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Un adelanto al Miércoles de Ceniza

-Año 1466, aproximadamente

Así, con tal entender,

todos sentidos humanos

conservados,

cercado de su mujer

y de sus hijos y hermanos

y criados,

dio el alma a quien se la dio,

el cual la ponga en el cielo,

en su gloria,

que aunque la vida perdió,

dejonos harto consuelo

su memoria.

Así, con tal estrofa, la cuadragésima, termina, culmina, el monumento literario más logrado y perfecto de la poesía española. El poeta, un caballero a caballo entre el final de la Edad Media y los albores del Renacimiento, lo ha construido con su arte, con su amor filial y con su fe en la doctrina cristiana, en una época en la que dicha fe cristiana ha comenzado a perder su implantación en la sociedad.

Jorge Manrique no ha construido su monumento para cubrir regiamente el cuerpo yacente de su padre: su intención era otra. En la copla copiada, culmen del poema según decíamos, nos presenta la escena en la que su padre, don Rodrigo, devuelve el alma a Dios: “dio el alma a quien se la dio”. A partir de ahí el cuerpo no es nada: polvo al polvo. El alma de don Rodrigo está con Dios, y su fama de caballero cristiano está en la memoria (palabra con la que termina el poema) de las gentes.

-Año 1595, tiempos de Contrarreforma y Barroco

Ciego llorando, niña de mis ojos,

sobre esta piedra cantaré, que es mina

donde el que pasa al indio, en propio suelo,

halle más presto el oro en tus despojos,

las perlas, el coral, la plata fina.

Mas, ¡ay!, que es ángel y voló ya al cielo.

Estos versos –no sé por qué tan mal copiados en las ediciones que a mano tengo- son los tercetos de un soneto titulado A LA SEPULTURA DE TEODORA DE URBINA. Lo escribió Lope de Vega cuando tenía, más o menos, la edad que Jorge Manrique tenía cuando escribió sus COPLAS. Teodora, niña de meses, hija del poeta, acaba de fallecer. Y en estos versos encontramos al pobre padre ciego de llanto y ciego porque ha perdido a la niña de sus ojos. Y quizá también ciego porque él no tiene la fe profunda y luminosa que tenía el poeta Manrique… ¿A qué viene que el poeta salga con la hiperbólica y descabellada paradoja de que el que parte a las Indias Occidentales, a las Américas, en busca de tesoros, los encontraría mejores si escarbara bajo la piedra que cubre la diminuta sepultura?

Es cierto que en la conclusión, en el último verso, se repliega al dominio de la fe: la niña ha volado al cielo. Pero la fe del poeta es, sin duda, una fe vacilante, una fe de quien cree y no cree, de quien pone igual amor, si no mayor, en lo deleznable que en lo divino.

-Año 1866, aproximadamente

¿Vuelve el polvo al polvo?

¿Vuela el alma al cielo?

¿Todo es vil materia,

podredumbre y cieno?

¡No sé; pero hay algo

que explicar no puedo,

que al par nos infunde

repugnancia y duelo

al dejar tan tristes,

tan solos, los muertos!

He copiado ahora la última estrofa de la Rima LXXIII de Gustavo Adolfo Bécquer. El poeta, paso a paso, aunque parcamente, ha ido presentando el ceremonial que sigue a la muerte de otra niña, ésta sin nombre conocido, sin referencias familiares. Al final los componentes del cortejo se retiran, cada uno a su asunto. Y se retira el último, “cantando entre dientes”, el sepulturero. Pasa el tiempo, no dice el poeta cuánto tiempo. Sólo dice que sigue recordando a aquella niña “en las largas noches / del helado invierno”. Y Bécquer concluye así el poema, con estas interrogaciones, entre las que sólo hay una certeza: la “repugnancia y duelo” que produce abandonar, dejar solos a los muertos.

En el poema de Bécquer ya no hay fe: sólo doliente humanidad, y muchas preguntas sin respuesta.

-Cuarenta años después, comienzos del siglo XX

Un golpe de ataúd en tierra es algo

perfectamente serio.

Sobre la negra caja se rompían

los pesados terrones polvorientos…

El aire se llevaba

de la honda fosa el blanquecino aliento.

-Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,

larga paz a tus huesos…

Definitivamente,

duerme un sueño tranquilo y verdadero.

He aquí los diez últimos versos de un poema de veinticuatro. Su autor, Antonio Machado. Título del poema, EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO. El poeta expresa su deseo: “larga paz a tus huesos”. Y no tiene preguntas, ni dudas; sólo la aceptación palmaria, serena y grave, del advenimiento de la muerte. Nacemos, vivimos, morimos. Somos hijos de la tierra; y a la tierra volvemos.

-Ha transcurrido otro siglo, hemos llegado al ahora

ARTE DE MAGIA

Sin moverme de mí,

desaparecí.

Nada por allá,

nada por aquí.

Nada, nadie, nada.

No estoy donde estaba.

No estoy, simplemente.

Así,

de repente,

me desvanecí

sin dejar vestigio.

¿Quién hizo el prodigio?

La muerte es la mejor prestidigitadora.

Y ahora he copiado el poema entero: su brevedad lo permitía. Es el poema núm. 19 del libro póstumo de Ángel González, Nada grave. ¿Qué es “nada grave”? La muerte del propio poeta, la muerte de cualquiera. La seriedad con que don Antonio Machado miraba el ataúd del amigo no la vemos aquí: la ha sustituido un toque de buen humor, de aceptación risueña y algo melancólica de la realidad. Muere la hierba, mueren los árboles, mueren los animales de la granja. ¿Por qué habría de no morir el granjero? Primero no se vive, luego se vive, y luego otra vez no se vive. ¿Qué es lo grave? ¡Nada!

Aún así, para concluir, releo el presente ramillete de citas, y vuelve a invadirme la pena por la niña anónima de Bécquer, por la hijita Teodora de Lope. Y, como soy padre, vuelvo a recordar aquel verso de Amalia Bautista: “y no morir después que nuestros hijos”.

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