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Ocaso en La Zapatera

FOTO DE ICO JOAQUÍN

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Lo sagrado

Es una evidencia: en la católica España la religión católica ha caído casi tanto como el arte de la tauromaquia. Y ninguna otra religión ha ocupado su lugar. Con lo que tendremos que concluir que España, país con muchísimas tradiciones folclóricas de origen católico, es un país muy poco religioso.

Lo cual a mí ni me produce alarma ni me da pena ninguna.

Lo que sí me preocupa es constatar que vivo en una sociedad en la que los individuos tienden a creer que no hay nada que valga más que la propia vida. Porque una sociedad de “sálvese quien pueda” es una sociedad desmoralizada. En cualquier sociedad humana tiene que haber valores que están por encima del valor de la propia vida. Valores por los que cada individuo adulto esté dispuesto a sacrificarse sin límite ninguno si el caso lo requiere. Y ello sin pensar para nada en los dogmas de una religión, ni en la esperanza de un paraíso futuro. En una sociedad sana tiene que haber valores sagrados, valores que están por encima de la vida de los individuos.

Algunos dirán: “Sí; la libertad por ejemplo”. Y yo digo: de acuerdo; mientras me acuerdo de Miguel de Cervantes, nuestro mejor paladín de la libertad.

Otros dirán: “Sí; la democracia por ejemplo”. Y yo digo: de acuerdo; mientra me acuerdo de tantos luchadores que perdieron o arriesgaron su vida por la democracia en España a lo largo del siglo XX.

Y añadiría yo ahora: Sí; la familia por ejemplo. Porque sí hace falta recordarlo; porque a diario vemos o tenemos noticia de casos que provocan nuestra repulsa o que incluso nos horrorizan.

Una anécdota de este verano… Quedo con unos amigos –de los ”de toda la vida”- en un bar, a la hora del aperitivo, para echar una cerveza. Charlamos, bebemos… Y yo acabo mi vaso con cierto apresuramiento: “Me tengo que ir. Tengo que recoger a Hebe –mi hija de quince años-, que vamos a comer en casa de la abuela”… Y me pregunta mi amigo X: “¿La has dejado en el coche?” Por favor… ¿voy a dejar a mi hija en el coche para venir a beber cerveza con vosotros? Pero concebimos posible un disparate así.

Tampoco consideramos el trabajo un valor sagrado, aunque lo es. Si lo consideráramos tal, en esta pobre España pobre habría mucho menos paro.

Dos en verso

VI, BEBÍ, PERDÍ

Al Bar K

Quiero dar
un soneto
prieto, prieto
a este bar;
el hogar
en que reto
con respeto
a privar.
Ganes tú,
gane yo,
gana el mundo.
Belcebú
me venció.
Soy segundo.

EMPEDERNIDO

Soy un ludópata.
Pero tan pobre
que solo puedo
jugar con las palabras.

Una película

Anoche vi una película francesa; cuyo título no voy a escribir aquí, ya que no tiene ninguna relación suficientemente clara con el argumento o con los personajes.

Una buena película, con la típica acidez del humor francés, mezclada con una dosis de la amargura inherente a la inmigración.

Humor y sobriedad narrativa, de modo que el drama presentado no se convierta en melodrama, aunque la historia contenga el ingrediente básico del melodrama en alta proporción: el contraste, la oposición, la antítesis, en la proximidad de la pareja protagonista. No, no son un hombre y una mujer, ni viceversa: son dos hombres. Uno, de pura cepa francesa, blanquito de piel por tanto, maduro, muy culto y refinado, riquísimo y tetrapléjico. El otro, un senegalés transportado de niño, negro como el azabache, rabiosamente joven, con la escueta cultura de la supervivencia en la calle, pobre como una rata, y un hermoso ejemplar de la negritud.

Por decir algo de los demás personajes, diremos que también se oponen entre sí: secundarios con relieve y significación en el comidrama, y comparsas o peleles.

Y ahora, a lo que voy…

El cine es arte exprés. El arte de la seducción rápida: tiene que enganchar al espectador desde el primer momento, y mantenerlo en vilo durante hora y media. Tiene que conseguir que el público de la sala –o de la salita- se le entregue sin reservas mentales en su adhesión, que se quede embobado mirando y oyendo lo que ocurre en la pantalla. Será después del final cuando el espectador podrá pensar y analizar si ha sido sabiamente seducido, incluso abducido, o solo embaucado.

Casi habría que creer que tienen más mérito los que hacen una película que mantiene al espectador en esa situación de entrega, y después del final este no tiene más remedio que reconocer: ¡Menuda estupidez que nos hemos tragado!

No es este el caso de la película que yo vi anoche: esta es una buena película de verdad. Pero, si ahora me pusiera a analizar la presentación que se hace de la historia, no tendría más remedio que concluir que los autores –en plural: una película es una obra colectiva- han puesto su talento y su arte al servicio de la seducción, no al servicio de la historia misma.

Quizá por eso la seductora pareja protagonista dedica su tiempo a actividades muy diversas; entre las cuales no parece encontrarse la de sentarse, o ser sentado, delante de la pantalla y ver una película.