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Odi et amo

IMITRAICIÓN DE CATULO

 

Odio y amo. Quizá preguntes cómo es eso.

No sé, pero es así… Y disfruto.

 

Juan Bonilla, Cháchara.

Renacimiento. Sevilla, 2010.

Seguramente, uno de los poemas más citados de la literatura occidental, es el LXXXV de Catulo:

Odi et amo. Quare id faciam fortasse requiris.

Nescio; sed fieri sentio et excrucior.

Del que copio a continuación una traducción francesa para evitarme la responsabilidad de traducirlo:

Je hais et j’aime. Comment est-ce possible? Demandez vous peut-être.

Je l’ignore, mais je le sens et je suis crucifié.

La versión original se la suelen aprender mis alumnos de Latín de 1º de Bachillerato –que conste, una vez más, que no soy profesor titular de Latín-: primero, porque se alegran de saberse un poema latino por tan poco trabajo; segundo, porque lo entienden. Vaya si lo entienden bien, ellos que son incluso más jóvenes, más primerizos en el amor, que el Catulo que lo escribió. Saben que una persona que se adueña, aunque sea sin pretenderlo, de otra vida, puede suscitar sentimientos muy contrarios, lo que implica un desgarramiento íntimo de a veces muy graves consecuencias.

En la literatura del amor cortés, éste es el tópico de “la amada enemiga”, oxímoron que a la perfección lo sintetiza. Aunque para ejemplificar dicho tópico, mejor que copiar un poema de los cancioneros del siglo XV, será volver a la fuente catuliana. He aquí su poema LXXV:

Huc est mens deducta tua, mea Lesbia, culpa,

atque ita se officio perdidit ipsa suo,

ut iam nec bene velle queat tibi, si optima fias,

nec desistere amare, omnia si facias.

Y así lo traduzco:

Hasta un punto ha llegado mi mente por tu culpa, mi Lesbia,

y tanto se ha perdido a sí misma en esta entrega,

que ya, ni puede amarte, aunque te hagas perfecta,

ni desistir de amarte, por pécora que seas.

Volviendo ahora a Bonilla, vemos que no ha hecho, en su versión del texto catuliano, una traducción libre que, manteniendo el sentido del texto, haya pretendido igualarlo o superarlo en la forma. La “imitraición”, por tanto, de Bonilla, más que lo que parece querer decir el afortunado neologismo bonillense, no es sino parodia. Una boutade bufonesca que cambia el “et excrucior” –y padezco el tormento de un crucificado- por el asonante “y disfruto”. Que puede tener su verdad en la vida, ¿cómo no? Si posamos y pasamos, ligeros y livianos, por los muchos objetos que atraen nuestro interés, nuestros sentidos, como las mariposas posan y pasan por las flores o los sepultureros entran y salen en los sepulcros que andan excavando, en ese caso disfrutamos de una vida que es un pajarear sin tregua y sin urgencia.

Hay, en cambio, muchos casos, sobre todo en la primera e incauta juventud, en que los sentimientos contrarios se aferran al objeto amorodioso como si más allá del mismo no pudiera haber vida.

Otro tema sería plantearse si objetivamente –fríamente- observado, el objeto amoroso puede ser simultáneamente portador de tanta bondad y de tanta maldad, que constitutya la causa primera de la reacción bifronte de amorodio. Yo, por mi parte, nescio. No lo sé. En muchos casos, probablemente, habrá más rabia ante las expectativas frustradas que verdadero odio y verdadero amor: sólo verdadero egoísmo, diríamos. Pero quizá haya casos de personas malibuenas a lo grande, no un poquito malibuenas: hasta ahí, llegamos todos.

Personas –ya termino-como cierto arbolillo que habita en el huerto de mis suegros. Es un pomelo cuyo plantón un servidor –yo- les regaló hace muchos años, queriendo hacer méritos ante ellos y, sobre todo, ante su hija. En parte por la falta de cuido y en parte por el hostil clima granadino, comenzó a brotar por debajo del injerto. Y hoy –ha amanecido un día radiante en mi pueblo- podríais ver que algunas de sus ramas están grávidas de pomelos jugosos y sabrosos; mientras otras ramas lucen cargadas de naranjas silvestres, de esas que sólo servirían para bombardear, amedrentar y ahuyentar a algún bichejo intruso.

Ahora bien –permitidme todavía un par de líneas-, ¿no será que Bonilla, hilando, en su imitraición, más fino de lo esperable, ha querido dar a su “disfruto” este sentido etimológico? “Y disfruto”. O sea, y distingo, y no me dejo confundir, entre dos frutos de próximas apariencia y ubicación, pero distantes esencia y sabor: como el pomelo y la naranja silvestre.

Preguntadle a Bonilla si lo veis. Aunque no me extrañaría que contestara algo así: Quod scripsi scripsi. Lo que he escrito, escrito está. Ahora vosotros, lectores, haced con mi poema lo que os plazca; imitraicionarlo, por ejemplo.

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La Silleta

Dilogía, trilogía, tetralogía, pentalogía, sexología.

Pregunta al lector: ¿Cuál de las palabras, académicamente testatas y censadas, que aparecen en el título ha sido sustituida por mi alumna Notabene –es un pseudónimo- por el “nologismo” tripología?

Premio al lector: ¡la segunda!

Y ahora me pregunto, y le pregunto al lector: ¿En qué punto de mi actividad profesional he desbarrado tanto como para que una mi alumna de 2º de Bachillerato llegue a confundir la trilogía de Valle-Inclán sobre la guerra carlista con algo que parece un tratado sobre tripas?

He meditado mucho… Durante todo el tiempo libre que me ha quedado en estos días de correcciones trimestrales le he dado vueltas al asunto. Y creo, casi aseguro, haber descubierto mi punto flaco…

Si en ese interludio de timbre a timbre –timbre de salida, tres minutos, timbre de entrada- yo no me hubiera excedido de los tres minutos reglamentarios, y hubiese traspasado el umbral del aula de mi alumna susodicha en perfecta sincronía con la académica campana… Pero no: muchos días me retraso. Y cuando tendría que estar empezando la lección, aún estoy acabando la micción. Y con estos desajustes horarios, ¡cuántos minutos de vigilante magisterio se vierten improductivos en la poza del retrete a lo largo de un trimestre?

Como de toda auténtica autocrítica, toda autoevaluación, toda autoflagelación, debe surgir una propuesta, aquí va la mía:

Que en las aulas de los institutos, junto a la mesa del profesor, se instale un atril-urinario. Así, sin alevosa pérdida de minutos de micción, podremos explicar la lección al mismo tiempo que efectuamos la inexcusable mingitación.

Y no tengo duda de que, pasados un par de cursos, tal optimización cronométrica habría dado sus frutos. Y ninguna alumna de Bachillerato confundiría el estudio de las tripas con ninguna de las palabras que hoy nos sirven de título.

Gwendoline

Dicen que el hombre es una animal de costumbres; y yo debo de ser muy animal, porque soy muy de costumbres. Me encanta seguir mis tradiciones personales, mis costumbres inmemoriales (quiero decir, no que no tengo memoria de su comienzo, sino que las tengo bien grabadas en la memoria); y me encanta también encontrar en mi vida alguna novedad tan seductora que, sin que yo sea dueño de mí, me atrape en una nueva e irrenunciable costumbre.

El último trabajo que tuve antes del que tengo ahora, en el que acabo de cumplir el cuarto sexenio, fue el de empleado en una empresa de viveros de la Vega de Granada. Trabajé en dicha empresa durante cinco años y medio exactamente. Y, quitando el primer medio año, durante los cinco siguientes al completo, incluidos los sábados, estuve yendo a almorzar a un modesto restaurante de la emblemática calle de Pedro Antonio de Alarcón, que me pillaba muy cerca. Era un bar y restaurante acogedor y familiar: de una familia que se ganó mi afecto en cuanto la conocí un poco. Afecto que no ha disminuido en mi memoria aunque hace muchos años que no he visto a ninguno de sus componentes: los padres, la abuela, las dos hijas, el hijo. Al cocinero, que no era de la familia, apenas lo veía. Y a los dos estudiantes de Medicina que tenían contratados para atender las mesas en las horas punta del almuerzo, los veía a diario: dos chavales atentos y discretos; y, a mi modo de ver, afortunados, ya que, en un par de horas de su tiempo, se sacarían, aparte del almuerzo, unas pesetas –no sé cuántas- que les vendrían muy bien para costearse como estudiantes en Granada.

Durante este último año he estado pasando, con cierta frecuencia, por un camino rural cercano a la parcela que se compró esta familia hace treinta o treinta y cinco años; parcela en la que, con esfuerzo y economía, se construyeron una casa. Me hubiera gustado encontrarme algún día a mis antiguos amigos y restauradores, Antonio y Tele: una pacífica pareja de mayores paseando entre los olivos y las vides. No ha sido así, no he tenido esa suerte. Les dejo aquí mi deseo de que estén viviendo una vejez sosegada, risueña y acariciada por las voces y los besos de los nietos.

Discurso del Nobel

Discurso Nobel V Llosa