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Otra palabra cadabra

Otra más, otra palabra más, han aupado nuestros gobernantes de ”la cosa educativa” (que diría González Romano), a los altares de la Divina Progresía: el adjetivo inclusivo. ¿Comentamos un poco su significado?

El origen etimológico está en el verbo claudo: cerrar. Así la clavis, la llave, es el instrumento que cierra.

El verbo incluir, de donde sale el adjetivo inclusivo, tiene varios hermanos con los que comparte la base léxica, y de los que se diferencia por el prefijo: excluir, ocluir, recluir…

A la hora del reparto de las cosas buenas de la vida, todos queremos ser incluidos; pero si no podemos quedar excluidos de las malas, entonces nos consideramos recluidos en un mal rollo, en un mal corral, o sea, reclusos.

En el vigente sistema educativo español (ni es vigente, ni es sistema, ni es educativo: sólo es español), todos los niños y niñas tienen que estar incluidos, obligatoriamente, y eso está bien, desde el comienzo de la educación primaria hasta el final de la secundaria obligatoria, hasta los dieciséis. Está bien, insistimos, hay que reconocerlo. ¡Todos incluidos desde lo seis a los dieciséis! O incluso, si fuere posible, es decir costeable, desde los tres a los diecisiete: catorce años de vida escolar para cada quisque. ¡Todos incluidos! Pero sin demagogias…

La maestra que tiene a su cargo veinticinco criaturitas de tres años, en cuanto uno de ellos se hace caca, como ella no puede desdoblarse, o deja excluidos de su atención a los veinticuatro o al poverello que se ha ensuciado. Si en una clase de Matemáticas, de 2º o de 3º de ESO, hay dos o tres (o doce o trece) falsos alumnos, porque no lo son de esa clase, que, para no aburrirse, se dedican a impedir que los demás tengan una clase normal, habrá que pensar, no que esos muchachos están incluidos, sino que están excluidos del aula, del taller, o del espacio educativo que realmente les corresponde.

Invito a ustedes, amigos interesados en el tema de la educación, a poner algún otro ejemplo que demuestre que una aparente inclusión, no es sino una exclusión: los hay a miles.

De modo que… ¡todos incluidos en el sistema educativo! Pero, una vez dentro de ese sistema educativo, cada uno en el ámbito que le corresponde. A no ser que queramos hacer de cada centro público de educación lo que, en tiempos pretéritos, era una inclusa: una “casa en donde se recogía y criaba a los niños abandonados por sus padres”.

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