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La madre que me parió

Hoy hace siete meses que murió: el uno del pasado diciembre. A los noventa años.

Hace muy pocas noches volví a soñar con ella. Un sueño en la línea de los muchos que he tenido en los diez últimos años: encuentro a mi madre en una extrema decrepitud y abandono. Decrepitud tan grande como es posible solamente en las pesadillas; abandono que en nada se parece a la situación en que pasó su vejez… Mientras se mantuvo en su casa, porque ella se sentía suficiente, contó con la ayuda de familiares y amigas y vecinas. Cuando se puso más torpe y se fue a vivir con mis hermanos, mis cuñadas la cuidaron por lo menos tan bien como lo habrían hecho con sus respectivas madres. El último año lo pasó en una residencia próxima al pueblo –por lo que no sólo la visitábamos los familiares…-, y para el personal de la residencia yo no podría tener sino palabras de agradecimiento.

Una naturaleza fuerte la de mi madre. Con un enorme empuje para aferrarse a la vida, inseparable la suya de la de los suyos. Al final el tiempo la fue venciendo: la debilidad orgánica generalizada, la demencia senil…

-¡Ay, niño! –me decía llorando en alguna de mis visitas-. Que se ha muerto Papa Miguel –era su padre-.

-Sí, mama… Se murió hace cincuenta años.

Su vida es verdad que había sido un reguero de pérdidas, un rosario –sí, Rosarico- de desangramientos. Perdió a su madre cuando tenía seis años. Perdió a sus tres hermanos varones cuando andaban en la flor de la edad: a los dos mayores se los llevó el tsunami de sangre de la guerra; al menor lo enterró una fulminante y atroz enfermedad. Sufrió el enconado enfrentamiento permanente entre su padre y su marido (amaban a las mismas personas, a los mismos animales, se cubrían con el mismo techo; y, cuestión de territorialidad seguramente, se detestaban a conciencia). Vio cómo sus hijos mayores salían de la escuela apenas niños para irse a trabajar como esclavos de los que tenían la tierra y el dinero. Vio envejecer, y enfermar, y morir a su padre, a Papa Miguel, cuando ella no había llegado a los cuarenta, y todavía tenía tanta necesidad de su presencia. Padeció la ausencia del marido, que andaba del trabajo a la taberna. Sufrió el alejamiento de su hijo pequeño, de su Antonio, que era dócil y se dejó fichar por el cura para el seminario; ella, que, como no había tenido madre, no había pisado una escuela. Y vivió una larga viudedad.

Y, en fin, se nos murió. Y mis hermanos y yo perdimos el talismán contra el envejecimiento…

-Mama, ¿cómo estás? –le preguntaba.

-Como la Tía Perala: ca día más mala.

-No exageres, mama. Estás mu bien. Un poquillo vieja, eso sí.

-Tú sí que estás bien. Y mu gordico.

-Es que la Marga es mu güena cocinera. Como tú; pero ella tiene más con qué.

-Eso. Gracias a Dios que tenéis de tó.

Ella nos veía jóvenes y hermosos; mientras atraía para sí y acaparaba todo el desgaste que el tiempo va infligiendo. Ahora no nos queda quien envejezca por nosotros. Nos toca envejecer.

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