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Cultura del espectáculo

Yo también me congratulo de que la Academia de Suecia haya, por fin, reconocido el mérito de Mario Vargas Llosa. Hasta hoy, desde que leí por vez primera un libro suyo, he sentido una gran admiración por todas las facetas de su trabajo de escritor, de las cuales facetas, la más destacada, naturalmente, es la de novelista. No obstante, el primer libro suyo que leí, si mi memoria no me falla, no fue una novela, sino aquel estudio que hizo sobre la obra de su entonces amigo Gabo: Gabriel García Márquez. Historia de un deicidio. Andaba yo en el último curso (1974-75) de mis estudios universitarios.

No he leído, lo reconozco, todos los libros de Vargas Llosa, sino muchos menos. Qué vergüenza no haber leído La guerra del fin del mundo, a pesar de que mi amigo Antonio Sevillano me lo ha celebrado tanto, y de que él lo ha releído por lo menos diez veces.

Procuro no perderme su Piedra de toque quincenal en El País: casi siempre lo mejor que puede uno echarse al coleto de la prensa del domingo.

¿Cuándo leeré la novela que está a punto de aparecer en las librerías, El sueño del celta? ¡Quién sabe! Si tardo, no será por falta de ganas. Espero encontrar el momento, como lo encontré para leer, entre los últimos, La fiesta del chivo, El paraíso en la otra esquina, Travesuras de la niña mala.

En cuanto al tema de la cultura como espectáculo, Vargas Llosa me parece absolutamente certero en todos los comentarios y artículos que le ha dedicado a tan importante problema social, al que también va a dedicar su siguiente libro.

El fácil acceso a las imágenes de todo tipo: desde una película de cualquier época a una canción de John Lennon, pasando por la última inundación de turistas estoicamente soportada por una playa de Benidorm, o el último cabezazo de Zidane, es un enorme paso adelante en el potencial humano. Pero ha propiciado que una inmensa mayoría de niños y de jóvenes de los países desarrollados dediquen mucho menos tiempo del que debieran a la lectura y la escritura, que constituyen, estoy convencido, la mejor gimnasia para la inteligencia. Como ese otro tipo de lectura que es la escucha atenta del discurso del maestro. ¿Por qué hoy nuestros muchachos de la ESO y del Bachillerato pierden el hilo de la explicación del profesor cuando aún no han pasado cuatro minutos desde su comienzo? Para ellos el discurso verbal, oral o escrito, se ha convertido en un camino lleno de impedimentos y tropiezos, mientras que es muy cómodo y divertido quedarse mirando lo que antes llamábamos “las musarañas”; unos bichos que han proliferado hasta inundar el planeta, y que son el comecocos de la humanidad.

Qué diferencia respecto a lo que vemos en la vida, de lector y de escritor, de Vargas Llosa… Recuerdo que cuando, hace unos años, le dedicó su tribuna de El País a Ortega y Gasset, la comenzaba más o menos así: En los últimos meses, cada mañana, como un preámbulo a mi jornada de trabajo, he leído cuarenta o cincuenta páginas de Ortega. Y así, buchito a buchito, me he terminado sus obras completas.

Recuerdo a mis amigos, y concluyo, que las obras completas de Ortega son doce gruesos volúmenes. ¡Qué ejemplo de trabajo, de capacidad intelectual, de honestidad profesional, para todos nosotros, este pedazo de escritor en lengua española llamado Vargas Llosa!

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2 comentarios

  1. Mira antonio.
    Deja de recordar lo que yo he leido y leelo tú que es lo que tienes que hacer.
    La guerra del fin del mundo es preciosa porque la ha cocinado un genio: Vargas LLosa; pero su asunto es tan cercano humano y diario como el del Quijote.
    Un iluminado que ve su propio mundo, no mira para atras y comienza su camino. Lo siguen tipos de todas las condiciones que, con los pies en la tierra, sufren el dia a dia pero que se sienten reconfortados y lo perdonan todo por las ideas del otro.
    ¡Cuantos de esos vemos ahora¡
    Nihil novum sub sole

    Asi que a leer
    ¿ o ya es “ha” leer?

  2. Amigo A Sevillano:
    No machaques al que ya ha entonado el “mea culpa”. Y ahora, como prueba de mi propósito de la enmienda, te digo que ya la tengo sobre la mesa. Y copio las dos primeras frases para que veas que no te engaño: “El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil. Su piel era oscura, sus huesos prominentes y sus ojos ardían con fuego perpetuo.” Mal me han de venir los días o las noches para que no la tenga íntegramente leída la próxima vez que nos veamos. Tuus amicissimus.

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