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¿Una palabra prerromana?

A mi hija Clara, que anda metida a normanda.

A punto de convertirme en sesentenario (tranquilos: el término aparecerá en la próxima edición del DRAE), otra vez este curso me toca ejercer de novato: por primera vez doy clase en el nivel de 2º de la ESO. Con nuevo libro de texto, ¿cómo no? Nunca los libros de texto se fabrican para que el usuario los use dos años (si no es un repetidor), aunque siempre, en estos tiempos, resultan excesivísimos para un curso, y, al final, siempre quedan muchos temas sin estudiar, muchas páginas sin leer, muchos ejercicios sin realizar.

En la página 12 de mi nuevo libro de texto de 2º de ESO, me encuentro el sustantivo bigote clasificado como palabra prerromana. Y como no comento con los alumnos mis dudas al respecto, estas dudas se me quedan flotando entre las otras brumas de la cabeza… Ahora, en la tranquilidad del sábado, echo mano del Breve diccionario etimológico de Joan Corominas, donde encuentro sustanciosa información sobre el susodicho sustantivo; información que aquí copio con pelos y guías:

1475 [año de la primera documentación] (bigot), origen incierto, parece resultar en definitiva de la frase germánica bî God ‘por Dios’, juramento empleado a manera de apodo  para llamar a las personas con bigote, y luego el bigote mismo; hay indicios de que la moda del bigote, apenas conocida en Castilla todavía en el siglo XV, se introdujo desde Francia, lo cual explicaría el que se le pusiera este apodo, aplicado a los normandos (por sus relaciones con los ingleses, que en la Edad Media pronunciaban bi en vez del moderno bai, escrito by.

Con estas referencias del sabio Corominas, me parece aventurado considerar la palabra “prerromana”. Ni sabio ni prudente, e ignorante por completo del inglés, yo, ante los alumnos, siempre he dado por segura esa etimología, bî God, por Dios. Hay que reconocer que, como a los otros mandamientos de la ley de Dios, al de no tomar su nombre en vano le hemos hecho siempre poquito caso. Y aun teniendo la boca tapada por enorme bigote, hemos sido bocazas. “Voto a Dios que me espanta esta grandeza”, es lo primero que dice el señor soldado de Cervantes ante el túmulo de Felipe II. Y no contento con el vano juramento del primer verso, añade en el quinto: “¡Por Jesucristo vivo!”.

Mucha más disculpa, sin duda, tenía el “por Dios” cuando se empleaba en las situaciones de grave o extrema necesidad. Cuando Lázaro de Tormes, por ejemplo, lo usaba para pedir limosna, ejerciendo, por tanto, de pordiosero:

Púseme a un cabo del portal y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habían quedado de los de por Dios.

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