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Cara de moro

Entro en la clínica y me dirijo a la consulta del médico “de cabecera”. Pero la auxiliar de la entrada me hace volver para darme ella el número, previa entrega de mi tarjeta sanitaria. En el piso de arriba, el cuartelete de las enfermeras está vacío. Y junto a la puerta de cada consulta han colocado un aplique cuadrado donde aparece, rojo y brillante, el número del paciente de turno.

Ahora solo está funcionando una consulta, la que a mí me interesa, la del médico generalista. Va por el número 29 y a mí me han dado el 35. Entre media hora y tres cuartos, calculo, deberé esperar; lo que no es mucho, teniendo en cuenta que sé lo que es irse de esta sala de espera desatendido, enfermo y desesperado, después de varias horas de paciente aguante.

Abro mi libro y me pongo a leer; pero enseguida llega una señora mayor –bastante mayor que yo, que soy mayor- haciendo preguntas y pidiendo que la dejemos pasar, que ella va solo a recetas. Una vez que yo accedo a su petición, va dirigiéndose a los otros esperantes, con mediano éxito. Con éxito: adelanta dos puestos y pasa. El médico va rápido.

Ya solo quedamos en la sala de espera la señora del número 34, magrebí, y yo. Ella me habla en árabe. Yo le digo que no entiendo. Ella me mira extrañada y me pregunta: “Pero, ¿eres musulmán o español?” “Soy español”. “Pero, ¡si me has hablado antes en árabe!” “Imposible. Yo no sé árabe”. Ella, incrédula y sonriente: “Pero ¡si tienes cara de musulmán!” “Sí. Pero no soy musulmán”.

Nuevo timbrazo y pasa a consulta mi paisana. Y no han transcurrido ni dos minutos cuando sale ella y entro yo. Dos minutos de visita, y ya estoy afuera. Al médico, un hispanoamericano de mediana edad, la compañía le ha debido de hacer una prueba de velocidad  en la atención a pacientes.

Han pasado apenas unos diez minutos desde que llegué. Ahora la sala de espera está desierta. Y yo me dirijo a la farmacia más próxima lamentando que siempre aparezca algún impedimento cuando me propongo leer la Reivindicación del conde don Julián, el libro que había elegido para que me acompañara en la espera.

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