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Regreso a los orígenes

Mientras yo, en uno de los ordenadores de la sala de profes, mandaba las notas de la primera evaluación a Séneca (a este filósofo no se lo cargó Nerón: lo traspasó a la Junta de Andalucía para que controlara “la cosa educativa”), mientras yo efectuaba mi envío de notas (son notas para informar a los padres sobre la marcha académica de sus niños, pero Séneca quiere recibirlas con una semana de antelación, para revisarlas, analizarlas y, si necesario fuere, corregirlas), mientras yo mandaba a Séneca las notas de mis niños, mi compa Mario (o Caña) exponía a un grupo de colegas su teoría de que estamos involucionando hacia una nueva Edad Media. Y entre otros ejemplos que aducía como argumentos, argüía que sus adultos alumnos actuales de la UNED tenían en las aulas el mismísimo comportamiento que los muchachos de la ESO: cada uno a su rebuzno.

El mundo está cambiando. En los países desarrollados la reanalfabetización se extiende a galope tendido. Y a los nuevos individuos de este mundo reiletrado hay que hablarles, como en la antigua Edad Media, con imágenes. Con su maestría habitual ha tratado este tema mi otro amigo Mario (Vargas Llosa; él no sabe que es mi amigo porque no me conoce): hasta los medios de comunicación más serios van dejándose llenar de espectáculo. Circo para todos.

Y los políticos están encantados con llevar a esos medios espectáculo. Cumbres, negociaciones, comparecencias, viajes, declaraciones… Puro circo.

Y los mensajes orales se reducen a eslóganes de tres palabras que la gente alegremente memoriza: “La tierra es del viento”, “El toro es de Osborne”, “Obama en el cielo”.

Una nueva Edad Media se aproxima, amigos míos, amigos de mis amigos Marios. Y siguiendo este camino de regreso, la especie humana volverá a su infancia. Y ya sabéis qué significa infancia: la carencia de habla.

EL JUGUETE DEL POBRE

Quiero dar la idea de un divertimento inocente. ¡Hay tan pocos entretenimientos que no sean culpables!

Cuando salgáis por la mañana con la decidida intención de callejear por las grandes avenidas, llenaos los bolsillos de pequeños inventos sin valor –como el polichinela anodino movido por un solo hilo, los herreros que golpean el yunque, el jinete y su caballo cuya cola es un silbato–, y regaládselos a los niños desconocidos y pobres que os encontréis a la puerta de las tabernas, al pie de los árboles. Veréis cómo sus ojos se abren desmesuradamente. Al principio no se atreverán a cogerlos, dudarán de su ventura. Luego, sus manos agarrarán vivamente el regalo y huirán como hacen los gatos que se alejan de vosotros para comer el trozo que les habéis dado, ya que han aprendido a desconfiar del hombre.

En una carretera, detrás de un amplio jardín, a cuyo extremo aparecía la blancura de un hermoso castillo herido por el sol, se hallaba un niño guapo y lozano, vestido con uno de esos trajes de campo tan llenos de coquetería.

El lujo, la despreocupación y el espectáculo habitual de la riqueza vuelven a esos niños tan guapos que se los creería hechos de otra pasta que los hijos de la mediocridad o de la pobreza.

A su lado, yacía en la hierba un juguete espléndido, tan lozano como su dueño, barnizado, dorado, vestido con un traje púrpura y cubierto de penachos y abalorios. Pero el niño hacía caso omiso de su juguete favorito; he aquí lo que miraba:

Al otro lado de la verja, en la carretera, entre los cardos y las ortigas, había otro niño, sucio, enclenque, fuliginoso, uno de eso chiquillos-parias cuya belleza podría ser descubierta por unos ojos imparciales si, como los ojos del entendido adivinan una pintura ideal bajo un barniz de carrocero, lo limpiaran de la repugnante pátina de la miseria.

A través de los barrotes simbólicos que separan dos mundos, la gran carretera y el castillo, el niño pobre mostraba al niño rico su propio juguete, que éste examinaba con avidez como un objeto raro y desconocido. Pues bien, este juguete, que el pequeño harapiento hostigaba, agitaba y sacudía en una jaula, era un ratón vivo. Los padres, sin duda por economía, habían tomado el juguete de la vida misma.

Y los dos niños se reían entre sí fraternalmente, con dientes de igual blancura.

Charles Baudelaire, El spleen de París

Edición y traducción de Manuel Neila

EDICIONES ESPUELA DE PLATA. Sevilla, 2009

Fiat nox

–Noche, silencio.

Pues el día se ha ido,

amor, durmamos.

–Noche, silencio.

Pues el día se ha ido,

amor, amemos.