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LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

Ahora que mi edad corre ya cuesta abajo,

atiéndeme el consejo

que con saber de viejo

y con amor de padre aquí te dejo.

Si lo sigues es fijo

que gozarás la vida como un dorado embrujo.

Verás cada mañana en el espejo

a un sujeto al que nadie va a reprocharle el fajo

de millones que cobra por hacer su trabajo.

Podrás ir y venir con vaya un traje

sin que nadie jamás te llame pijo.

Saldrás de tu garaje

mandando un gran descapotable rojo

y no habrá quien te grite por lo bajo

fascista del cara…

Y lo más admirable: cuando saltes al tajo,

podrás (después de haber rozado algún yerbajo

las yemas de tus dedos), podrás –oh raro lujo-,

podrás, sí, santiguarte con todo el desparpajo,

“en el nombre del Padre y del Hijo…”,

sin que se escandalice nadie, y (me regocijo

al pensarlo) quién sabe si hasta se vendrá abajo

de aplausos el estadio.

                                               Si aspiras (ya lo dijo

Abel Feu con su lírico gracejo)

a tal felicidad, no estudies a destajo

por labrar tu futuro.

                                            Tú futbolista, hijo.

MIGUEL D’ORS, SOCIEDAD LIMITADA

ED. RENACIMIENTO. Sevilla, 2010

En el tejado

Silbas, oh mirlo,

y tus silbos son salmos

de primavera.

 

Melancolía

con amor y esperanza

alzan tus cantos.

 

Loto de luto

me pareces si callas.

Cántanos, mirlo.

Joaquinico

Esta mañana, en clase de 2º de Bachillerato A, hemos comentado el poema de Jon Juaristi “Elegías a ciegas”.

Imo in pectore, yo había programado que, si la clase no se torcía, comentaríamos, marcha atrás en el tiempo, primero éste de Juaristi; después, “Avanzaba de espaldas aquel río…”, de Ángel González; y, finalmente, el soneto “Me tiraste un limón”, de Miguel Hernández.

Teníamos que hacer comentarios muy breves, casi reducidos a la elucidación del contenido denotativo, del referente.

En fin, una clase interesante, según creo. Pero prohibida la demora, a uña de caballo.

Y con tanto apresuramiento, en el primer poema, el de las dos ciegas nonagenarias, ”Pepita juntamente y Victoriana”, no he asociado a estas hermanas con Joaquinico y José…

Hace muy pocos días, junto a la plaza de mi pueblo, saludé a Joaquinico, el octogenario ciego de la Casa de las Canastas. No me reconoció por la voz; pero en cuanto le dije mi nombre y el de mi madre, su cara se distendió y se sonrió, y se puso a evocar un pasado cálido y familiar, casi de áureo comunismo.

Joaquín, el ciego octogenario Joaquinico, conoce a mi familia mucho mejor que yo. Y sigue transitando por las calles del pueblo, a pesar de que se han ido llenando de ruidos y de coches, palpando sus paredes y las rejas de sus ventanas bajas como quien acaricia la cara de todo un pueblo.

Me dijo que ya sale poco, que tiene que cuidar de su hermano José, mayor que él y ciego como él.

Joaquinico tiene un siglo de la vida de mi pueblo en su cabeza. Y, sabiendo eso yo, cuántas veces me he cruzado con él y, cuando mucho, le he dirigido un saludo apresurado, sin siquiera pararme a charlar un momento. Porque mi tiempo de joven valía mucho, no era cosa de desperdiciar conversando con un viejo ciego. ¡Por qué será, casi siempre, tan torpe la juventud!

En un momento de la clase, esta mañana, mi alumna Kseniya me ha preguntado, con respeto y buen humor, que cuántos años tengo. Le he contestado que nací el mismo año en que nació Jon Juaristi.

Queden aquí emparentadas Pepita y Victoriana, las tías abuelas de Juaristi, con Joaquín y José, los hermanos octogenarios y ciegos hijos de Piedad, la de la Casa de las Canastas, la primera mujer que yo, muy niño, vi muerta en mi vida.