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Del libro que acabo de leer

Zumel se internó en el bosque y caminó durante todo el día hasta alcanzar su corazón inexplorado, la región pantanosa e insalubre donde la inextricable maraña de trochas entrecruzadas simula caminos que son trampas mortales porque desembocan abruptamente en zarzales infranqueables y apostaderos de lobos.

En un chortal hozado de jabalíes se desnudó y se embadurnó el cuerpo de barro oscuro y maloliente que aplicó igualmente a las armas. Después de asegurarse de que ningún lobo ventearía el olor del hombre, reanudó su camino por la fronda. Le costó todo el día alcanzar la lobera, el inexpugnable santuario al que ningún animal se atreve a entrar, el dominio del lobo carnicero donde la vegetación crece más indócil y el aire hiede con la podredumbre de las presas mal enterradas.

Con la falcata en la mano avanzó penosamente por las enrevesadas trochas, esquivando las ramas muertas que le dificultaban el paso. El suelo estaba sembrado de huesos, de restos podridos y de pieles apergaminadas.

El último rey lobo, el macho magnífico al que ningún guerrero había logrado vencer, yacía largo y flaco, entre sus propias cagadas y vómitos, en lo más profundo del intrincado zarzal. Parecía muerto, pero el lomo se elevaba levemente con una respiración agitada. El lomo y la cola erizados y las orejas en punta mostraban que había detectado la presencia de un intruso. Venteaba el peligro. Pugnaba por levantar la cabeza sin conseguirlo.

Inerme, estaba a merced de su enemigo.

Zumel se relajó. Al escalofrío inicial había sucedido un sentimiento de alivio matizado de tristeza. Se sentó a contemplar al animal a unos pasos de distancia. Rodales de pelo plateado, sucio y sin brillo, alternaban con calvas que revelaban un cuero acribillado por la sarna. El belfo entreabierto mostraba un tremendo colmillo amarillento y una lengua negra, reseca y agrietada. Jadeaba levemente, ya sin fuerza. Llevaba días agonizando. No estaba herido, simplemente se había retraído a su antigua guarida para morir de viejo.

El lobo abrió los enormes ojos de un oro fatigado surcados de leves vetas negras y fijó su penetrante mirada en el intruso. Un ligero temblor recorrió su lomo huesudo en el que los ijares parecían a punto de romper la vieja y pelada piel. Pugnaba por incorporarse, erizarse, presentar batalla.

Zumel depositó en tierra las armas y avanzó entre el espeso zarzal hasta situarse donde el lobo pudiera verlo. La oscura pupila de los ojos amarillos siguió los movimientos del intruso que no olía a hombre sino a jabalí. ¿Recordaba al monstruo humano que mató a su madre cuando él era todavía un lobezno? Los ojos amarillos parecían reflejar una vieja llama que alumbraba la memoria de la fiera. Desde entonces había transcurrido una eternidad. El lobezno huérfano había sobrevivido al desamparo y a los peligros y había crecido hasta convertirse en un macho poderoso, sin rival en la manada. Zumel lo contempló largamente. Había señoreado el bosque y el yerbazal desde el río a la montaña pelada, se había impuesto a varias generaciones de lobos más jóvenes que por primavera le disputaban las hembras, había despedazado a muchos hombres, había degollado rebaños enteros con sus pastores, había aterrorizado pueblos y caminos. Ahora yacía derrotado por la edad y las fatigas, comido de gusanos y de parásitos, los sangrientos ijares devorados por un hurón impaciente.

Jadeaba. Se le erizaba el pelo del lomo y de la cola.

–¿Te preparas para el combate, viejo guerrero? –le susurró Zumel.

El lobo acompasó su respiración, más tranquilo, como si hubiera entendido el tono apacible del hombre.

Zumel se aproximó aún más. El aliento le olía a cadáver. A un palmo de distancia, los ojos de la fiera se enfrentaron a los el cazador como ocurría desde el principio de los tiempos.

El lobo lo miraba con sus ojos vidriosos, las orejas plegadas, pegadas al potente pescuezo.

Lentamente, cuidando de no alarmarlo, le acercó al negro hocico la palma de la mano para que la oliera. El viejo lobo resopló pesadamente sobre la piel del hombre y aspiró su olor. Lo hizo un par de veces. Pareció reconocerlo. Abrió algo más los ojos y los fijó en los suyos.

–¿Me recuerdas, amigo, tienes memoria? –murmuró Zumel–. Cuando maté a tu madre te recogí de la lobera y te tuve en mis manos. Quería conocer el tacto de un lobo. Eras suave como la brisa de la tarde, vestido de tu manto pardo oscuro, el pelo brillante y sedoso. Maté a tus hermanos de camada y a ti te dejé vivir. Todavía no sé por qué. Quizá solamente porque había percibido los pálpitos de tu corazón asustado y porque adivinaba en tu mirada esa frialdad de cuchillo que ahora tiene. Te llevé a mi cueva, cerca del arroyo, y te encerré en una jaula. No se lo dije a nadie. Durante dos semanas te alimenté con leche de oveja y carne masticada por mi boca. Luego te abandoné en lo más profundo del bosque. Durante un tiempo me atormentó la duda de que pudieras sobrevivir sin una madre que te protegiera y te enseñara a cazar. Ya veo que te bastó la memoria de la sangre.

Zumel permaneció largo rato al lado del lobo. Vio extinguirse su último hálito de vida, el fuego que lentamente se apagaba en aquellos ojos amarillos penetrantes y crueles. No encontró gloria en la vejez y en la muerte. Cuánto mejor para el lobo si hubiera muerto cosido a lanzadas, la sangre caliente y tumultuosa escapando por las heridas, terrible y noble, el corazón palpitante, repartiendo dentelladas en el cenit de su fuerza y de su vigor, en el fértil bosque, rodeado de vida minuciosa y de verde potencia.

Aguardó junto al lobo. Acompañó su agonía hasta que se apagó el último brillo de los ojos y se cuajó sobre ellos, apenas entreabiertos, la película opaca de la muerte.

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