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“Cabeza fría”

Son las 7:45. Me voy al instituto (veinticinco minutos de paseo). Y me vuelvo en la misma puerta  de mi casa: mi cabeza, deforestada y talada, ha sentido el húmedo frío con que se han estrenado las noches de febrero. Me pongo una boina (no sin alguna vacilación e incomodidad: “Cabeza loca no quiere toca”). Al verme así, tocado, mi hija Hebe me pregunta si me voy ya a guardar las cabras. Mi esposa “aserta” que parezco recién salido del París de los años 20. Hay, como ven, división de opiniones.

Ahora –ya es la tarde—acabo de copiar un texto para un examen de mis alumnos de 1º de ESO (Educación Secundaria O lo que sea). Un texto de El Club de los Faltos de Cariño, libro de Manuel Leguineche con el que disfruté cuando lo leí. ¿Que qué les pregunto a mis alumnos sobre el texto…? ¡Nada! Les mando que lo copien: sin saltarse frases, sin cambiar palabras, sin olvidar las tildes, sin ignorar los signos de puntuación. ¿Fácil? ¡Difícil incluso para los alumnos de 2º de Bachillerato! Un texto que se titula “Nueces” (14 líneas, página 49) y es una especie de recetario de medicina casera. Al final, Leguineche formula su propia receta: “Cabeza fría, vientre ligero y pies calientes”. Pues no estoy de acuerdo, don Manuel; yo digo que “Cabeza caliente, piense o no piense”. La vida necesita calor. El frío es de los muertos.