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Dos maestros

Entre los contemporáneos por los que siento una mayor admiración se encuentran dos escritores: Vargas Llosa y Muñoz Molina. De ambos he leído muchos libros –no todos los que han escrito- e infinidad de artículos. También, desde que lo puso en marcha hace poco más de un par de años, en el caso de Muñoz Molina, procuro no perderme las entradas en su blog, Escrito en un instante.

Por edad, pertenecen a dos generaciones distintas y sucesivas. Vargas Llosa nació en 1936; Muñoz Molina, veinte años después. El primero, en tierras de Perú; el segundo, en tierras de España. Por lo demás, los dos son escritores entregados a su trabajo con el mismo entusiasmo vocacional, con la misma honradez de diamante.

Ambos declaran sin tapujos, siempre que viene a cuento, su ideología, el sistema político que preconizan para que el mundo mejore. Por lo que sabemos que se encuadran en la defensa de políticas opuestas. Vargas llosa defiende el liberalismo. Un liberalismo democrático y humanista. “Democracia y mercado”, es la frase que ha utilizado alguna vez a modo de lema de su pensamiento político. Muñoz Molina defiende la socialdemocracia como el sistema mejor, con más intervención del Estado, destinada a corregir lo que la sociedad espontáneamente no corrige.

A mi modo de ver, ambos sistemas políticos han funcionado más o menos. Los dos podrían aplicarse en el futuro con mejores resultados; los dos podrían degenerar mucho más en el futuro, hasta convertirse en mera basura ideológica, en etiquetas o banderas tras las que ocultar la mangancia.

Con ciudadanos que asuman la honradez personal como algo que fundamenta el propio ser y, por tanto, como algo irrenunciable, ambos sistemas darán buenos frutos. Con “ciudadanos” que tras las tersas palabras del ideario político escondan o toleren prácticas contrarias a lo que predican –favoritismos, abuso de los débiles, apropiaciones indebidas, defensa de los camaradas sea cual sea su conducta, excusas ante las propias faltas o delitos-… Con este tipo de ciudadanos en el poder y en la vida social, tengamos más liberalismo o más Estado, ¿qué podremos esperar en el futuro? Sencillamente, seguirá ocurriendo lo mismo que hasta ahora ha venido ocurriendo.

Por ello concluyo: para llegar a una sociedad más próspera e igualitaria se puede avanzar por el camino de la izquierda y por el camino de la derecha. Como no se puede avanzar es soslayando la honradez personal con cualquier tipo de excusa. Y esa honradez personal la podemos aprender, como en el mejor libro, en las vidas y las obras de estos dos escritores: Muñoz Molina y Vargas Llosa.

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De la penúltima de Landero

No hace mucho, yendo por la calle, alguien me dio con el dedo en la espalda. Era un joven, hijo de un tal Andrés Sonseca, mayorista de diversos artículos de papelería, y con el que yo mantenía cierta amistad. Ese joven era violinista. Había acabado hacía poco sus estudios en el Conservatorio. “¿Cómo va ese violín?”, le pregunté. Él me retuvo la mano, la cara pálida, y temblándole la voz me dijo: “No sé si sabe que mi padre falleció ayer”. Dios me perdone pero, días después, rememorando los pormenores de esa escena, me vi a mí mismo haciendo con la mano un gesto de displicencia y a punto de decir: “Bien, dejemos ahora esas menudencias y dime si has progresado o no con el violín”.

Lo acompañé a tramitar unos papeles y después al velorio. Allí me enteré de que Andrés Sonseca había muerto en una casita de recreo que tenía en Aranjuez. Había ido como siempre a pasar el fin de semana con su familia, se había echado la siesta y ya no se levantó más. Entre los deudos y allegados reconstruyeron el último día del muerto. Todos sus actos eran los postreros y cobraban por ello una magia de augurios. Se contó y describió con gran minucia, sin perdonar ningún dato, por insignificante que fuera, cómo fue la última vez que salió de casa, cómo arrancó el coche, cómo atravesó Madrid, cómo llegaron a Aranjuez, cómo aparcó, cómo paseó por los jardines, qué comió, qué dijo, qué opinó, cómo y de qué rió, cómo hizo planes para la tarde, hasta que anunció al fin: “Tengo sueño; voy a echarme una siestecita”. Palabras tremendas, ante las que los presentes quedábamos aturdidos y como hipnotizados.

Yo me imaginé aquellos últimos y rutinarios actos de Andrés Sonseca como el estreno definitivo de una función después de muchos años de ensayo. Todo adquiría un sentido sobrecogedor ante ese instante prodigioso en el que el sueño desemboca en la muerte. ¡Qué significación y qué grandeza y qué brillo tenía de pronto el desenlace de la vida de un hombre tan sin relieve y tan vulgar!

Luis Landero, Retrato de un hombre inmaduro

1ª edición en Col. Maxi, de Ed. Tusquets. Barcelona, 2011.

Págs. 217-18

1226

El mundo se podría dividir en tres clases de personas: los que no leen nunca la Biblia, los que la leen habitualmente, y los que se apañan con los fragmentos que les lee el cura cuando van a la iglesia.

Yo Fui lector de este “libro de libros” en mi infancia y primera mocedad. Y ya dejé escrito, en una de las páginas que han ido desfilando por esta certepática ventana, que mi primer libro de lectura fue un ejemplar -de pastas rojas, rígidas y rugosas-, no más grande que mi menuda mano de entonces,  un ejemplar de Los cuatro evangelios. Hablamos de hace más de medio siglo.

Hace un par de años me merqué el preciosamente editado volumen de la Sagrada Biblia –Biblioteca de Autores Cristianos, texto autorizado por la conferencia Episcopal Española, Toledo, 2010-. Y me propuse leerlo al ritmo de tres capítulos por día. Pero al poco tiempo fue quedando relegado mi propósito, de modo que no pasé del final del segundo libro, Éxodo. Ahora, no sé si en conexión con las reflexiones propias del comienzo del año, he renovado mi deseo de acometer esta empresa de lectura de manera más suave: no tres capítulos por día sino solo uno. Y, por curiosa curiosidad, he querido saber el monto –o monte o cordillera- de capítulos al que me enfrento. Los acabo de contar; y me ha salido el número que da título a esta entrada: 1226; o sea, 1100 capítulos más que el Quijote, que tiene 126 (es verdad que los de Don Quijote son más largos). O sea, que si cumplo mi promesa –para lo cual hace falta que la vida me cumpla a mí-, acabaré dentro de tres años y medio, o poco menos.

Ahora mismo no me arredra la empresa. Me gusta leer. Y creo que les debo este repaso a mis orígenes.

La Traicionera

Ese sol por fin salido

me concede un nuevo día.

Mas no sé dónde me espera

la Traicionera.

Este libro que ahora abro

exhala aroma de fruta.

¿Dirá que es fruta postrera

la Traicionera?

El viaje en que me muevo

es ida como es regreso.

Y acabará cuando quiera

la Traicionera.

Regalos de Reyes

Mi abuelo materno, cuya imagen preside mi estudio, se apellidaba Fernández Reyes. Así que, con tan alto abolengo, a nadie extrañará que yo tenga cada año unos lindos regalos al llegar esta fecha. Los principales de este año: que todos, en la familia, estemos razonablemente bien de salud, y con el frigorífico suficientemente abastecido; haber tenido unas cumplidas vacaciones de Navidad (cumplidas, sí: cuántas veces aspiramos a algo parecido y, pasado el tiempo, vemos que nuestras expectativas se han convertido en humo); ratos de charla con amigos que lo fueron ya en la infancia; el encuentro inesperado con DM, amigo intensivo en 6º de Bachillerato al que después no había vuelto a ver sino en poquísimas ocasiones; paseos por el campo, oyendo los trinos de los pájaros o los golpes de los vareadores a los olivos –mientras yo dispongo de buen aceite en mi despensa sin necesidad de dar un palo a un ramón-; largos ratos que ha hecho breves la lectura…

Y no es que no haya habido contratiempos… Por ejemplo, una página del libro que estás leyendo, que te recuerda lo ingrato de tu profesión. O sea, que estoy leyendo, tan ricamente, La marca del meridiano, de Lorenzo Silva, último Premio Planeta cocinado, y me encuentro, en la página 133, el siguiente diálogo entre Bevilacqua, el brigada picoleto de 48 años de edad, y su vástago de 19:

 

Subí al coche, lo puse en marcha y me fui derecho hacia la autovía. Andrés, mi hijo, me estaba esperando ya en el cine con las entradas. Como me conocía, sabía que la puntualidad extrema no figuraba entre mis virtudes y había preferido adelantar. Hice como que me ofendía por su desconfianza y le pregunté cuánto le habían costado.

-Te invito –me respondió.

-Pero si eres insolvente…

-Eso lo dices tú. Me han pagado las madres de los tarugos a los que les doy clase de refuerzo. Me hace ilusión invitarte a algo yo.

-Bueno, es una novedad. ¿Y lograrás que aprueben?

-Están en la ESO. Al final siempre los aprueban, con que sepan leer el enunciado y responder algo que tenga que ver. Y  hasta ahí, aunque sea con algunas dificultades, me comprometo a llevarlos.

 

Lástima que los Reyes, o sus Ministros, no nos hayan traído, en este día de regalos, una reforma educativa en condiciones. Otra vez será…