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Epigramas

La pidas, no la pidas,

lápida te darán que trae tu nombre escrito;

y una fecha también: la  de tu nacimiento.

Otra fecha algún día le pondrá,

sin saber de ti nada, el marmolista.

Y aún quedará espacio para un lema que cifre

lo que tu vida ha sido.

¿Estás ya preparando ese epigrama?

Yo te propongo uno

(a merecerlo empieza desde hoy):

“Fue libre, laborioso e inocente”.

Aunque tal vez prefieras este otro:

«Fue insufrible, fue lábil, fue indecente».

Aquel día tan largo

El tiempo de la felicidad siempre vuela veloz como el viento de levante en esta tierra. Es el tiempo del dolor el que se mueve con la lentitud de las babosas. E incluso ese tiempo desesperantemente lento y largo del sufrimiento, una vez transcurrido, nos parece un instante.

Todo en la vida requiere su descanso: la madre que amamanta a su criatura, la tierra en que las plantas enraízan, los amantes extasiados en el gozo, el dulce caldo que obtenemos de las uvas, los bizcochos cuando salen del horno, los estudiantes que han pasado seis horas en la bullanga de la academia…

Sólo el tiempo reniega del reposo; ese tiempo tenaz y arrasador que aniquila a los hombres, demuele templos, estatuas y palacios, allana las montañas, remueve continentes, océanos y estrellas.

Y un soplo de ese tiempo imparable me ha traído hasta aquí, desde aquel día en que cumplí los once años y fue el día más largo de mi vida, porque lo pasé segando veza en los secanos de Macairena, integrado en una cuadrilla de unos veinte segadores, entre hombres, mujeres y niños como yo.

El capataz de la cuadrilla y del cortijo era Roque el de Regorio, alias Macario, mi amigo Roque, un querido vecino, otro trabajador.

Un soplo de ese tiempo sin tregua me ha traído hasta aquí, desde aquel día; hasta esta orilla en que casi hago pie, en que casi toco… ese tiempo en que el paso del tiempo ya no importa.

EL APEADERO DE LA ISLA DE LA SAL

MIGUEL DELIBES,

“Un novelista descubre América -Brasil, Argentina y Chile- (1955).

Incluido en POR ESOS MUNDOS (1ª edición, 1961)

Obra completa, tomo 4. Ediciones Destino. Barcelona, 1970.

Madrid-La Sal (a quinientos kilómetros de Dakar, punto continental más próximo) supone diez horas ininterrumpidas de vuelo. Doce si, como en mi caso, el aparato encuentra el aire de proa. Esto ya da pie para imaginar que el deseo de tierra va acrecentándose en el pecho del viajero hasta convertirse en una necesidad perentoria. La tierra llega a urgir tanto como el aire a un náufrago a punto de ahogarse. Esta ansiedad induce al viajero a prefigurar la isla de La Sal con todos los atributos del paraíso. Uno imagina un islote ubérrimo, de vegetación exuberante; un auténtico vergel de frondas desbordadas. Inmediatamente la esperanza se frustra. La isla de La Sal no es sino un simple apeadero en el mar; una aislada, disciplinada desolación. En la perspectiva aérea, a la difusa luz crepuscular, no se divisa no ya un árbol, sino el menor indicio vegetal. Tierra roja, estéril, ardiente; la aridez es completa. El primer vistazo denuncia el carácter eruptivo de la isla. Esta prefiguración se confirma al informársenos de que de que las “Salins du Cap Vert” se hallan en las entrañas de un volcán extinto. No podía suceder de otra manera.

A la isla de La Sal la ha redimido la aeronáutica. Actualmente la isla es un gigantesco portaviones varado en pleno Atlántico; un estratégico pedrusco para afianzar el pie y dar el salto. Tiempo atrás, la Sal vivía de la sal. El tráfico se efectuaba exclusivamente a través del fondeadero de Pedra da Lume, capaz para barcos de mucho calado. Sus siete mil habitantes estaban engranados en este comercio. De todos modos la actividad era mínima y los medios de vida precarios. Hoy la situación ha variado. Hoy no hay avión que suba o que baje que ignore la existencia de esta inhóspita isla hospitalaria. En torno al aeropuerto han surgido instalaciones modestas –hangares, talleres, observatorio, hotel, bar, etc.–, todo ello montado al aire, sobre cuatro estacas, con un sabor vagamente oriental. Las posibilidades del nativo, lógicamente, se han acrecentado. En todo caso, La Sal representa para el viajero el primer contacto con lo exótico: bandadas de negritos de calzón corto y flexibles negritas con faldas chillonas y turbante a la cabeza salen al encuentro del avión; se ocupan, luego, de su adecentamiento y aseo. El viajero cena allí; una comida insípida, desleída. En torno, un césped declinante, a pesar de los evidentes minuciosos cuidados; algún ralo arbolillo rompiendo la árida, agónica desnudez. Dios sabe lo que representará –en trabajo y consuelo—para el nativo esta pincelada verde en el desierto.

[Cualquier página de Miguel Delibes merece estar en la antología de la literatura más exigente]