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Media docena de palabras

Como dicen que hacía San Isidoro en sus Etimologías, aquí me propongo escribir la glosa de una breve serie de palabras, probablemente todas emparentadas por su étimo (no dispongo de un diccionario etimológico del latín en el que poder consultar).

Se trata de una raíz léxica que a mí se me antoja la primera, la más básica, la que mejor representa el aliento primigenio de la vida, de todo aquello que nace, tiene pujanza y crece, se reproduce y muere.

VI. Este es el radical del que hablamos. Pronúnciese ui: una semiconsonante labializada seguida de una vocal cerrada anterior. Pongamos la boca en la posición de soplar sobre el ascua que ha de prender la estopa: iniciemos (o igniciemos) el fuego que representa el vigor de lo vivo en expansión.

VIS. Es la primera base verbal en la que el radical se explicita: la fuerza activa, emprendedora, creadora. No es la fuerza que se ejerce sobre otros seres sin la necesaria proporcionalidad y equilibrio, que constituye la violencia.

VIR. Es el varón que posee esa fuerza; o quizá lo contrario: poseído por esa fuerza que no se arredra ante la dificultad ni el peligro; y no se apacigua sino cuando ya está logrado el objetivo.

VIRGO. Estado anterior al de vir. Porque representa la vis aún encriptada, anterior al comienzo de su necesaria eclosión. Por consiguiente, el estado de virginidad no es algo exclusivo de doncellas: como hay doncellas hay donceles; y claro está que no nos referimos al restringido sentido sexual, sino al sentido amplio antes aludido. “Usted me ha desvirgado, Casement. Sobre Leopoldo II, sobre el Estado Independiente del Congo. Acaso, sobre la vida”. Son las palabras de Conrad Korzeniovski, futuro Joseph Conrad, a Roger Casement (El sueño del celta, cap. V).

VIRTUS. El empleo sabio y eficaz de la vis, que puede ser tan propio de la mujer como del hombre: aunque el mundo de la Roma antigua fue virulentamente machista, la historia antigua también está repleta de mujeres poseedoras en grado máximo de la virtus.

VITIUM. Se adquiere por un empleo desequilibrado de la vis, lo que produce, no expansiones armónicas del ser, sino deformes. La vida, no sabemos por qué, es sabia (y savia): tiende de modo natural al crecimiento en armonía. Pero con cierta frecuencia tropieza con factores que ejercen sobre ella violencia, lo que genera la respuesta viciada.

VITIS. Terminamos evocando la vis que se concentra en la vid; arbusto vivaz por antonomasia, que lo mismo se achaparra, se expande humilde, es decir, pegado al suelo, que trepa sobre los árboles más altos, anudándose a las ramas de éstos con la fuerza espiral de sus zarcillos. La planta que nos da la mejor fruta, las deliciosas uvas, en todo momento apetecibles, en todo plato o con todo plato deliciosas. “Cada cosa a su tiempo; y uvas, en habiendo”, dice un sabio refrán. ¿Y qué diremos nosotros del jugo en que concentra la uva su virtus, qué diremos del vino? Digamos sólo, y acabemos, lo que cantaba el argentino Horacio Guarany: “Si el vino viene, viene la vida”. Pero aquí no cantamos. Así que lo que vamos a hacer es concentrar el contenido, el zumo de la canción, en un escueto y seco proverbio latino: Si vinum vita.

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