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Nomás ausencia

Bien sabe Dios que uno no es creyente;

aunque quisiera serlo algunos días

en que las penas pasan a agonías

que abrasan como lava por torrente.

 

Ven, padre Dios, y tócame la frente;

quiero que con tus sabias manos pías

sofoques estas negras llamas mías

que me queman el ánima y la mente.

 

Pero no, padre Dios, no me hagas caso;

prefiero que te quedes donde mismo

moras ahora: en muda inexistencia.

 

Pues nada pierde el mundo si me abraso,

o me hundo en lo más hondo del abismo,

o si soy lo que tú: nomás ausencia.

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La negación en mi pueblo

Mi pueblo es aquí el pueblo de mi buena infancia y el de mi mala juventud. Quiero, por tanto, decir que hablo de recuerdos, no de actualidad.

  1. Se usaba, cómo no, la forma recta, directa, de negar, que era decir no, o, en el contexto adecuado, nunca.
  2. Como en todo el territorio nacional, en mi pueblo el nunca se personalizaba con la expresión negativa “en mi vida”: En mi vida he visto yo / lo que he visto esta mañana: / un lagarto arar, / una gallina sembrar… Poesía popular que aprendí, casi antes de aprender a hablar, de mis hermanos.
  3. Para subir un par de tonos la antedicha expresión, se añadía un adjetivo: “en mi puta vida”.
  4. Como la pobreza suele llevar a un relativismo moral al que le van muy bien la socarronería y la ironía, negábamos muchas veces con el adverbio de afirmación: “sí”. Y en ocasiones, cuando el interlocutor era corto de entendederas, había que repetir la negación completándola: “sí pa que te calles”.
  5. Durante algunos, quizá no pocos, años, se puso de moda negar con la exclamación “¡hoja!”. Si tuviera que relacionar este extraño uso del sustantivo hoja, ¿con qué lo asociaría? Dos ideas se me ocurren. a) Cae una hoja de un árbol… ¡hoja va!; o sea, nada que merezca atención. b) Abreviatura de ojalá. –A esa tía me la follo yo cuando quiera. -¡Hoja!
  6. “¡Una polla!” Con este sintagma nominal convertido en procaz negación, entramos en el terreno de las negaciones más frecuentes. Tiene variantes, generalmente enfatizantes: “una polla que te comas”, “un pollón del quince y medio”. Ahora bien, como en la vida todos los caminos son de ida y vuelta, se encontró el regreso de sustituir esta especie de bofetada verbal por otra expresión que dijera lo mismo, pero con más suavidad. Para explicarlo tengo que contar una anécdota… Cuando llegan los calores del comienzo del verano, las codornices buscan comida y frescura en los campos de patatas, o de papas. Por ello, la gente que las oye cantar cree entender en su inarticulado graznido: “¡güen papal!”, es decir, buen patatal, buen campo de patatas… El caso es que hubo en el cortijo de Macairena, o de Maquirena, una codorniz rústica, o resentida por el mal pegujal que era su predio, o simplemente deslenguada, que sustituyó el agradecido “güen papal”, por el negativo despectivo “¡un pollón!” O sea, que, como un loro mal criado, había copiado la expresión a los lugareños más groseros. Lo cual permitió que los lugareños que no querían quedar como groseros, negaran con lo siguiente: “una cornicilla”, una codornicilla. Y lo que estaban diciendo era, evidentemente, que la codorniz de Maquirena respondía por ellos.
  7. Veo que debo acabar. Esta entrada se ha alargado demasiado. No me resisto, sin embargo, a añadir una penúltima negación, guasona entre las que más: “me lo contates” (me lo contaste). –Me dan mil duros por la mula en cuanto diga de venderla. –Me lo contates.

 

En fin, un pueblo incrédulo mi pueblo, que ha cultivado el arte de negar: el Neg-Arte. Lo cual se puede ejemplificar con aquella poesía, antes citada, la que yo aprendí de parvulillo, que comienza negando y acaba negando: En mi vida he visto yo / lo que he visto esta mañana: / un lagarto arar, / una gallina sembrar / y un ratón tirar tasquivas. / ¡No te lo creas, que es mentira!

Dos poetas, dos poemas

POR TIERRAS DE ESPAÑA

 

El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra.

Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,
pastores que conducen sus hordas de merinos
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.

Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
esclava de los siete pecados capitales.

Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,
guarda su presa y llora la que el vecino alcanza;
ni para su infortunio ni goza su riqueza;
le hieren y acongojan fortuna y malandanza.

El numen de estos campos es sanguinario y fiero:
al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,
veréis agigantarse la forma de un arquero,
la forma de un inmenso centauro flechador.

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
—no fue por estos campos el bíblico jardín—:
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.

Antonio Machado, Campos de Castilla

 

UN NIÑO PROVINCIANO

 

Un niño provinciano, de familia modesta;

aulas del Instituto, charlas del profesor;

los jueves, un mal cine; y los días de fiesta,

banda del Regimiento en la Plaza Mayor.

 

Un preludio de novia en las tardes lluviosas

y, en la casa de enfrente, mirador de cristal,

mientras ríen las gárgolas y relucen las losas

y las viejas marchitas van a la Catedral.

 

Álbum de terciopelo azul: fotografías

del abuelo o la abuela, sobre un turbio telón

de Venecias o lagos, mientras hablan las tías

del manto de la Virgen para la procesión.

 

Paseos familiares por la muralla nueva.

Gris la ciudad y el campo, donde labrando están.

Gris el tren que en la lluvia su corazón se lleva,

y grises los consejos que da el señor Deán.

 

Adolescencia casta; en el cine han cortado

a todas las películas las escenas de amor.

Anocheceres largos; y se duerme arropado

en bronce de campanas y ruidos de reloj.

 

Y sin embargo tiene un alma de poeta,

hambrienta de horizontes y de islas de cristal.

Las acacias marchitas de la plazuela quieta,

cuando el sol que declina dora la Catedral,

 

le han visto sobre el bello atlas de geografía

su dedo azul de mares mil rutas recorrer;

por los mapas extraños, capitán Fantasía,

Robinsón de esa nube rosa de atardecer.

 

Yo sé tu sueño estéril: después de algunos años

te vencerá el gris triste de esta vieja ciudad.

Y morirás sin sueños, envuelto en desengaños;

y dejarás un hijo, un hijo que será…

 

Un niño provinciano de familia modesta;

aulas del Instituto, charlas del profesor;

los jueves, un mal cine; y los días de fiesta,

banda del Regimiento en la Plaza Mayor.

 

Agustín de Foxá, El almendro y la espada

 


Amigo Eladio

Ayer domingo me tocaban correcciones: los dichosos comentarios de texto de mis alumnos de 2º de Bachillerato, que cada año que pasa entienden menos lo que leen, repasan menos lo que escriben.

Marga esperó hasta constatar que había dado de mano para comunicarme la triste nueva: que te acababan de enterrar. En fin, esas cosas que le pasan a cualquiera… Espero que te hayas sentido bien asistido y cuidado en los últimos meses, los más duros, según supongo. Yo creo que has estado en buenas manos; y que lo sigues –lo seguimos- estando.

Te ha tocado el mes de marzo para irte. No los idus de marzo, pero casi. Febrero tiene mucha leyenda, pero vaya, ¡lo que cabe en un marzo! Ya lo dice el dicho: marzo son tres meses.

No sé cuánto te voy a echar de menos. Pero creo que te he estado echando de menos siempre, desde aquellas reuniones en tu casa, ¿recuerdas?, en casa de tus padres, con don Ángel el cura, que vivía enfrente. Pronto hará medio siglo. Reuniones en el patio de tu casa, ratos hermosos de tranquila charla. ¿Qué eras tú entonces? Un joven maestro de veinte o veintipocos años, seducido por la tierra gaditana que muchos años después a mí también me atraparía. Y nosotros, el grupo de los amigos menores: doce, trece, catorce años cuando mucho. ¿Por qué no tuvimos más reuniones de aquellas? Porque tú en Gójar parabas poco, porque tenías un trabajo, una profesión, una familia en otra parte.

En el verano, con frecuencia, como sabes, éramos, durante algún que otro plácido anochecer, una especie de camarilla juvenil de tu padre, tan jovial él siempre, tan omnicomprensivo. Nos invitaba a medio de blanco con gaseosa en Las MMM. Con eso y con dos o tres anécdotas que nos contaba, lo pasábamos mejor que unos príncipes. Tú heredaste su carácter.

Tendríamos que haber hablado más. Tendrías que haber hablado más tú con nosotros. El amigo mayor con los amigos menores: Nicolás Rivero, tu primo Juanito, los Icos, a veces tu hermano Horacio con alguno de sus colegas. Pero cada uno tenía que estar en su puesto, en sus obligaciones. Y así ha pasado el tiempo.

El cementerio de Gójar es horrible. Es probable que en España haya muchos parecidos al de nuestro pueblo: abigarrado marmolerío de nuevos ricos. ¡Qué pena! Pero bueno; por lo menos estás entre familiares y entre amigos. Amigos de los que cada vez vemos menos en las calles o los bares del pueblo. Porque os vais –y nos iremos- concentrando ahí, en ese feo cementerio.

Termino ya mi carta, que tengo que volver a las dichosas correcciones. Pero antes me gustaría componerte un epitafio, o un epigrama, para decirlo con el término más clásico. Espero que te guste; y si no, me avisas para que lo destruya o lo rehaga. A ver:

Esta es la tumba de Eladio

Garzón. Nunca un gesto agrio

hubo en su rostro. Enfadado

jamás lo vimos. A veces,

sí, su habitual sonrisa

se velaba, se volvía

hacia la melancolía.

Séale la tierra leve.

Avísame, si no te gusta, para que, inmediatamente, lo borre.

Amigo Eladio: un fuerte, fuerte abrazo.

Tierra, agua, y un poquito de cielo

Las dos cosas que más le gustan a un niño son las dos cosas que menos le gustan a su madre: jugar con la tierra y jugar con el agua. Revolcarse en el polvo, hozar en la hierba, meter la mano en una madriguera, chapotear en los charcos, abrir la boca bajo una gotera, atrapar una rana y observar atentamente su distinta anatomía. El niño sabe que es parte de la tierra y del agua, criatura del agua y de la tierra, y se siente en su elemento cuando toca la tierra, cuando se moja, cuando se baña en un río, cuando se adentra en una gruta. Cuando hace todas esas cosas que a su mamá la ponen de los nervios. Porque para cada mamá su niño es un ángel. Sí: puede que en su naturaleza haya algo, una mínima parte, de animal y terrestre; pero en él predominan los dones llegados del cielo por vía materna; y su niño es un ángel.

Pasan los años y crece el angelillo. Y descubre entonces que el origen de la vida, la tierra y el agua, se han organizado milagrosamente y han creado un prodigio de belleza: el cuerpo de una chica. De modo que el angelico, fieramente humano, no tendrá ya en su mente otra meta que ésta: la conquista del tesoro femenino. Aunque tampoco estos “juegos” le gustarán a su madre, quien pensará, otra vez con las mismas aprensiones, que las chicas son demasiado terrenales para su ángel. Y lo seguirá pensando hasta que una de estas terrenales mujercitas la convierta en abuela de otro angelillo que se parezca, tanto como una hoja del olmo a otra hoja del olmo, al angelillo parido por ella cuando era tres décadas más joven.

Ahora la madre, convertida en abuela, no se inquietará por que el niño se ensucie de barro, o se moje en el caño de una fuente. Esa parte divina que tiene su nieto será indestructible. Su nieto es el ángel ahora. Un ángel que juega en el parque, atrapa lagartijas y las balancea cogiéndolas por la cola hasta que la cola se rompe, se hincha de golosinas en las fiestas de cumpleaños, caza la varicela…

Y el padre, entre tanto, descubre… Bueno, no es un descubrimiento exactamente, pero algo así. Descubre otra mágica mezcla de tierra y de agua: el vino. Cantado por los poetas desde hace por lo menos tres milenios, glorificado por la puta vieja Celestina hace quinientos años, consagrado por los curas de todas las iglesias. Y el padre canta con Marzal, un poeta de ahora:

Que no se acabe el vino,

el animoso vino de los fuertes,

antes de habernos vuelto temerarios

en el amor de cuanto está al alcance.

Esto canta el buen hombre. Pero a la tercera vez que se llena su copa, la madre, la esposa y el hijo le espetan al unísono: “¡Padre!, ¡esposo!, ¡hijo!, ¡para ya de libar, que la vas a liar!”

Nubes

TRAS ESTAS NUBES, AUNQUE NO LO VEAMOS, TAMBIÉN HAY CIELO


¡¡¡SOCORROOO!!!

…QUE ME PER…

…SIGUE…

…LA JUN…

…TA DE AN…

…DALUCÍ…

¡¡¡AJ!!!