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Argimira

Ante todo me declaro un admirad’Ors incondicional desde hace unos cuantos años. No desde la primera vez que leí un puñado de poemas suyos, los que quedan recogidos en la antología de José Luis garcía Martín Treinta años de poesía española (Renacimiento – La Veleta, Granada, 1996). Mi deslumbramiento se produjo en una relectura de aquellos poemas, y de otros que pude encontrar gracias a Internet. Hasta mediados de julio del año pasado no he tenido ningún libro de poemas de d’Ors (sí alguno de crítica, precioso). Hace, pues, seis meses que estoy en posesión (y no al revés) de El misterio de la felicidad (Antología poética), de Miguel d’Ors. Edición, selección y prólogo de Ana Eire. Renacimiento, Sevilla, 2009. Lo leo y lo releo, y no me canso. Si tuviera la memoria que tenía cuando era un adolescente, ya me lo sabría de memoria. Ahora voy releyéndolo, otra vez, por la mitad, por el poema 50 de los 101 poemas que contiene (la numeración es un añadido mío).

Y se me ha ocurrido, no sólo copiar aquí dicho poema 50, como hago de vez en cuando con alguna página que me gusta, sino también comentarlo un poquito. Comienzo copiándolo:

A TRAVÉS DE LA REJA

Apenas empezaba en esta misma hoja

a esbozar unos versos cuando pasa

–un feixe de maíz enorme en la cabeza

y los zuecos de estiércol—Argimira.

Va con prisa, me dice, girándose un momento

como una cariátide campestre,

a dar la teta al cuarto de sus hijos

y luego bajará a la carretera

la bombona vacía –su marido

por las tardes trabaja en las gaseosas–,

Y a ver si le da tiempo de acercarse

después a la Novena. Y tan feliz,

sonríe una pregunta mirando mis papeles:

“¿Y tú qué estás pintando ahí?”.

8-11-87

En la forma, vemos que el poema se atiene a lo más frecuente en el autor, la silva sin rima. Sólo un heptasílabo.: el título; y de los catorce versos (catorce…) que componen el poema, son alejandrinos cuatro (1, 3, 5, 13) y endecasílabos los diez restantes. Aunque, como siempre, este poeta aprovecha las pausas internas que muchos versos contienen, así como los encabalgamientos (“acercarse / después”…) para restarle contundencia a la pausa versal, de forma que un oído (un oído mental) no suficientemente acostumbrado al ritmo de los versos, los tomaría por prosa.

El contenido es bien sencillo. Éste es el poema de unos minutos: no más de dos o tres, diría yo; “un momento”, en la expresión del propio poema. Unos poquísimos minutos de cuando el poeta tiene cuarenta años; para ser casi exactos, diremos que le falta poco para cumplir los cuarenta y uno: todos los poemas del libro aparecen fechados.

El poeta, profesor de la Universidad de Granada, debe de estar pasando unos días de asueto en la tierra de su infancia, en sus añorados parajes de la provincia de Pontevedra, tal vez en Paraños (como indica la nota de la editora), en la tierra de sus abuelos maternos (tan bien cantados por d’Ors en otros poemas), donde, seguramente, todo el mundo lo conoce desde que era un criíllo.

El poeta no nos dice en qué lugar de la casa se encuentra; suponemos que en una habitación de plata baja, con amplia ventana enrejada que da a la calle. Tal vez el día no está frío, y el poeta tiene la ventana abierta. Tampoco nos dice el poeta si está escribiendo en un cuaderno o en unas hojas sueltas (“mis papeles”, leemos en el penúltimo verso). Sí nos dice que había empezado “a esbozar unos versos”. Ya tenía, por tanto, una idea matriz para su poema. Seguramente el “vital aliento” que le insufla su madre tierra gallega se ha traducido, rápidamente, en entusiasmo creador.

Pero he aquí que lo interrumpe una imagen en movimiento al otro lado de la reja: es Argimira, una recia campesina a la que podemos imaginar de la edad, o poco menos, del poeta: está criando a su cuarto hijo; y lleva “un feixe de maíz enorme en la cabeza”. Alguien que va más agobiado por la carga, todo lo más hace un  breve gesto de saludo, pero no se para, continúa adelante; o para y en seguida se descarga, para descansar mientras echa su ratico de conversación. Argimira no se descarga, pero se para, y saluda a su paisano, tal vez a su amigo de infancia, que se fue hace tantos años por ahí, primero a Pamplona, y luego a Granada; y sólo aparece por el lugar de cuando en cuando.

En la cabeza, el maíz; y en los pies, “zuecos de estiércol”, zuecos de entrar al establo donde seguramente aguardan los animales que se van a comer ese maíz. Argimira lleva la comida para el ganado en la cabeza; y en su pecho, la comida para su cuarta criatura. El cuerpo recto, el busto prominente, parece “una cariátide campestre”. Pero Argimira no es una diosa griega petrificada, o cosa parecida, es un ama de casa campesina y gallega, que tiene mucho a donde acudir para sacar adelante a su prole, igual que su marido, que también anda pluriempleado. Y “con el mazo dando y a Dios rogando”, diría Argimira cambiando el orden de las tareas en el refrán. Si queda tiempo, la mujer acudirá a la iglesia, a la Novena. No sabemos a la novena de qué santo: hay tantos… Y más en noviembre: “Mes de noviembre, / dichoso mes, / que entra con Los Santos / y sale con San Andrés”…

Y mientras ella, en “un momento” relata apresuradamente toda la reata de tareas que tiene que realizar, imaginamos al poeta callado y atento, con el rostro parado en una leve sonrisa. Argimira termina su alocución y el poeta permanece callado, atento, sonriente y meditabundo. Y entonces Argimira le pone un epifonema a su alocución, un endecasílabo esticomítico, una interrogación nada retórica, una pregunta final que suena como una ráfaga de metralleta, con sus muchos acentos y con su aliterativo tá-tá-tá. Una metralleta, digamos, de juguete. Argimira, en un tono que combina la rústica brusquedad con la amistosa confianza, “sonríe una pregunta”, escribe el poeta, forzando la naturaleza intransitiva del verbo sonreír para fundir mejor el contenido y el tono de la interrogación: “¿Y tú qué estás pintando ahí?”.

El poeta fuerza una breve, deferente y elusiva respuesta que ya no es materia del poema. Y Argimira continúa, llena de vida y segura de su misión, su camino de mujer útil y trabajadora.

El poeta, otra vez solo, piensa. Quizá la mira “un momento” mientras se aleja, con su gran haz de maíz sobre la cabeza, su porte erguido, su prieta grupa, sus “zuecos de estiércol”. Tal vez el poeta se pregunta entonces cuál será la etimología del nombre de Argimira, que le suena a ‘plata’, a ‘Argos’, a ‘admirable’. Quizá la pregunta final de Argimira, tan inocente y a la vez tan filosófica, le sigue resonando en su interior. Aunque pronto llega a la conclusión de que tampoco él sabe lo que está “pintando”.

El poeta vuelve a sus papeles. Y en seguida comprende que la idea que había comenzado a desplegar en sus versos ha quedado empequeñecida ante la imagen y las palabras de Argimira. Entonces tacha con dos rayas transversales lo que lleva escrito, y vuelve a comenzar: “A través de la reja”.

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