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Playa de Monsul

FOTO DE ICO JOAQUÍN

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Bolisilente abandonado

Con este boli

puedo romper el muro

de tu silencio.

Con tu silencio

puedes romper el muro

de mi altivez.

Boli y silencio:

es lo que me ha quedado

de tu abandono.

De ti dejado,

no sé para que sirven

boli o silencio.

Sin ti, ni tinta

ni silencio me sirven.

Silente extinto.

¿Boli o silencio?

Que el silencio sea autor

de mi epitafio.

Con el tiempo

Ayer fue un penoso domingo. Todo el santo día de correcciones. Porque hoy lunes había que llegar al instituto con las notas cantadas. Terminé a las 22:30; bueno, se terminaron mis energías. No obstante, luego no me podía dormir. Revoloteaban a mi alrededor, como insectos voraces, los errores que había corregido, y me picaban con el largo pico rojo que yo les había proporcionado.

Hoy, al llegar a casa, el cansancio era aún mayor; pero tampoco el sueño ha llegado a la siesta. Así que me he tomado mi testarazo de café negrísimo, y me he puesto a leer un libro nuevo; un libro que ha llegado a mis manos esta mañana; un libro de poemas. El primero de estos poemas, que es una traducción, me ha dejado parado y expectante. El segundo, que es el primero, ha atrapado mis sentidos y mi mente. El tercero, que es el segundo, me ha sacado las lágrimas. El cuarto, que es el tercero, me las ha secado. El quinto, que es el cuarto, me ha abierto la sonrisa. Y así sucesivamente. Hasta leer el último, no he podido dejarlo. Ha sido una lectura consolatoria, compensatoria. El libro se titula Con el tiempo. Y lo ha escrito Enrique García-Máiquez. Por favor, no me lo pidáis prestado. Lo necesito para releerlo, para aprendérmelo.

Metamorfosis

El año en que estudié primer curso de Comunes –Filosofía y Letras- en Granada, me hice amigo de Joaquín Calero, a quien no conocía de cursos anteriores. Paseábamos por la calle de San Juan de Dios hasta los jardines del Triunfo; o bajábamos por el paseo de la Virgen hasta los del Genil. Y hablábamos de lo divino y de lo humano. Algunas tardes se venía conmigo a mi pueblo, comía conmigo, y caminábamos por los alrededores.

Un día –no sé cómo ahora me acuerdo, cuando ya hace tanto tiempo que le perdí la pista a mi amigo-, paseando y charlando por los jardines del Triunfo, algo dije yo, y él se me quedó mirando, en silencio y de hito en hito. Y a continuación me espetó:

-Te voy a contar una cosa que no le he contado nunca a nadie.

Y, ante mi gesto de aquiescencia y atención, continuó:

-Me pasó cuando estaba preparando el examen de ingreso. Tenía yo once años. Y bajaba todos los días desde mi pueblo a Órgiva, donde un farmacéutico jubilado, más por entretenimiento que por necesidad, daba clases a un grupo reducido de alumnos que él seleccionaba. Solía decir que él no perdía el tiempo con melones. Yo, cuando las clases terminaban, me volvía andando a mi casa. Un día este maestro, don Jacinto, tuvo que venirse a Granada a media mañana, por algo que le había surgido. Y yo tiré para mi pueblo con dos o tres horas de antelación. Subía andando sin prisa, temiendo que mi madre, al verme llegar tan temprano, me mandara al campo con alguna tarea. Y a mitad del camino, que era entonces poco más que una vereda de bestias, me topé de buenas a primera con una vaca atravesada de manera que yo no podía pasar. No sé por qué: quizá porque me pareció más limpia y lustrosa de lo habitual, o de mirada menos hosca. El caso es que le hablé en voz alta, en estos términos: “Señora, se ha atravesado usted en el sitio más estrecho; y no puedo pasar”. Y, nada más pronunciar yo esa frase, vi que la vaca se transformaba en una joven y guapa señora, vestida con ropa buena aunque sencilla, que se me quedó mirando con una sonrisa de gratitud, y me dijo: “Gracias por llamarme señora. Me has librado de un tedioso y bochornoso encantamiento”. Me habló más. Me dijo su nombre, y el de su marido. Y añadió que no sabía cuánto tiempo había pasado convertida en vaca. Luego se puso a mirar atentamente el paisaje, hasta que tuvo referencias claras de dónde se encontraba. Entonces, con aire tranquilo y risueño, me pidió que la acompañara a su casa, que estaba en Órgiva. Yo seguía sobrecogido e intimidado. Creo que no le contesté nada, solo me puse a andar otra vez hacia abajo, a su lado. Y, según andábamos, yo me sentía más y más feliz; sentía que acompañar a aquella señora era lo más maravilloso que yo había hecho en mi vida. Me contó que lo último que recordaba, antes de haberse  visto de vaca en el monte, era que estaba cenando en su casa, con su marido y con una mujer a la que él había invitado a acompañarlos aquella noche. Una mujer extraña. Se llamaba Jana, o Jena. Y mi señora se había enfadado de los aires de sabihonda de aquella vieja. Y comenzó a llevarle la contraria en la conversación, solo por molestarla un poco. Jena había dicho algo de la imposibilidad de ser señora si se es pobre. Y mi señora, en plan tajante, le había replicado: “Una señora es señora, se vista de señora, de mendiga o de vaca”. Esta frase es lo último que recordaba de su vida anterior. Llegamos a su casa. Su marido salió a su encuentro y la besó, cariñoso pero como si se hubieran visto poco antes. Ella me presentó. Luego me acompañó a la cocina, donde había una mujer que se parecía a mi abuela, a la que le dijo: “Lorenza, este niño se llama Joaquín, y debe de estar hambriento”. Y dirigiéndose a mí: “Siento no poder acompañarte: tengo cosas que hacer”. Me hizo una caricia en el pelo y en la cara y se retiró. Lorenza me trató a cuerpo de rey. Comí hasta gloria, mientras ella me hacía, discretamente, preguntas sobre mi vida, mi familia, mis estudios. Luego me acompañó hasta la puerta, donde me tomó una mano y me puso en ella un billete de diez duros: “Esto es de parte de la señora, para que te compres algún libro”. Y, con aquel billetazo en el bolsillo y el cuerpo como en una nube, me eché a andar otra vez para mi pueblo.

Aquí Joaquín se calló y se me quedó mirando. Yo estaba atento y perplejo, sin saber qué decir. Y, como no reaccionaba, él concluyó:

-Vamos. Te invito a tomar algo en el Zeluán.

 

Elogio de la bata

Aunque ahora el elogio que me apetece cantar es el de la siesta –de la siesta posible, no de la imposible, que ha sido la de hoy-, voy a ser fiel a mi primer propósito de esta mañana, formulado unos minutos antes de que Carlos Herrera hiciera restallar su latigazo de las seis y media –Carlos Herrera, métete el látigo…-.

El elogio de la bata… Porque no puede haber pereza para saltar del calor de la cama cuando, nada más estirar el brazo –el izquierdo en mi caso-, ya tenemos rodeando nuestro cuerpo a nuestra cálida amiga.

Qué tiempos aquellos, los de mi niñez y juventud primera, en los pálidos rigores del invierno granadino. Cuando, después de pasar la noche en inmovilidad absoluta para no tocar con miembro alguno las partes gélidas de la cama, había que saltar en calzoncillos de lienzo y correr tiritando hasta el lugar donde vaciar la vejiga, enroscados en torno de la cual habíamos dormido como larvas ateridas.

La bata… Qué invento tan bueno el de la bata. Ahora bien, de nada bueno debemos abusar –de lo malo no hay peligro-. Así que permanecer imbuido en la dicha y dichosa prenda después de la hora de las abluciones matinales, no debe ser tolerado sino a enfermos y ancianos. No a amas de casa ni amos de cazo pobreticos o pobretones, que no pobres; no a estudiantes remolones o gandules.

Desayunar en bata es la primera bendición del día. Después del desayuno, cuando entramos al cuarto de baño, la bata se queda fuera; y ya no es lícito usarla hasta la mañana siguiente, unos minutos antes de las seis y media, para librarnos del primer latigazo del cómitre Herrera.

A Mari Paz González, in memoriam

Planeta Tierra:

una mota de polvo

en el Espacio.

Si ahí viajamos,

¿qué será un simple humano

en esa mota?

Pero el amor

hace grande lo chico,

alto lo humilde.

La nave sigue.

Tú, Mari Paz González,

descansa en paz.

Ahí dice VIVA FRANCO