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EL APEADERO DE LA ISLA DE LA SAL

MIGUEL DELIBES,

“Un novelista descubre América -Brasil, Argentina y Chile- (1955).

Incluido en POR ESOS MUNDOS (1ª edición, 1961)

Obra completa, tomo 4. Ediciones Destino. Barcelona, 1970.

Madrid-La Sal (a quinientos kilómetros de Dakar, punto continental más próximo) supone diez horas ininterrumpidas de vuelo. Doce si, como en mi caso, el aparato encuentra el aire de proa. Esto ya da pie para imaginar que el deseo de tierra va acrecentándose en el pecho del viajero hasta convertirse en una necesidad perentoria. La tierra llega a urgir tanto como el aire a un náufrago a punto de ahogarse. Esta ansiedad induce al viajero a prefigurar la isla de La Sal con todos los atributos del paraíso. Uno imagina un islote ubérrimo, de vegetación exuberante; un auténtico vergel de frondas desbordadas. Inmediatamente la esperanza se frustra. La isla de La Sal no es sino un simple apeadero en el mar; una aislada, disciplinada desolación. En la perspectiva aérea, a la difusa luz crepuscular, no se divisa no ya un árbol, sino el menor indicio vegetal. Tierra roja, estéril, ardiente; la aridez es completa. El primer vistazo denuncia el carácter eruptivo de la isla. Esta prefiguración se confirma al informársenos de que de que las “Salins du Cap Vert” se hallan en las entrañas de un volcán extinto. No podía suceder de otra manera.

A la isla de La Sal la ha redimido la aeronáutica. Actualmente la isla es un gigantesco portaviones varado en pleno Atlántico; un estratégico pedrusco para afianzar el pie y dar el salto. Tiempo atrás, la Sal vivía de la sal. El tráfico se efectuaba exclusivamente a través del fondeadero de Pedra da Lume, capaz para barcos de mucho calado. Sus siete mil habitantes estaban engranados en este comercio. De todos modos la actividad era mínima y los medios de vida precarios. Hoy la situación ha variado. Hoy no hay avión que suba o que baje que ignore la existencia de esta inhóspita isla hospitalaria. En torno al aeropuerto han surgido instalaciones modestas –hangares, talleres, observatorio, hotel, bar, etc.–, todo ello montado al aire, sobre cuatro estacas, con un sabor vagamente oriental. Las posibilidades del nativo, lógicamente, se han acrecentado. En todo caso, La Sal representa para el viajero el primer contacto con lo exótico: bandadas de negritos de calzón corto y flexibles negritas con faldas chillonas y turbante a la cabeza salen al encuentro del avión; se ocupan, luego, de su adecentamiento y aseo. El viajero cena allí; una comida insípida, desleída. En torno, un césped declinante, a pesar de los evidentes minuciosos cuidados; algún ralo arbolillo rompiendo la árida, agónica desnudez. Dios sabe lo que representará –en trabajo y consuelo—para el nativo esta pincelada verde en el desierto.

[Cualquier página de Miguel Delibes merece estar en la antología de la literatura más exigente]

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