuñado Pedro: en la mili, en el campamento de Cerro Muriano, entre principios de enero y mediados de marzo de 1976, cuando “juramos bandera” y nos repartieron, mi mejor amigo fue un recluta motrileño, que ya era maestro como yo ya era licenciado en Filología Románica, que se llamaba Fulano de Tal y Tal. Mi cuñado Pedro habla con su colega el batería: efectivamente es la misma persona, pero no recuerda absolutamente nada de aquella amistad conmigo.

· Ayer sábado, por la mañana. Transito a pie, con mi hija Hebe, por una de las calles de nuestro pueblo de Granada. Un conductor, al rebasarnos, hace sonar el claxon: lo miro y veo que es un viejo amigo que saluda; un amigo al que he visto con cierta frecuencia en los últimos años. Pero en el coche, que se va distanciando rápidamente de nosotros, va también una mujer, que vuelve hacia atrás la cabeza y dice adiós con la mano, hasta que ve que la he reconocido y le devuelvo el saludo. No era difícil que la reconociera: era la esposa de mi amigo; pero, en los últimos veintitantos años, sólo la he visto una vez. Aun así, ella me manifestó de manera sencilla y espontánea que no había olvidado nuestra amistad de juventud.

· Ayer sábado, una hora más tarde. Estoy en una residencia de ancianos. A un metro de distancia de mi vista, un señor vestido de negro, o de un gris casi negro, habla con alguien del personal de la residencia. Y yo me quedo quieto parado, en espera de que termine su conversación para saludarlo: fue compañero mío en el seminario de Granada, y luego en el Instituto, y luego en la Facultad de Letras. Lo reconozco aunque no nos hemos visto ni una sola vez en más de treinta años. En ese instante no recuerdo su nombre ni el recuerda el mío; un olvido lógico que en seguida subsanamos. Fue un encuentro muy breve (cada uno tenía que ocuparse de sus asuntos), pero suficiente para que intercambiáramos información importante acerca de lo que habían sido nuestras vidas en tres décadas. Y nos despedimos con afecto fraternal.

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