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Mi Ciudad Tiene:

A Las Ausentes

 

Un Puerto,  un Corte Inglés,

Un paseo Marítimo, un Monte y otro Monte

(en las Afueras).

Días de Lluvia, Días de Sol,

Buenos Días, Buenas Noches,

Aparcamientos y Mendigos,

Nostalgias y Rechazos y Nostalgias,

Calles Sucias con Nombres de Poetas,

Poetas que mejor es que se callen (no lo digo por mí).

Días de Lluvia (no vale: eso ya lo había dicho).

Una Bahía: esto sí que es un lujo.

Y Gaviotas (no todas del Pepé).

También hay Gente, casi toda Partidaria

de que gane El Madrid.

Y Niños Pequeñitos

a los que ahora les sale el Primer Diente

(¿Por qué se llama Diente  de Leche y no Diente de Pan?)

Mi Ciudad no es mía,

Pero sin mí no sería Mi Ciudad.

En Mi Ciudad va Poca Gente al Faro.

En Mi Ciudad va Mucha Gente al Paro;

Gente que busca Amparo.

En Mi Ciudad hay De Todo.

Casi Todo Tan Caro…

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DECIMEADA


Meando con pis de plomo.
Nada de emicciones fuertes.
Pasan los años y adviertes
que de tan potente como
creíste ser, menordomo
eres de tu humilde casa.
Pasan los años y pasa
la bestial mingitación.
Ahora mear tiene un son,
din dan don, de cosa escasa.

Mirador de la Amatista

[FOTO DE MI AMIGO ICO JOAQUÍN]

Cara de moro

Entro en la clínica y me dirijo a la consulta del médico “de cabecera”. Pero la auxiliar de la entrada me hace volver para darme ella el número, previa entrega de mi tarjeta sanitaria. En el piso de arriba, el cuartelete de las enfermeras está vacío. Y junto a la puerta de cada consulta han colocado un aplique cuadrado donde aparece, rojo y brillante, el número del paciente de turno.

Ahora solo está funcionando una consulta, la que a mí me interesa, la del médico generalista. Va por el número 29 y a mí me han dado el 35. Entre media hora y tres cuartos, calculo, deberé esperar; lo que no es mucho, teniendo en cuenta que sé lo que es irse de esta sala de espera desatendido, enfermo y desesperado, después de varias horas de paciente aguante.

Abro mi libro y me pongo a leer; pero enseguida llega una señora mayor –bastante mayor que yo, que soy mayor- haciendo preguntas y pidiendo que la dejemos pasar, que ella va solo a recetas. Una vez que yo accedo a su petición, va dirigiéndose a los otros esperantes, con mediano éxito. Con éxito: adelanta dos puestos y pasa. El médico va rápido.

Ya solo quedamos en la sala de espera la señora del número 34, magrebí, y yo. Ella me habla en árabe. Yo le digo que no entiendo. Ella me mira extrañada y me pregunta: “Pero, ¿eres musulmán o español?” “Soy español”. “Pero, ¡si me has hablado antes en árabe!” “Imposible. Yo no sé árabe”. Ella, incrédula y sonriente: “Pero ¡si tienes cara de musulmán!” “Sí. Pero no soy musulmán”.

Nuevo timbrazo y pasa a consulta mi paisana. Y no han transcurrido ni dos minutos cuando sale ella y entro yo. Dos minutos de visita, y ya estoy afuera. Al médico, un hispanoamericano de mediana edad, la compañía le ha debido de hacer una prueba de velocidad  en la atención a pacientes.

Han pasado apenas unos diez minutos desde que llegué. Ahora la sala de espera está desierta. Y yo me dirijo a la farmacia más próxima lamentando que siempre aparezca algún impedimento cuando me propongo leer la Reivindicación del conde don Julián, el libro que había elegido para que me acompañara en la espera.

Reunión de los padres con el tutor

Nos toca el próximo martes.

Y, huelga escribirlo, no me voy a preparar un gran discurso.

Primero. Lo que les digo, cada año, es en mí un discurso hecho carne. Yo soy el discurso.

Segundo. Del grupo de treinta y dos alumnos que tengo en tutoría, a la reunión asistirá un cuarto menos cuarto de los queridos padres.

Tercero. Mi discurso comienza con una cálida y sentida felicitación. Sí, madres mías. Vuestros hijos han llegado a 2º de Bachillerato. Y han logrado llegar a tan alto nivel sobreviviendo durante al menos cinco años en un medio hostil: la ESO y el primer curso de Bachillerato. Es verdad que, si les preguntamos a ellos, quizá digan que no era tan hostil. Porque uno se acostumbra a lo que tiene, sea mejor o peor, cuando no hay perspectivas de un cambio favorable. Y porque ellos no han conocido otro medio mejor. Pero… si vuestros hijos han sobrevivido, incluso triunfado en ese medio, qué no habrían logrado en un ambiente menos negro. Andarían ya, por lo menos, junto a los muros del palacio de la gloria.

Cuarto. Ahora toca que elijan a uno de ustedes para que sea representante de todos: para que asista a las reuniones de profesores y comunique las opiniones del conjunto de los padres, para que intervenga en los conflictos –casi todos consisten en cambio o no cambio en una fecha de examen-, para que vote en los debates sobre si debe o no debe cerrarse la puerta del aula durante el tiempo del recreo… Aunque, teniendo en cuenta que son ustedes, los presentes, tan exigua minoría, mejor posponen sine die  esa elección. Si les parece.

Queridos padres, queridas madres: encantado de haber charlado este rato con ustedes.

Cuento treinta y dos

Los pícaros, cuando se quedaron solos, comenzaron a tramar entre ellos un plan, y a ponerse de acuerdo sobre lo que les dirían a las gentes. Y acordaron propagar este mensaje: “Hemos confeccionado a España el más maravilloso vestuario; y le hemos labrado joyas que, a juego con cada uno de sus vestidos, realcen la hermosura de sus facciones y la armonía de sus miembros. Pero, simultáneamente, hemos dotado vestidos y joyas de una propiedad aún más maravillosa, que es la siguiente: nadie que no ame a España podrá disfrutar de la contemplación de tan soberbio atuendo”.

Y todo fue ocurriendo como lo habían tramado aquellos pícaros. Y comenzó la solemne procesión, presidida por la bella España. Y todos la vitoreaban, y se manifestaban rebosantes de asombro ante el esplendor de su vestido, ante el brillo de las alhajas, que multiplicaban el colorido y la belleza. Y todos proclamaban la misma falsa admiración porque ninguno quería, a la vista de sus vecinos, parecer desamorado de España. Y así fue transcurriendo el pomposo desfile.

Hasta que un paleto desharrapado, ignorante y miserable sobrecogió a todos con su grito: ¡España está desnuda!

Urinate et cacate

Cuánto engalanan

los orines caninos

nuestras farolas.

Canes y canas,

urinate pro eis

a todas horas.

Y en cada alcorque

caigan cacas caninas

que tanto abonan.