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Cuatro puntos cardinales: mesa, silla, libro y lector

“Concluye la conversación relajado, con un pie sobre la mesa”. Es parte del último párrafo de la entrevista a Henri Kissinger que leemos hoy en ABC. Una interesante entrevista.

Hay una cosa que a mí me gusta más que poner un pie sobre mi mesa de estudio: poner los dos. Es una postura que la gente de mi pueblo –de mi otro pueblo, el de Granada- metaforiza sabiamente: estar “con las ruedas para arriba”.

Lo que pasa es que uno es pobre, no como Kissinger. La silla que tenía murió de vieja; y, en lugar de comprarme una todavía mejor que la santa fallecida, heredé de mis hijas mayores una sustituta. Una silla que no tiene suficiente acolchamiento para mi peso posante; en la que al cabo de un rato mi dolor de aposentamiento se hace insostenible. A ver cuándo me compro una silla decente. Creo que me la merezco, pero…

Con los pies en la mesa, me gusta dormir, dormitar, oír música, escuchar las tertulias radiofónicas, escribir para Certe patet… y leer. Sobre todo leer. Leo cualquier cosa que esté bien escrita. Los libros que no me entusiasman los voy dejando. No me gusta afrentarlos con un no rotundo; pero los voy soslayando.

Ayer empecé la nueva Ortografía de la lengua española. Lo compré el curso pasado, en cuanto acabaron las vacaciones de Navidad. Más que nada porque me sentía obligado, por mi oficio. Pero me está encantando. Si no fuera por lo mucho que al cabo de cierto rato me duele la parte anatómica antes aludida, es que no lo soltaba. No había leído nada tan bien escrito desde que en el 97 leí la Gramática de la lengua española de Emilio Alarcos llorach.

Así que ahora estoy mirando de reojo el manual de la Nueva gramática. En cuanto termine la Ortografía, le hinco el diente.

Lástima que, a pesar de que estamos en las vacaciones de los maestrillos, no puedo sacar tantas horas de lectura como me gustaría. Y no por dolores anatómicos: hay otras faenas. Algunas, la verdad, casi tan agradables como leer a destajo.

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