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Banderas de Antonio

1

Andalucía,

blanquiverde bandera,

sé sólo azul.

2

Flor de lantana,

rojigualda bandera,

cómo te quiero.

3

Ayer azul,

hoy triste gris ceniza…

¡Cielo bandera!

Poeta

Oyó una vez la voz que le decía:

“Toma la pluma, escribe”.

Y obedeció a la voz.

Las palabras manaban en su pecho

como el agua en la fuente.

Y se hizo el poema, y era bello; ¡cómo resplandecía!

Él sabía quién era: un don nadie sin patria ni fortuna

ni talento ninguno que ejercer en la vida.

Se sintió enormemente agradecido,

¿quién le había inspirado aquellos versos?

En su alma dibujó a su protectora: se llamaba Poesía.

Y el alma de aquel paria se encendió como un sol.

Había sido elegido por la Divinidad

para hacer evidente la belleza escondida.

No aspiró a más honor ni recompensa:

el sentirse elegido le bastaba.

Vivió para volver a oír la Voz

que lo había de usar de Mensajero.

Mas la voz no volvió.

Y él, que había brillado creyéndose poeta,

comenzó a entristecer…

Y ahora, ahí lo tienes, echado en ese banco

del parque, tiritando famélico y mugriento.

Deseando morir.

Dale la vuelta al dos…

Ayer tuvimos el claustro de comienzo de curso. El Director, una vez más, declaró con mucho énfasis que la Jefatura de Departamento ha dejado de ser un cargo apetitoso para convertirse en una carga pesada. Y apestada, añadiría yo; porque es una carga de tareas burocráticas que no sirven absolutamente para nada. O, peor, que sirven a un solo objetivo: secundar a la Administración educativa en su ya viejo afán de hacer pasar por la realidad el mundo de sombras platónicas que contienen los papeles.

Nuestra realidad, señores de la Señora Administración, no son los papeles; son los alumnos; e indirectamente, sus familias, su barrio, su país. Nuestra realidad son esos alumnos a los que ustedes no quieren acercarse ni siquiera desde detrás de una valla elevada, no vaya a ser que les salpique algo inmundo a sus impolutos trajes; o, lo que sería más lamentable, a sus narcotizadas conciencias.

Pero la culpa del desastre educativo la tenemos los profesores, que no aprobamos más. Con lo fácil que es cambiar una cifra: dale la vuelta al dos y ya tienes un cinco; dale la vuelta al seis y ya tienes un nueve.

Como antes algunos curas de misa y olla predicaban que para ser un buen cristiano no hacía falta la escuela sino trabajar como un burro para el amo y hacer donativos a la parroquia, ahora los políticos, desde el poder, nos predican, nos incitan a deducir aunque explícitamente no lo digan, que para ser buenos ciudadanos no hace falta tener conocimientos: basta con decirles amén a todo, y, cada cuatro años, entregarles el óbolo del voto.

En fin… Un curso más aquí comienza la gesta de Mio Cid Campeador. “Campeador” y no “Cateador”, como dicen, burlones ellos, algunos de mis compañeros.