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Sentirse filólogo

A don Leopoldo Moreno, “mio cabdiello”.

Mi alumna IC (1º de Bachillerato Humanístico) me plantea su observación de que, mientras la palabra griega que significa cabeza, abecedada kefalé, nos ha dejado muchas herencias etimológicas, la palabra latina caput no nos ha dejado nada… ¿Cómo no? La saco en volandas de su despiste asegurándole que la palabra cabo (de una cuerda, de una vela, de una compañía de infantería, de una tierra costera…) viene de ahí. Y, por lo mismo, el verbo acabar, que significa “llevar a cabo”; que cabeza, capitel, capítulo, capital, caudal, caudillo no tienen otro étimo; y que príncipe viene de princeps, que es el primum caput.

Así que, querida IC, no te precipites, porque precipitarse es caer con la caput por delante; aunque, claro está, más segura desgracia es caer decapitado, o sea, con la caput cortada. Y termino ejerciendo de capataz, o sea, de cabecilla o jefe, y digo que fin de la aclaración y que pasamos a la traducción y análisis de la siguiente frase.

Resulta, y he aquí la segunda explicación acerca de la observación de IC, que mi compa de Griego (y de Latín, cómo no) y cabeza visible o caput evidens (alusión a su desaprovisionamiento capilar sólo por indicar que el capillus como el cabello nos vienen de donde mismo), o primum caput del cabildo de Lenguas, Culturas y Cabezas Clásicas, es partidario de obligar a la plebe a que se aprenda, no sólo el significado español de las palabras latinas y griegas, sino también toda su descendencia y parentela en nuestra presente lengua. Mientras que un servidor, aunque no sirva para mucho, opina que es preferible que tal herencia la vayan descubriendo poco a poco y por sus medios. Y lo opina a partir de su propia experiencia como alumno…

Creo que la primera vez que me sentí de verdad filólogo fue el día en que descubrí que la antaúra a que se refería mi madre, hablando con sus vecinas acerca de cuestiones odontológicas, era la palabra dentadura que yo conocía de los libros.

Y si no fue ese día, fue el día en que comprendí, mágica revelación,  que la cogujada en que se había convertido Escila, la malhadada princesa megarense, era la misma cuhá que, en los secanos de mi pueblo, por San Matías, comenzaba a amenizar sus cortos vuelos con silbidos, si no arrebatadores, al menos no exentos de agudeza.

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