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Cómo se hunde un hombre

[…]

–Tres o cuatro días bastan para hacer de un burgués relativo un vagabundo, el tiempo que tarda en ensuciársele a uno la camisa, ajársele la tirilla, llenársele de barro las botas y crecerle la barba y el pelo. Si en ese breve plazo no encuentra el hombre quien lo salve, está perdido. Porque ya con esa facha, que le da al más pulcro burgués una catadura siniestra de facineroso –añada usted los ojos enrojecidos de no dormir, legañosos y bizqueantes-, no tiene ya el individuo caído lugar adonde presentarse a pedir ayuda. No puede acercarse a ninguna puerta, a aquella donde quizá está el amigo o el protector, capaz de tenderle una mano, porque de todas las puertas lo echan los porteros como a un perro sarnoso. Salen de sus garitas como fieras. Se le interponen en el camino, se lo cierran con el cuerpo. “¿Adónde va usted? Fuera, me va usted a manchar la alfombra.” No quieren creer que el vagabundo vaya a ver a don Fulano, que tenga tal amigo y que tal amigo se aviniese a recibirlo. Lo echan de allí con malos modos: “Aguárdelo usted en la calle…, pero aquí no.” Y el desdichado tiene que rondar la casa a la intemperie, con el frío que le hace tiritar, con la lluvia que le cala los huesos y la ropa y lo pone todavía más impresentable… Y no ve llegar al amigo; y si lo ve llegar, no se atreve ya a abordarlo, porque él mismo se inspira repugnancia y siente todo lo innoble y repelente de su estado… La gente se interesa por el individuo que conserva todavía restos de su bienestar anterior, pero por un golfante sólo siente asco y desprecio… Es una estampa que le revuelve el estómago… Si por caso raro se ablanda, le dará la primera vez un duro, la segunda dos pesetas, la tercera unas perras y la cuarta nada. Al individuo sólo le queda el recurso de ir a comer un poco de bazofia en un comedor de caridad  y a dormir al Refugio, donde en una noche se llena de piojos… Y ya, con piojos bulléndole bajo la ropa ajada, sucia, maloliente, nuestro hombre, nuestro ex hombre, ya está fuera del trato social. Ya está hecho un golfo, y sólo puede tratase con golfos, que tienen piojos como él y visten andrajos. Ya es un golfo o, peor aún, un golfante. De ellos será de quienes pueda esperar algún favor, que le indiquen los comedores públicos donde la bazofia es menos mala o más abundante, los burgueses caritativos que regalan a los vagabundos las ropas que desechan, el arte de aletargar a los parásitos contrayendo el cuerpo y teniéndolos así oprimidos; en fin, las mil maturrangas de la clásica picaresca. Y empezará a rodar por asilos de noche y comisarías, y pasará quincenas, y sufrirá empellones de los guardias, y sofiones de todo el mundo, se verá mezclado a pesar suyo con carteristas, grifas y maleantes de toda índole, que serán sus únicos amigos… Ha caído en un hoyo del que ya no saldrá nunca. Podrá tener días relativamente felices, en que comerá, beberá y dormirá bien a pesar de sus liendres. Pero siempre ya en el hoyo. ¿Entiende usted? Tres días de no dormir en cama ni mudarse de ropa bastan para hacer de una persona decente, de un caballero al que todo el mundo saluda y respeta, un indecente golfo irredimible. […]

 

Rafael Cansinos Assens, La novela de un literato. (Hombres, ideas, escenas, efemérides, anécdotas…) Vol 2. [1914-1921]. Págs. 416-417.

Alianza Editorial. Madrid, 2005.

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