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Cambio de estación

Aunque este clima del Campo de Gibraltar es suave, aparte de muy húmedo, para el cuerpo de este que encabeza, el cambio de estación –octubre- siempre es traumático: rinitis, faringitis, laringitis, bronquitis…

El viernes de la semana pasada amanecí sumergido en un marasmo de estornudos, lágrimas y mocos. Ni acudí al trabajo ni tomé parte el viaje familiar del fin de semana: ¡cama y clínex!

El lunes ya estaba mejor y me fui al instituto, pero, ay de mí, no llevaba justificante médico para la falta del viernes. El representante de la Administración, o sea, el Director, se conformó con que hiciera una declaración jurada de mi enfermedad del viernes.

Deformación profesional, la Jura del Saladillo me salió un tanto literaria. La copio aquí.

IES SALADILLO – ALGECIRAS (CÁDIZ)

Ex me melior ixibis

DECLARACIÓN JURADA DRAMATIZADA

El Director.- Diga su nombre y condición.

El Profesor.- Me llamo Antonio González Fernández, nací en Gójar (Granada), el día 5 de julio de 1951, y soy profesor de Lengua y Literatura en el IES Saladillo desde el 1 de septiembre de 1988.

El D.- Diga la causa por la que estuvo ausente de su puesto de trabajo durante toda la mañana del viernes 22 de octubre de 2010.

El P.- Enfermedad.

El D.- ¿Podría precisar la naturaleza o los síntomas de tal enfermedad?

El P.- Podría; pero sería irrelevante y de mal gusto; baste que diga que fue enfermedad padecida en la propia persona.

El D.- Por consiguiente, ¿declara bajo juramento que el motivo de su ausencia en el susodicho día no fue otro que enfermedad padecida en su propia persona?

El P.- Lo declaro bajo juramento.

El D.- Firme, pues, el documento y escriba debajo la fecha actual.

El P.- Ahora mismo.

Pero, después de escribirla, pensé que la maquinaria administrativa es un paquidermo muy grande y muy torpe, que no entiende de bromas. Así que redacté otra declaración en los términos convencionales y ésa fue la que entregué.

Hoy sábado, ocho días después del comienzo de la crisis, he ido al médico. Confío en que el tratamiento que me ha recetado me pondrá en perfectas condiciones físicas y mentales para el día en que toca volver al instituto, que es el Día de los Difuntos.

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Poesía

La poesía es la síntesis del arte literario.

Un libro de poesía es breviario

donde leemos toda la hermosura,

y la hediondez, y la locura;

y el llanto de una niña, y el silbido

de la olla exprés, y el ancho olvido;

el odio y la amistad, la mata de pimientos,

las noches mágicas, los días cenicientos;

y la horrorosa guerra, y el amor fraternal,

y ese extraño amasijo de lo divino y lo animal

que configura la natura humanal

tantas veces cantada desde Homero a Marzal;

y cantada muy bien, que eso es lo principal.

(Y con este catorce: un soneto cabal)

En educación

«En educación hay que seguir el mismo modelo de éxito que en el deporte español»

Cómo se hunde un hombre

[…]

–Tres o cuatro días bastan para hacer de un burgués relativo un vagabundo, el tiempo que tarda en ensuciársele a uno la camisa, ajársele la tirilla, llenársele de barro las botas y crecerle la barba y el pelo. Si en ese breve plazo no encuentra el hombre quien lo salve, está perdido. Porque ya con esa facha, que le da al más pulcro burgués una catadura siniestra de facineroso –añada usted los ojos enrojecidos de no dormir, legañosos y bizqueantes-, no tiene ya el individuo caído lugar adonde presentarse a pedir ayuda. No puede acercarse a ninguna puerta, a aquella donde quizá está el amigo o el protector, capaz de tenderle una mano, porque de todas las puertas lo echan los porteros como a un perro sarnoso. Salen de sus garitas como fieras. Se le interponen en el camino, se lo cierran con el cuerpo. “¿Adónde va usted? Fuera, me va usted a manchar la alfombra.” No quieren creer que el vagabundo vaya a ver a don Fulano, que tenga tal amigo y que tal amigo se aviniese a recibirlo. Lo echan de allí con malos modos: “Aguárdelo usted en la calle…, pero aquí no.” Y el desdichado tiene que rondar la casa a la intemperie, con el frío que le hace tiritar, con la lluvia que le cala los huesos y la ropa y lo pone todavía más impresentable… Y no ve llegar al amigo; y si lo ve llegar, no se atreve ya a abordarlo, porque él mismo se inspira repugnancia y siente todo lo innoble y repelente de su estado… La gente se interesa por el individuo que conserva todavía restos de su bienestar anterior, pero por un golfante sólo siente asco y desprecio… Es una estampa que le revuelve el estómago… Si por caso raro se ablanda, le dará la primera vez un duro, la segunda dos pesetas, la tercera unas perras y la cuarta nada. Al individuo sólo le queda el recurso de ir a comer un poco de bazofia en un comedor de caridad  y a dormir al Refugio, donde en una noche se llena de piojos… Y ya, con piojos bulléndole bajo la ropa ajada, sucia, maloliente, nuestro hombre, nuestro ex hombre, ya está fuera del trato social. Ya está hecho un golfo, y sólo puede tratase con golfos, que tienen piojos como él y visten andrajos. Ya es un golfo o, peor aún, un golfante. De ellos será de quienes pueda esperar algún favor, que le indiquen los comedores públicos donde la bazofia es menos mala o más abundante, los burgueses caritativos que regalan a los vagabundos las ropas que desechan, el arte de aletargar a los parásitos contrayendo el cuerpo y teniéndolos así oprimidos; en fin, las mil maturrangas de la clásica picaresca. Y empezará a rodar por asilos de noche y comisarías, y pasará quincenas, y sufrirá empellones de los guardias, y sofiones de todo el mundo, se verá mezclado a pesar suyo con carteristas, grifas y maleantes de toda índole, que serán sus únicos amigos… Ha caído en un hoyo del que ya no saldrá nunca. Podrá tener días relativamente felices, en que comerá, beberá y dormirá bien a pesar de sus liendres. Pero siempre ya en el hoyo. ¿Entiende usted? Tres días de no dormir en cama ni mudarse de ropa bastan para hacer de una persona decente, de un caballero al que todo el mundo saluda y respeta, un indecente golfo irredimible. […]

 

Rafael Cansinos Assens, La novela de un literato. (Hombres, ideas, escenas, efemérides, anécdotas…) Vol 2. [1914-1921]. Págs. 416-417.

Alianza Editorial. Madrid, 2005.

Oración

Señor, si llego a ver una señal que indique

con claridad que el fin es inminente,

te haré una petición, un ruego vehemente;

espero no te escueza ni te pique:

 

“Déjame con mi cuerpo, y a esa mi alma di que

nunca la quise: fue tan sólo carga ingente

que me aplastó y hundió continuamente.

Quédatela y que no te perjudique.

 

Mientras yo, con mi cuerpo, me reintegro a la Tierra.

Ella fue hermosa madre; y yo fui lindo hijo.

Ella me quiso siempre… Mira cómo se aferra

a este cuerpo yacente, de su entraña retoño;

mira cómo, buen hijo, en ella me cobijo,

abrigado en las hojas caídas del otoño.”

Así vamos

Ha amanecido hermosa la mañana. De sábado, para más señas. Cuando estoy a punto de salir, Marga me llama para que contemple la salida del sol desde el cuarto de nuestra hija Alma (que a estas horas, seguramente, habrá llegado al aeropuerto de Manchester, para volver a esta casa y contemplar, probablemente no mañana porque estará muy cansada, la salida del sol desde su habitación).

Ha tocado paseo urbano: buscaba una farmacia de guardia para reponer algunos elementos del botiquín.

Y si el primer cuarto de hora ha sido de plena euforia, de dejarme inundar por el aire fresco matutino, tan suave que da gusto caminar, mediado octubre, en manga corta, después ha predominado la pena que produce ver el abandono de las calles. He transitado entera una avenida enteramente nueva en su tramo más largo: en sus aceras y alcorques (la mitad de los árboles secos) campan la maleza, la basura y las mierdas de perro.

Cómo no acordarme, ya cerca de la farmacia a la que me dirigía, de que, hace aproximadamente veinte años, dirigiéndome a esa misma farmacia a través de un descampado que después se ha ido llenando de bloques de viviendas, salté sobre un obstáculo y mi pie derecho se posó sobre unos clavos oxidados que atravesaban unas tablas, y atravesaron la suela de mi zapato y se clavaron en mi planta. Me puse la antitetánica, y no hubo infección, a pesar de la mugre, y de que las ratas por allí pululaban y copulaban sin pudor.

Con mi bolsa de farmacia en la mano, he ido completando mi circuito. La mañana sigue hermosa; y la vista del mar, una delicia. Y nada más llegar yo a casa, ha llamado a la puerta el panadero, con su jovialidad de siempre. Y unos minutos después, el profesor de inglés, con su jovialidad de siempre. Y aquí estamos…

Cultura del espectáculo

Yo también me congratulo de que la Academia de Suecia haya, por fin, reconocido el mérito de Mario Vargas Llosa. Hasta hoy, desde que leí por vez primera un libro suyo, he sentido una gran admiración por todas las facetas de su trabajo de escritor, de las cuales facetas, la más destacada, naturalmente, es la de novelista. No obstante, el primer libro suyo que leí, si mi memoria no me falla, no fue una novela, sino aquel estudio que hizo sobre la obra de su entonces amigo Gabo: Gabriel García Márquez. Historia de un deicidio. Andaba yo en el último curso (1974-75) de mis estudios universitarios.

No he leído, lo reconozco, todos los libros de Vargas Llosa, sino muchos menos. Qué vergüenza no haber leído La guerra del fin del mundo, a pesar de que mi amigo Antonio Sevillano me lo ha celebrado tanto, y de que él lo ha releído por lo menos diez veces.

Procuro no perderme su Piedra de toque quincenal en El País: casi siempre lo mejor que puede uno echarse al coleto de la prensa del domingo.

¿Cuándo leeré la novela que está a punto de aparecer en las librerías, El sueño del celta? ¡Quién sabe! Si tardo, no será por falta de ganas. Espero encontrar el momento, como lo encontré para leer, entre los últimos, La fiesta del chivo, El paraíso en la otra esquina, Travesuras de la niña mala.

En cuanto al tema de la cultura como espectáculo, Vargas Llosa me parece absolutamente certero en todos los comentarios y artículos que le ha dedicado a tan importante problema social, al que también va a dedicar su siguiente libro.

El fácil acceso a las imágenes de todo tipo: desde una película de cualquier época a una canción de John Lennon, pasando por la última inundación de turistas estoicamente soportada por una playa de Benidorm, o el último cabezazo de Zidane, es un enorme paso adelante en el potencial humano. Pero ha propiciado que una inmensa mayoría de niños y de jóvenes de los países desarrollados dediquen mucho menos tiempo del que debieran a la lectura y la escritura, que constituyen, estoy convencido, la mejor gimnasia para la inteligencia. Como ese otro tipo de lectura que es la escucha atenta del discurso del maestro. ¿Por qué hoy nuestros muchachos de la ESO y del Bachillerato pierden el hilo de la explicación del profesor cuando aún no han pasado cuatro minutos desde su comienzo? Para ellos el discurso verbal, oral o escrito, se ha convertido en un camino lleno de impedimentos y tropiezos, mientras que es muy cómodo y divertido quedarse mirando lo que antes llamábamos “las musarañas”; unos bichos que han proliferado hasta inundar el planeta, y que son el comecocos de la humanidad.

Qué diferencia respecto a lo que vemos en la vida, de lector y de escritor, de Vargas Llosa… Recuerdo que cuando, hace unos años, le dedicó su tribuna de El País a Ortega y Gasset, la comenzaba más o menos así: En los últimos meses, cada mañana, como un preámbulo a mi jornada de trabajo, he leído cuarenta o cincuenta páginas de Ortega. Y así, buchito a buchito, me he terminado sus obras completas.

Recuerdo a mis amigos, y concluyo, que las obras completas de Ortega son doce gruesos volúmenes. ¡Qué ejemplo de trabajo, de capacidad intelectual, de honestidad profesional, para todos nosotros, este pedazo de escritor en lengua española llamado Vargas Llosa!