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Dos poetas, dos poemas

POR TIERRAS DE ESPAÑA

 

El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra.

Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,
pastores que conducen sus hordas de merinos
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.

Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
esclava de los siete pecados capitales.

Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,
guarda su presa y llora la que el vecino alcanza;
ni para su infortunio ni goza su riqueza;
le hieren y acongojan fortuna y malandanza.

El numen de estos campos es sanguinario y fiero:
al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,
veréis agigantarse la forma de un arquero,
la forma de un inmenso centauro flechador.

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
—no fue por estos campos el bíblico jardín—:
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.

Antonio Machado, Campos de Castilla

 

UN NIÑO PROVINCIANO

 

Un niño provinciano, de familia modesta;

aulas del Instituto, charlas del profesor;

los jueves, un mal cine; y los días de fiesta,

banda del Regimiento en la Plaza Mayor.

 

Un preludio de novia en las tardes lluviosas

y, en la casa de enfrente, mirador de cristal,

mientras ríen las gárgolas y relucen las losas

y las viejas marchitas van a la Catedral.

 

Álbum de terciopelo azul: fotografías

del abuelo o la abuela, sobre un turbio telón

de Venecias o lagos, mientras hablan las tías

del manto de la Virgen para la procesión.

 

Paseos familiares por la muralla nueva.

Gris la ciudad y el campo, donde labrando están.

Gris el tren que en la lluvia su corazón se lleva,

y grises los consejos que da el señor Deán.

 

Adolescencia casta; en el cine han cortado

a todas las películas las escenas de amor.

Anocheceres largos; y se duerme arropado

en bronce de campanas y ruidos de reloj.

 

Y sin embargo tiene un alma de poeta,

hambrienta de horizontes y de islas de cristal.

Las acacias marchitas de la plazuela quieta,

cuando el sol que declina dora la Catedral,

 

le han visto sobre el bello atlas de geografía

su dedo azul de mares mil rutas recorrer;

por los mapas extraños, capitán Fantasía,

Robinsón de esa nube rosa de atardecer.

 

Yo sé tu sueño estéril: después de algunos años

te vencerá el gris triste de esta vieja ciudad.

Y morirás sin sueños, envuelto en desengaños;

y dejarás un hijo, un hijo que será…

 

Un niño provinciano de familia modesta;

aulas del Instituto, charlas del profesor;

los jueves, un mal cine; y los días de fiesta,

banda del Regimiento en la Plaza Mayor.

 

Agustín de Foxá, El almendro y la espada

 


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