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Amor

El amor es la muerte

que se escribe con alfa privativa.

Me miro en el espejo

Ángel del cieno

cuando me miro veo;

bestia del cielo.

¿Qué sé de ese país?

Que es, según dicen, mágico, lindo y querido.

 

Que hace cinco mil años, uno más uno menos,

inventó una escritura de las logosilábicas.

 

Que los carros de guerra

de alguno de sus faraones

quedaron en el fondo del Mar Rojo

cuando iban persiguiendo a los judíos

(aunque esto bien pudiera ser leyenda).

 

Que hace dos mil trescientos cuarenta y tantos años,

un muchacho nacido en Macedonia,

de paseo hasta el Indo con un grupo de amigos,

llegó hasta donde el Nilo desemboca,

y fundó una ciudad, a la que dio su nombre.

 

Que mientras Lope, el Fénix, escribía

El caballero de Olmedo, ese gran drama,

un español de Olmeda de la Cebolla,

provincia de Madrid,

un S.I., un jesuita

llamado Pedro Páez,

llegó hasta el Nilo Azul -en Etiopía-,

la fuente primordial del Padre Nilo,

y bendijo sus aguas.

 

Que donde aquellas aguas bendecidas por Páez

llegan al mar, o sea, en la ciudad

que había dado a luz el macedonio,

escribió no hace un siglo sus poemas

Constantino Cavafis,

poeta en lengua griega, mayormente

(Él jura a cada poco empezar mejor vida,

pero llega la noche

con sus ofrecimientos y promesas…).

 

Que sus actuales habitantes son capaces

de quedarse dormidos

sobre los engranajes de los tanques.

 

Que no sé casi nada.

Un adelanto al Miércoles de Ceniza

-Año 1466, aproximadamente

Así, con tal entender,

todos sentidos humanos

conservados,

cercado de su mujer

y de sus hijos y hermanos

y criados,

dio el alma a quien se la dio,

el cual la ponga en el cielo,

en su gloria,

que aunque la vida perdió,

dejonos harto consuelo

su memoria.

Así, con tal estrofa, la cuadragésima, termina, culmina, el monumento literario más logrado y perfecto de la poesía española. El poeta, un caballero a caballo entre el final de la Edad Media y los albores del Renacimiento, lo ha construido con su arte, con su amor filial y con su fe en la doctrina cristiana, en una época en la que dicha fe cristiana ha comenzado a perder su implantación en la sociedad.

Jorge Manrique no ha construido su monumento para cubrir regiamente el cuerpo yacente de su padre: su intención era otra. En la copla copiada, culmen del poema según decíamos, nos presenta la escena en la que su padre, don Rodrigo, devuelve el alma a Dios: “dio el alma a quien se la dio”. A partir de ahí el cuerpo no es nada: polvo al polvo. El alma de don Rodrigo está con Dios, y su fama de caballero cristiano está en la memoria (palabra con la que termina el poema) de las gentes.

-Año 1595, tiempos de Contrarreforma y Barroco

Ciego llorando, niña de mis ojos,

sobre esta piedra cantaré, que es mina

donde el que pasa al indio, en propio suelo,

halle más presto el oro en tus despojos,

las perlas, el coral, la plata fina.

Mas, ¡ay!, que es ángel y voló ya al cielo.

Estos versos –no sé por qué tan mal copiados en las ediciones que a mano tengo- son los tercetos de un soneto titulado A LA SEPULTURA DE TEODORA DE URBINA. Lo escribió Lope de Vega cuando tenía, más o menos, la edad que Jorge Manrique tenía cuando escribió sus COPLAS. Teodora, niña de meses, hija del poeta, acaba de fallecer. Y en estos versos encontramos al pobre padre ciego de llanto y ciego porque ha perdido a la niña de sus ojos. Y quizá también ciego porque él no tiene la fe profunda y luminosa que tenía el poeta Manrique… ¿A qué viene que el poeta salga con la hiperbólica y descabellada paradoja de que el que parte a las Indias Occidentales, a las Américas, en busca de tesoros, los encontraría mejores si escarbara bajo la piedra que cubre la diminuta sepultura?

Es cierto que en la conclusión, en el último verso, se repliega al dominio de la fe: la niña ha volado al cielo. Pero la fe del poeta es, sin duda, una fe vacilante, una fe de quien cree y no cree, de quien pone igual amor, si no mayor, en lo deleznable que en lo divino.

-Año 1866, aproximadamente

¿Vuelve el polvo al polvo?

¿Vuela el alma al cielo?

¿Todo es vil materia,

podredumbre y cieno?

¡No sé; pero hay algo

que explicar no puedo,

que al par nos infunde

repugnancia y duelo

al dejar tan tristes,

tan solos, los muertos!

He copiado ahora la última estrofa de la Rima LXXIII de Gustavo Adolfo Bécquer. El poeta, paso a paso, aunque parcamente, ha ido presentando el ceremonial que sigue a la muerte de otra niña, ésta sin nombre conocido, sin referencias familiares. Al final los componentes del cortejo se retiran, cada uno a su asunto. Y se retira el último, “cantando entre dientes”, el sepulturero. Pasa el tiempo, no dice el poeta cuánto tiempo. Sólo dice que sigue recordando a aquella niña “en las largas noches / del helado invierno”. Y Bécquer concluye así el poema, con estas interrogaciones, entre las que sólo hay una certeza: la “repugnancia y duelo” que produce abandonar, dejar solos a los muertos.

En el poema de Bécquer ya no hay fe: sólo doliente humanidad, y muchas preguntas sin respuesta.

-Cuarenta años después, comienzos del siglo XX

Un golpe de ataúd en tierra es algo

perfectamente serio.

Sobre la negra caja se rompían

los pesados terrones polvorientos…

El aire se llevaba

de la honda fosa el blanquecino aliento.

-Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,

larga paz a tus huesos…

Definitivamente,

duerme un sueño tranquilo y verdadero.

He aquí los diez últimos versos de un poema de veinticuatro. Su autor, Antonio Machado. Título del poema, EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO. El poeta expresa su deseo: “larga paz a tus huesos”. Y no tiene preguntas, ni dudas; sólo la aceptación palmaria, serena y grave, del advenimiento de la muerte. Nacemos, vivimos, morimos. Somos hijos de la tierra; y a la tierra volvemos.

-Ha transcurrido otro siglo, hemos llegado al ahora

ARTE DE MAGIA

Sin moverme de mí,

desaparecí.

Nada por allá,

nada por aquí.

Nada, nadie, nada.

No estoy donde estaba.

No estoy, simplemente.

Así,

de repente,

me desvanecí

sin dejar vestigio.

¿Quién hizo el prodigio?

La muerte es la mejor prestidigitadora.

Y ahora he copiado el poema entero: su brevedad lo permitía. Es el poema núm. 19 del libro póstumo de Ángel González, Nada grave. ¿Qué es “nada grave”? La muerte del propio poeta, la muerte de cualquiera. La seriedad con que don Antonio Machado miraba el ataúd del amigo no la vemos aquí: la ha sustituido un toque de buen humor, de aceptación risueña y algo melancólica de la realidad. Muere la hierba, mueren los árboles, mueren los animales de la granja. ¿Por qué habría de no morir el granjero? Primero no se vive, luego se vive, y luego otra vez no se vive. ¿Qué es lo grave? ¡Nada!

Aún así, para concluir, releo el presente ramillete de citas, y vuelve a invadirme la pena por la niña anónima de Bécquer, por la hijita Teodora de Lope. Y, como soy padre, vuelvo a recordar aquel verso de Amalia Bautista: “y no morir después que nuestros hijos”.

Sexo en Madrid

El frío humor de Paquita no era el ingrediente más adecuado para despertar el ardor del inglés, al cual, por otra parte, no se le escapaba ni lo absurdo de la situación ni las consecuencias nefastas para todos que por fuerza había de tener aquella aventura. Pero estas reflexiones nada podían contra la presencia física de Paquita en el reducido espacio de la habitación, cuya atmósfera parecía haberse cargado de electricidad. Eso mismo debió de experimentar Velázquez por la mujer de don Gaspar Gómez de Haro, con grave peligro de su posición social, de su carrera artística y de su vida, pensó Anthony mientras abandonaba toda cordura y se precipitaba en los brazos de la adorable joven.

Media hora más tarde ella recogió el bolso del suelo, sacó una pitillera y un encendedor y prendió un cigarrillo.

-Nunca te había visto fumar –dijo Anthony.

-Sólo fumo en ocasiones especiales. ¿Te molesta?

En su voz había un leve titubeo en el que Anthony creyó advertir una sombra de ternura. Cuando hizo amago de abrazarla, ella rechazó su avance con suavidad.

-Acabo el cigarrillo y me voy –murmuró con la mirada perdida en las manchas del techo-.

EDUARDO MENDOZA

Mirlo en el coro

Sublime música

cuando el canto del mirlo

se une al coro.

 

Perfecto coro

cuando en la melodía

se cuela el mirlo.

 

Mágico mirlo,

tú que en el coro pones

notas divinas.

Cosas del insti

Día 2 de febrero, La Candelaria: examen de recuperación de la primera evaluación –primer trimestre- en primero de Bachillerato. La fecha la han elegido los alumnos que tienen que pasar el trance, ¡faltaría más!

Pillo a uno copiando; y le leo sus derechos: “Ya has terminado el examen. Has sacado un cero”.

Luego, cuando suena el timbre de salida y los compañeros entregan los folios, se me acerca el copiante en plan razonador: “Es que yo, ¡cómo voy a saberme todo eso, si yo acabo de llegar de pasar una semana en la nieve!”

Efectivamente, mi alumno A, que se llevó cinco cates a su casa en diciembre, se ha pasado la última semana de enero en Sierra Nevada, con profesores del instituto, en un ¿curso? de esquí  organizado por el instituto.

-¿Y los alumnos pagan íntegramente ese curso, no habrá ahí dinero de la Junta de Andalucía? –me pregunta alguien. La verdad: no tengo ni idea. Yo, que lo más lejos que los llevo es a la biblioteca, ignoro esos arcanos. Pero es cierto que estamos ubicados en la unión de dos barrios pobres, marginales y ahora redepauperados. Y pasar una semana en Sierra Nevada en plena temporada no debe de ser tan barato como comprarse un polo flash, o un juego de mapas mudos, o un ejemplar de La Celestina.

Comentando estos puntos, alguna compañera me cuenta que ha tenido bronca (con un compañero cargo o con una compañera carga) porque durante esa semana, en sus clases de primero de Bachillerato, ella no ha hecho parón y a esperar a los de la nieve, sino que ha seguido desarrollando sus clases normalmente, con los muchos alumnos que no estaban en la nieve sino en clase.

Yo… no quiero decir nada, ni opinar, ni ponerme a tiro. Por lo pronto, mañana nos visita la inspectora. Creo que se llama Angela Merkel. Esperaremos a ver qué dice ella.