• Páginas

  • Archivos

  • mayo 2010
    L M X J V S D
    « Abr   Jun »
     12
    3456789
    10111213141516
    17181920212223
    24252627282930
    31  

Alegría

Ni de música sé, ni sé de letra. Yo tendría que haber vivido atado al carro de Manolo Escobar, siempre dispuesto a ladrar y a enseñar los colmillos a cualquiera que intentara descarrar al cantante.

Y, mira por dónde, me da por oír a Beethoven, ese himno final de la Novena…

Un himno que también es un diálogo entre una princesa y un toro, en presencia del coro, claro es; un coro de artistas como Ovidio, Rubens, Moro (que se pronuncia Moreau). ¡Alegría, alegría!

Y todos tan contentos, porque de tan copluda cópula va a nacer una nación. ¡Alegría, alegría!

–¡Qué nación ni qué leches! –dicen el Toro y la Euro–. Nosotros a donde vamos, es a ver el Festival de Eurovisión.

Mayo ardiente y traidor

Los niños de 1º de la ESO –doce años– se distraen en la clase con cualquier nimiedad. Normal… Y además, cosa de los tiempos de ahora, no pretenden disimularlo.

Dar clase en 1º de la ESO es… como romper parva (los que saben del campo me comprenden; los que no, les pueden preguntar a los que saben), como coger espárragos en un pincharral (señores académicos, dejen de sestear y pongan en su diccionario un pincharral).

Pero, si el trabajo de los profesores no cunde, hay que ver cómo cunde el trabajo del tiempo… Días ha habido en abril en los que yo he pensado que me las había con adultos. Pero después vino mayo… ¡Qué traicionero es mayo! Y si no, que se lo pregunten al prisionero del romance: “¡Que por mayo era, por mayo…!”

En mayo los muchachos de 1º de ESO ven que el curso se termina, que se acaban las clases de taekwondo, de tenis, de waterpolo; y, si no se ganan los torneos, al menos hay que perder con dignidad.

Sin embargo las niñas… ¡Ay estas niñas de 1º de ESO, cuando llega mayo y les despierta el corazón! Las inocentes inquietudes se convierten en languideces de mocitas… Y de los cincuenta y cinco minutos que dura –¡qué dura!—una clase corriente, cuarenta y nueve los pasan muriendo lentamente, y esperando el timbre de la resurrección. Cuando éste por fin repica, corren a derrengarse y derretirse en los flamantes e inflamados pectorales del amado de 2º de ESO. De esa ESO a la que, en mayo, ha dejado de faltarle la B.

La casita de Alma

El narrador Muñoz Molina

A Esther Horno, querida compañera de fatigas

Si yo tuviera que destacar una cualidad del escritor Muñoz Molina, sin duda resaltaría su honradez, su integridad moral, su decidida actitud de buscar la verdad y defenderla. Y, como consecuencia de tal actitud, otra: su entrega al trabajo, su menosprecio de las alharacas del éxito, y de las comidillas de los envidiosos o resentidos, y su dedicación al oficio. Por eso encontraba muy apropiado que su esposa, la escritora Elvira Lindo, en aquella serie de columnas en El País, aludiera de vez en cuando a él como “mi santo”. Efectivamente, de más santos como él andamos necesitados.

Comento lo anterior a raíz de un aspecto de su última novela, La noche de los tiempos. Cuando leí la entrevista que le hacían –otra vez en El País—con ocasión de su lanzamiento, el entrevistador auguraba que la aparición de ciertos personajes históricos de la izquierda como Alberti o Bergamín iba a levantar algunas ampollas. No voy ahora a releer la entrevista para copiar literalmente. Y me da igual lo que levante la novela en nuestra izquierda oficial (la que gobierna o la que renquea parejas con el Gobierno): ampollas, contusiones, abrasiones, quemaduras, punciones. Tengo la impresión de que los cabecillas culturales del tinglado lo manejan bien, el tinglado, y sabrán que ahora no toca volver el aguijón contra el escritor, sino ningunearlo, en espera de mejor oportunidad. Y que no se la dé Muñoz Molina, porque no dudarán en lanzarse a su femoral. Claro que, aun no dándosela, corre peligro; porque bastará una apariencia de oportunidad.

Y hasta aquí la introducción de esta entrada, valga –o no valga—la rebuznancia. Y como la introducción se ha extendido y convertido en preámbulo, el tema central se tendrá que contraer y reducir al tamaño de un hueso de aceituna, si no quiero que mis tres lectores menos cuarto se impacienten.

El aspecto al que me refería es el del narrador en la novela. No es éste un narrador externo y omnisciente, ni un narrador testigo, ni un narrador documentado, sino, como decimos en el título, es el mismo Muñoz Molina; sin nombre, es verdad –ya aparece en portada–, pero sí con su primera persona desde el principio hasta el final.

¿Y qué tiene esto que ver con la destacada honradez de nuestro hombre? Pues sí que tiene… Es como si, con este modo de contar, el narrador afirmara: “Aquí no hay más historia que la que yo construyo. Y lo mismo que mi padre (se lo presenté a ustedes en El viento de la luna) hubiera dicho ‘Yo soy el honrado labrador de este campo de hortalizas’, yo digo que soy el honrado narrador de esta historia. Yo la he trabajado, la he imaginado, la he levantado, la he escrito; porque me lo curro, porque tengo este don. E inicio mi historia por donde quiero, y digo “yo no sé ya imaginar” (“ya yo no soy don Quijote”) cuando considero que he llegado al final”.

Terminamos, pues, con dos citas: una del estricto comienzo y otra del estricto final (este narrador-autor va apareciendo intermitentemente a lo largo de la obra, pero no es el momento ni el lugar de más citas ni de más estudio: doctores tienen Las Letras).

Del comienzo:

En medio del tumulto de la estación de Pennsylvania Ignacio Abel se ha detenido al oír que alguien lo llamaba por su nombre. Lo veo primero de lejos, entre la multitud de la hora punta, una figura masculina idéntica a las otras […].

Lo he visto cada vez con más claridad, surgido de ninguna parte, viniendo de la nada, nacido de un fogonazo de la imaginación […].

El final:

[…] un mañana inmediato que ella no vislumbra y yo no sé ya imaginar, su porvenir ignorado y perdido en la gran noche de los tiempos.

Quince de Mayo

No entiendo a la gente que anda continuamente necesitada de cambiar de ambiente, de amigos, de familia, de aficiones, de país. Porque se cansan, porque se aburren.

Como si el ambiente, los amigos, la familia, las aficiones y el país no anduvieran en permanente cambio. Te descuidas un poco, unas cuantas semanas, y el amigo o el cuñado de negra pelambrera ya está cano, o se ha jubilado, o se ha puesto rico, o tiene dos nietos. O el campo de tu vecindad al que viste ayer cubriendo sus vergonzantes desnudeces de ralos arbustos y boñigas, hoy es un prado donde no caben más flores, en el que trisca un ternerito como de juguete, que se te queda mirando fijamente con sus grandes ojos, mientras te deja mirar, y casi acariciar, los dos chichones simétricos de lo alto de su cabeza, donde están a punto de apuntarle los cuernos como los dos primeros dientes en las encías de un bebé.

Después de todo un curso de abandono, hoy sábado, día de San Isidro (un santo por el que mi padre, destripaterrones de oficio, sentía tanta estima), llevando a mi bici de la brida, he cruzado el prado por el que llego hasta la playa para el baño matutino y solitario. Un prado ahora tapizado de hierba tan florida, tan clamorosamente bello, que los tubos de mi bici, mi Bikika de siempre, han comenzado a emitir “allegro con brio” los acordes de la Primera de Beethoven. Y de la playa no digo nada… Arena nueva, marea baja, agua limpia, brisa fresca…

¿Por qué la gente, después de buscar acomodo en la vida con tantos trabajos, anda siempre hastiándose, cansándose, despreciando lo que con tantos trabajos consiguió?

Otra palabra cadabra

Otra más, otra palabra más, han aupado nuestros gobernantes de ”la cosa educativa” (que diría González Romano), a los altares de la Divina Progresía: el adjetivo inclusivo. ¿Comentamos un poco su significado?

El origen etimológico está en el verbo claudo: cerrar. Así la clavis, la llave, es el instrumento que cierra.

El verbo incluir, de donde sale el adjetivo inclusivo, tiene varios hermanos con los que comparte la base léxica, y de los que se diferencia por el prefijo: excluir, ocluir, recluir…

A la hora del reparto de las cosas buenas de la vida, todos queremos ser incluidos; pero si no podemos quedar excluidos de las malas, entonces nos consideramos recluidos en un mal rollo, en un mal corral, o sea, reclusos.

En el vigente sistema educativo español (ni es vigente, ni es sistema, ni es educativo: sólo es español), todos los niños y niñas tienen que estar incluidos, obligatoriamente, y eso está bien, desde el comienzo de la educación primaria hasta el final de la secundaria obligatoria, hasta los dieciséis. Está bien, insistimos, hay que reconocerlo. ¡Todos incluidos desde lo seis a los dieciséis! O incluso, si fuere posible, es decir costeable, desde los tres a los diecisiete: catorce años de vida escolar para cada quisque. ¡Todos incluidos! Pero sin demagogias…

La maestra que tiene a su cargo veinticinco criaturitas de tres años, en cuanto uno de ellos se hace caca, como ella no puede desdoblarse, o deja excluidos de su atención a los veinticuatro o al poverello que se ha ensuciado. Si en una clase de Matemáticas, de 2º o de 3º de ESO, hay dos o tres (o doce o trece) falsos alumnos, porque no lo son de esa clase, que, para no aburrirse, se dedican a impedir que los demás tengan una clase normal, habrá que pensar, no que esos muchachos están incluidos, sino que están excluidos del aula, del taller, o del espacio educativo que realmente les corresponde.

Invito a ustedes, amigos interesados en el tema de la educación, a poner algún otro ejemplo que demuestre que una aparente inclusión, no es sino una exclusión: los hay a miles.

De modo que… ¡todos incluidos en el sistema educativo! Pero, una vez dentro de ese sistema educativo, cada uno en el ámbito que le corresponde. A no ser que queramos hacer de cada centro público de educación lo que, en tiempos pretéritos, era una inclusa: una “casa en donde se recogía y criaba a los niños abandonados por sus padres”.

Infancia omnívora

Paseando con mi hija Hebe, por epatarla, por espantarla, o por ayudarla a que se haga una idea más precisa de la distancia que hay entre sus trece años y lo que fueron mis trece años, le digo que, en cuanto veo un gorrión, me lo imagino frito, “porque es que están buenísimos fritos”. Ella inclina su cabeza para apartarla de mi persona, extiende el brazo para apartarme a mí, por réprobo, de su persona, y, casi al borde de la arcada, musita: “¡Papá…!”

Yo le he dicho la verdad… No sólo los gorriones fritos estaban buenos cuando yo era un crío: todos los silbos alados, una vez preparados y pasados por aceite hirviendo o por las meras ascuas, estaban de rechupete.

Teníamos hambre. No había lugar para remilgos. Así que nos lo comíamos casi todo. No sólo las moras maduras en estío, sino los brotes verdes (de qué me suena este sintagma, mejor lo cambio), sino los tallos nuevos de la zarza en primavera. No sólo las majoletas rojas en septiembre, sino también en abril las hojas del majoleto, a las que llamábamos pan de pastor. Nos comíamos en primavera las flores de los olmos, a pesar de haberlas bautizado con el feo nombre de piojos. Por lo menos a las semillas de las malvas las habíamos bautizado con más cristiano apelativo: panecillos; y de verdad son unos micropanes de irreprochable sabor y de almo poder.

Y para qué hablar de los productos cultivados –fuese quien fuese el dueño de la huerta o del secano donde se criaban–: las habas verdes para San Marcos, las higueras desde San Juan hasta San Miguel… Las uvas, ¡dios!, las uvas… Agazaparse entre las cepas y ponerse como una raposa parturienta, ¡qué delicia!

Lo malo, el malo, era el guarda de la vega: con su escarapela en el sombrero plano, su cayado en perpetuo gesto de amenaza, su carabina en bandolera, y su cara de implacable ira… Ustedes se imaginan que estamos tres o cuatro renacuajos en lo alto de un cerezo, pegados a las ramas como larvas, tragándonoslas hasta con hueso, por no perder tiempo en desprenderlos y escupirlos y porque, según se decía, así no se nos iba la barriga. Y de pronto uno de los enanos cerasífagos del grupo, que ya se sentía saciado y le apetecía divertirse a costa de sus colegas, exclama con voz gutural y sorda: “¡El guarda!”

En fin… que había que aguzar el ingenio para redondear la panza.

Por supuesto, pasado el sobresalto inicial, mi hija Hebe me comprende y me perdona mis boutades, mis burradas, mis cuasiputadas. Lo mismo que yo perdono sus remilgos, recelos y reprobaciones.

Y deseo, cómo no, que ni a ella ni a nadie de su generación, le falte nunca la comida.