• Páginas

  • Archivos

  • agosto 2011
    L M X J V S D
    « Jul   Sep »
    1234567
    891011121314
    15161718192021
    22232425262728
    293031  

2666

Ya situados en la pendiente final del verano, sí que puedo afirmar que la gran experiencia de lectura, la magna obra leída, ha sido 2666, de Roberto Bolaño (Círculo de Lectores, 2004). Naturalmente, he leído, y sigo leyendo, otros libros muy buenos, pero ninguno se aproxima a la talla artística y vital de éste.

Es un libro constituido por 1125 apretadas páginas, dividido en cinco partes. Y lo que apetece al acabar la lectura de la última página es volver a comenzar el libro por el principio.

Obra a la vez realista e imaginativa. Y muy ágil. Aparecen en ella mil personajes, se suceden mil historias, la narración nunca se detiene, los pasajes memorables son todos.

La historia abarca acontecimientos de todo el siglo XX, que ocurren en lugares que van de Chile a Rusia. Aunque tiene un centro gravitatorio que es la ciudad de Santa Teresa, “fiel trasunto de Ciudad Juárez”, dice Ignacio Echevarría en la nota final.

Si hubiera que extraer una conclusión, una enseñanza redactada en pocas líneas, creo que podría ser la siguiente: la historia de la humanidad está plagada de grandes horrores, y la vida del individuo es una lucha continua con escasos momentos felices. El hombre puede elegir entre dejarse o no corromper moralmente por el entorno, pero en su sorda batalla por aumentar la personal ración de felicidad, casi siempre fracasa. Nada nuevo por tanto, Nihil novi sub sole.

Y aun así, es una obra que constituye una gran ambición literaria lograda, a pesar de que al autor no le alcanzara la vida para dar el repaso final a su novela, antes de que fuera publicada.

Termino copiando el contenido de un paréntesis de la página 969 –que nos recuerda muchísimo cierto pasaje de Don Quijote, a pesar de ser tan distinto-: “Ingeborg le preguntaba a Reiter por qué no escribía poesía y Reiter le contestaba que toda la poesía, en cualquiera de sus múltiples disciplinas, estaba contenida o podía estar contenida, en una novela”.

Y así sucede en ésta.

Sé un sesentón sensato

Cuando haces deporte

Cuando montas en bici. En esa bici que te está siendo fiel desde que aún eras joven. Cuando oyes que tu bici te dice que vas por cuesta arriba donde antes te decía que ibas por un llano. Cuesta arriba. Despacio y buen aliento. Es lo que manda tu bici. Sé obediente.

Cuando miras una belleza femenina que podría ser tu nieta

Por edad. No porque tú hayas ido dejando tu semilla helicoidal por todas partes esparcida, como si fueras un ailanto. Tú la miras y admiras su belleza. No esperarás por ello que ella admire la tuya. ¿Cuántos años hace que leíste por primera vez el discurso de Marcela, Don Quijote I, 14 para los interesados? Sabes que no vale el lema: “Quiérote por hermosa [y joven]: hasme de amar aunque sea feo [y viejo]”.

Cuando riegas las plantas de tu patio

Y ves que una tiene el tallo inclinado, como si no pudiera con el peso de sus hojas; que otra tiene las puntas de las hojas secas, como si le faltaran fuerzas a la savia; y otra no echa flores por mucho que se haga notar la primavera o el verano. A veces te entran ganas de arrancarlas y tirarlas a la basura. Pero no. Las plantas de tu patio son seres vivos, casi humanos, imperfectos como tú. Y algunas son, si no centenarias como el olmo de Machado, tan mayorcitas como tú o más aún. Cuídalas todo lo que puedas. Ellas no están obligadas a permanecer eternamente tersas, como si fueran de plástico. Y tú tampoco.

Cuando enjuicias tus sobras y tus faltas

Procura el bien; y no te flageles por tus errores. Por ejemplo. Cuando eras un adolescente, un estudiantillo de Latín y Humanidades, algunos de tus compañeros, generosos ellos, achacaban tus distracciones a tu inteligencia: “Todos los grandes sabios han sido unos grandes despistados”. Pasaron los años. Te convertiste en un padre de familia despistado, de dudosa eficiencia. “No tienes sentido práctico”, “Careces de habilidades para vivir en lo cotidiano”, te reprochaban tus allegados. Y ahora, sólo porque, cuando vas con la bolsa de la basura, te pasas del contenedor un corto trecho con la bolsa en la mano, te sientes consternado y tú mismo de ti piensas: “Estoy senil”. Pues no lo pienses. Piensa que la basura de tu casa pesa poco; y por eso vas con ella tan campante por la calle. Si cargaras con la basura de toda tu comunidad, ya verías cómo no te pasabas tan ricamente el contenedor.

Cuando escribes aquí

Procura seguir los consejos de quien te proporcionó el nombre para el blog: Dédalo. Los consejos que le dio a su hijo Ícaro (quien no supo aprovecharlos): “Medioque ut limite curras”. Vuela a media altura. Ni te abatas ni te encumbres. No eres un albatros; ni siquiera una gaviota. No eres un gavilán; ni siquiera una paloma. Si acaso te pareces al murciélago, ese engendro híbrido que a la juanramoniana hora del ocaso se da un garbeo por los aires para cazar algún verso.

“Poesía necesaria / como el pan de cada día”

Mi amigo Ico Joaquín me manda un enlace con diez canciones del recientemente asesinado Facundo Cabral; uno de sus preferidos desde los primeros años setenta, me dice.

Yo veo los vídeos y oigo las canciones. Alguna de ellas la recuerdo perfectamente desde esos años que menciona mi amigo; alguna la recuerdo vagamente, y otras las escucho como por primera vez.

Luego me da por recordar que mi amigo IJ confiesa, categóricamente, que a él la poesía no le gusta, que no la entiende, que él no lee poesía. Y ahora yo me digo y le digo: Pero amigo Ico, esto es poesía, poesía de la buena. Facundo Cabral ha cantado como los ángeles; y seguirá cantando en las infinitas grabaciones que ha dejado. Pero las letras son tan buenas que les quitas la música y siguen siendo obras de arte.

Decía yo un día, este pasado curso, a un grupo de alumnos que un poema es una canción tan buena que no necesita música, porque la lleva ya en sí (recuerdo el gesto de completo acuerdo de mi alumna Ana). Y este aserto lo podemos comprobar ya en la letra de la primera canción de esta selección que me manda mi amigo:

NO SOY DE AQUÍ NI SOY DE ALLÁ

Me gusta el mar y la mujer cuando llora;
las golondrinas y las malas señoras,
saltar balcones y abrir las ventanas
y las muchachas en abril.

Me gusta el vino tanto como las flores;
y los amantes, pero no los señores;
me encanta ser amigo de los ladrones
y las canciones en francés.

No soy de aquí ni soy de allá;
no tengo edad  ni porvenir,
y ser feliz es mi color
de identidad.

Me gusta estar tirado siempre en la arena;
y en bicicleta perseguir a Manuela,
y todo el tiempo para ver las estrellas
con la María en el trigal.

No soy de aquí ni soy de allá;
no tengo edad ni porvenir,
y ser feliz es mi color
de identidad.

La canción es un manifiesto del poeta, un himno a la vida libre, aparentemente desarraigada, pero al contrario: enraizada en todos los seres que lo rodean: en el mar, la mujer, las golondrinas; en el vino, las flores, la arena. La vida es algo riquísimo y diverso: no renunciemos a nada, nos dice el poeta, que habla en primera persona, que quiere predicar con el ejemplo.

Son versos de una pasmosa sencillez aparente, pero cuidados al máximo en su estructura, en su sonoridad, en su medida, en sus rimas; aspectos que no voy a comentar para no ponerme pesado ni pedante.

Amigo Ico: a partir de ahora no me digas que no te gusta la poesía… Lo mismo que te gusta el jamón, pero no lo comes solo, sino que te gusta meter las buenas lonchas entre dos rebanadas de pan; lo mismo que te gusta el café pero no lo tomas solo, sino con azúcar y leche, y a veces con un chorreoncito de whisky… lo mismo lo mismo te pasa con la poesía: te gusta con voces y caras de personas amigas, con fotos, dibujos o paisajes, o entreverada en una peli. La poesía le gusta a todo el mundo, porque la poesía es inherente a la vida humana. Lo que pasa es que cada uno la prefiere cocinada en su receta predilecta. Aunque es verdad que a algunos, que somos muy viciosos de la poesía, nos gusta sola.