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Compadres

Muchos amigos y conocidos de mi pueblo de Granada, cuando llegaron, hace veinticinco o treinta años, a una situación laboral que les permitía pensar en comprarse una vivienda, pensaron en comprársela en nuestro pueblo de Granada, y no en ninguna otra parte, aunque su trabajo lo tuvieran a trescientos kilómetros del pueblo, y de que no tuvieran nada claro en qué año podrían hacer el lógico y esperable uso de la vivienda que se compraban.

En cambio, mi mujer y yo, ambos del mismo pueblo de Granada, cuando nos vimos en esa tesitura de comprar vivienda, optamos por comprarla, no en nuestro pueblo de Granada, sino en esta ciudad de la provincia de Cádiz, donde teníamos y tenemos el trabajo. Y en esta ciudad hemos criado a nuestras hijas y ejercido nuestra profesión.

A estas alturas de mi vida, creo que la nuestra no fue una mala opción.

Me gusta echar un rato con los compadres de mi pueblo de Granada, amigos de toda la vida. Me gusta visitar mi pueblo de Granada, aunque, al menos en los últimos años, siempre me recibe con un muerto en los brazos, para que el primer paisano al que abrace sea siempre ese paisano que vuelve al seno de la tierra de mi pueblo.

Pero, si hubiese vivido de modo estable  en mi pueblo de Granada, creo que en mi vida habría habido un exceso de compadres, de familiares, de amigos, de conocidos, de parientes próximos, mediodistantes o remotos.

Aquí, en esta ciudad situada a trescientos kilómetros de mi pueblo de Granada, he vivido más suelto, he podido cumplir mejor las obligaciones, casi siempre benditas obligaciones, de mi trabajo; que es un trabajo que me gusta. Y, poco a poco, me han ido saliendo otros compadres, de la más variada índole. Para empezar, o para terminar, unos compadres cuya presencia física nunca he tenido delante, al alcance de la mano; pero en cuya compañía he pasado muchas horas: Antonio Muñoz Molina, Juan Eslava Galán, Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías, Rosa Montero, Juan José Millás, Miguel d’Ors, Rafael Reig, José Luis García Martín, Jon Juaristi… Éstos por mencionar sólo a algunos de los que están físicamente vivos y tienen, más o menos, mi edad. Porque la nómina de los que nos dejaron su preciosa y valiosa obra, y luego se fueron a descansar en los brazos de la Tierra, es muchísimo más larga: desde Homero a Miguel Delibes, pasando por Jovellanos, Cervantes, el Arcipreste de Hita o Virgilio.

Y ya acabo por hoy; que en la mesa me esperan el último libro de Muñoz Molina y un montón de ejercicios de mis alumnos.

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