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V. V., menudo gilipollas

De Vicente Verdú no sé casi nada.

Sé que es colaborador habitual del periódico El País, y que en sus artículos pretende ante todo epatar al burgués; aunque lo que consigue es espantar a quien tiene dos dedos de frente. No hace mucho, al epatar sobre la libertad de que deben gozar los jóvenes en cuanto a la corrección ortográfica, le contestaba en muy duros términos, y en el mismo periódico, Antonio Muñoz Molina.

Sé también que debe de ser más o menos de mi edad, o sea, que ya anda metido en la sesentena. Escribió un ensayo comentando las experiencias de llegar a la cincuentena. Me lo regaló mi mujer cuando cumplí el medio siglo; y, aunque el librito había ganado un premio de ensayo, a mí me pareció tan previsible, tan falto de saber y de sabor, tan aburrido, que no pude leer más de unas cuarenta páginas.

Y sé que hoy ha publicado en su periódico habitual un artículo titulado Contra la familia. No lo voy a reproducir aquí, pero se lo mando a quien quiera leerlo. A mí, más que un artículo, me parece un rebuzno de adolescente, el desahogo de un chico que ha tenido una pequeña contrariedad o un buen encontronazo en su vida familiar, algo que, efectivamente, forma parte consustancial de la vida en familia. Pero escrito por un sesentón. Es una sarta de gilipolleces que no merece ningún serio comentario. “Gilipollas –diría Forrest Gump- es el que dice gilipolleces”. Lo es más el que las escribe.

 

Sarà quel che sarà

Tengo prácticamente abandonado este campo llamado Certe patet. Y no sé si ello es debido a una causa única. Tiendo a creer que se trata de un conjunto de causas circunstanciales:

-Las actividades propiamente veraniegas: la playa, la bici…

-Las tareas domésticas que se han ido aplazando hasta un tiempo más amplio: montar una estantería y reordenar los libros, arreglar el jardín…

-Las movidas familiares: primero quedé solo en casa. Luego, en varias andanadas, regresaron las miembras (o las mihembras). Y volvía a estar con nosotros mi hija mayor, Clara, que ha pasado el curso en Dieppe; y mi hija mediana, Alma, que ya tiene su propio proyecto para primeros de septiembre, en Londres.

-La posibilidad de dedicar más tiempo a la lectura…  Vive uno con esa sensación permanente: la de no leer cuanto quisiera, ni siquiera cuanto debiera; a pesar de estar siempre con varios libros entre manos, uno de ellos es hoy la última novela de Carmen Martín Gaite, Irse de casa, que me está encantando. Por cierto, el 22, hace tres días, fue el del undécimo aniversario del fallecimiento de esta mujer, de esta gran escritora. Y se me ocurrió escribir aquí algo acerca de ella; pero…

Pero, pero, pero. Pero tal vez ninguna de las causas de mutismo certepático que acabo de resumir sea causa verdadera. Tal vez la única causa sea la falta de ese íntimo impuso que me insta: “Toma el boli, escribe, edita en Certe patet”.

Así que ahora mismo no tengo ni idea de cómo va a evolucionar esta afición mía de cultivar este blog. Ahora mismo estoy escribiendo a modo de petición de disculpa: por si alguien lo ha abierto en alguna ocasión y se ha encontrado con que nada nuevo por aquí, a pesar del tiempo transcurrido desde la última visita. Puesto que para mí no es un trabajo, mi intención no ha sido la de darme vacaciones, la de dejar en barbecho este campo, para seguir con la metáfora agrícola.

El futuro siempre nos es desconocido; no obstante me temo que en agosto labraré aquí aun menos que en el presente mes de julio (ya día de Santiago, Dios mío, a qué velocidad está pasando este mes).

¿Volveremos a labrar estos bancales aprovechando las lluvias del otoño? Sarà quel che sarà.

Cuatro puntos cardinales: mesa, silla, libro y lector

“Concluye la conversación relajado, con un pie sobre la mesa”. Es parte del último párrafo de la entrevista a Henri Kissinger que leemos hoy en ABC. Una interesante entrevista.

Hay una cosa que a mí me gusta más que poner un pie sobre mi mesa de estudio: poner los dos. Es una postura que la gente de mi pueblo –de mi otro pueblo, el de Granada- metaforiza sabiamente: estar “con las ruedas para arriba”.

Lo que pasa es que uno es pobre, no como Kissinger. La silla que tenía murió de vieja; y, en lugar de comprarme una todavía mejor que la santa fallecida, heredé de mis hijas mayores una sustituta. Una silla que no tiene suficiente acolchamiento para mi peso posante; en la que al cabo de un rato mi dolor de aposentamiento se hace insostenible. A ver cuándo me compro una silla decente. Creo que me la merezco, pero…

Con los pies en la mesa, me gusta dormir, dormitar, oír música, escuchar las tertulias radiofónicas, escribir para Certe patet… y leer. Sobre todo leer. Leo cualquier cosa que esté bien escrita. Los libros que no me entusiasman los voy dejando. No me gusta afrentarlos con un no rotundo; pero los voy soslayando.

Ayer empecé la nueva Ortografía de la lengua española. Lo compré el curso pasado, en cuanto acabaron las vacaciones de Navidad. Más que nada porque me sentía obligado, por mi oficio. Pero me está encantando. Si no fuera por lo mucho que al cabo de cierto rato me duele la parte anatómica antes aludida, es que no lo soltaba. No había leído nada tan bien escrito desde que en el 97 leí la Gramática de la lengua española de Emilio Alarcos llorach.

Así que ahora estoy mirando de reojo el manual de la Nueva gramática. En cuanto termine la Ortografía, le hinco el diente.

Lástima que, a pesar de que estamos en las vacaciones de los maestrillos, no puedo sacar tantas horas de lectura como me gustaría. Y no por dolores anatómicos: hay otras faenas. Algunas, la verdad, casi tan agradables como leer a destajo.