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Labras palabras

“La mejor palabra es la que no se dice”. He aquí un proverbio tan acertado como el que más. La mejor palabra “no se dice”, se nos dice, nos la dice a nosotros lo más íntimo de nuestro ser. Es la palabra, el mensaje, que brota en nosotros cuando estamos solos, que fluye en nosotros como la verdad más íntima; no para que corramos a comunicarla a quienes tenemos más cerca de o más lejos, sino para que la administremos en el desenvolvimiento de nuestra vida como el tesoro más preciado. Tesoro del que, probablemente, carecen quienes se niegan a la práctica de al menos un rato diario de soledad. Porque es en ese tiempo solitario en el que nuestra verdad más íntima aflora, se nos hace presente, o sea, don incomparable.

Esa verdad nuestra, naturalmente, es compartible; como casi todo en la vida. Pero, desde que recibimos ese otro don maravilloso que es la alfabetización, la escritura, es por escrito como mejor comunicamos lo que en cada momento es comunicable desde nuestra verdad más honda; porque la escritura nos obliga a un ejercicio de selección, elaboración, pulimento y aprobación que normalmente no empleamos cuando hacemos uso de la palabra hablada.

Hay, sí, momentos de habla oral que se acercan a la escritura; son los momentos en los que hablamos con autoridad de una materia larga y arduamente trabajada, de una materia que dominamos; y lo hacemos, cómo no, desde el yo que nos constituye. En ese discurso oral, elaborado y controlado, también vamos vertiendo, con medida, proporción y recta intención, y no como consecuencia de una infantil necesidad de desahogo, la verdad que nos puebla.

¿No cabe, pues, la comunicación de nuestra íntima verdad, en la comunicación cotidiana? Por supuesto que sí. Pero frecuentemente en esas situaciones tendemos a dejarnos llevar de nuestro afán de reconocimiento, o de notoriedad, o de afecto; afanes espurios que enturbiarán la expresión de nuestra verdad. Por tanto, mejor será que aprovechemos la conversación ordinaria para prestar oído atento a nuestro interlocutor: aprenderemos más, y nos ganaremos mejor su afecto y agradecimiento.

Hay, no obstante, otra forma, de nivel superior, para conocer la verdad de quienes se comunican con nosotros. Y aunque a veces, qué pena, la rehuimos, es muy sencilla: consiste en leer lo que nos dan, elaborado, en sus escritos.

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